Hombre que ya no estás,
La soledad huele a tu colonia barata
en la almohada que ya no giro.
Es levantarme y poner un solo café,
hablarle a las paredes
y llamarlas "amor" por costumbre.
La soledad es tu camiseta vieja
—esa que juraste buscar—
colgando en mi clóset como un fantasma que se niega a irse.
Es mirar el teléfono a las 3 AM
y recordar que ya no hay
"¿Estás despierta?"
solo notificaciones de bancos
y promociones de pizza.
La soledad es mentirme:
"No te extraño",
mientras lavo los platos
y en el jabón dibujo
las iniciales que ya no existen.
Es pasarme por tu barrio
y pisar las baldosas rotas
que tú pisabas,
creyendo que así
algo tuyo se queda en mis suelas.
La soledad es un hueso roto
que nadie ve,
pero duele al respirar.
Es querer llamarte
y recordar que tu número
lo tiene *otra*.
Y lo peor, hombre mío,
es que esta soledad
la inventé yo:
cuando te di las llaves de mi pecho
y tú las convertiste
en llavero de un coche
que nunca estacionaste
en mi corazón.
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Editado: 24.06.2026