Amé como los ciegos miran el sol:
creyendo en su calor
pero negando su capacidad para quemar.
Te tejí de palabras dulces
y te vestí con traje de príncipe,
ignorando que tus manos
-las mismas que escribían "te amo" en mi espalda-
habían roto antes otros espejos.
Lo sabía.
Lo supe desde el primer "no soy bueno para esto",
desde la primera vez que tu silencio
gritó más alto que mis dudas.
Pero elegí el "tal vez esta vez sea diferente",
el "puedo cambiarlo",
el "el amor todo lo cura"
como quien bebe veneno
con cuchara de plata.
Y ahora,
con la casa en llamas
y los huesos llenos de humo,
reconozco mi pecado:
no fue que no lo viera...
fue que lo vi,
y besé cada grieta
como si el amor pudiera ser cemento.
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Editado: 24.06.2026