Tus ojos verdes no eran ojos,
eran trampas de cazador
donde caí
como pájaro tonto
que confunde esmeralda
con cielo.
Me bebí tu mirada
como si fuera absenta,
y ahora tengo el alma
con resaca de ti,
con visiones de tus pestañas
batiéndose lentas
como alas de mariposa
envenenada.
Lo juro:
quise navegar en ellos,
pero tus verdes cambiaban de tono
según la luz de tu humor:
— Jade cuando mentías,
— Musgo cuando te aburrías,
— Hierba recién cortada
cuando decidías
que hoy sí valía la pena
jugarme.
Ahora,
en las noches sin luna,
mis sueños los pintan
con acuarelas baratas,
y despierto con la boca seca,
preguntándome
si alguna vez fueron verdes,
o si solo los inventé
para justificar
que me perdiera en ellos.
Posdata: Porque los ojos más peligrosos
no son los que te miran...
sino los que te obligan
a seguir buscándolos
en todos los demás.
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Editado: 24.06.2026