Aquella tarde en la playa
el mundo era solo una toalla tendida,
dos vasos de plástico con sangría
y tus risas flotando entre las olas.
El sol derretía el tiempo
como helado de fresa en tus labios,
mientras yo coleccionaba instantes:
— La espuma pegada a tus tobillos,
— Los granos de arena en tu hombro izquierdo,
— El modo en que el viento
te robaba el sombrero cada cinco minutos
y tú, como un niño,
perseguías tu propia felicidad.
No hubo fotos perfectas,
solo tus dedos manchados de bloqueador dibujando estrellas en mi espalda,
y el mar—testigo mudo—
guardando en su sal el eco de lo que gritamos cuando las olas nos alcanzaron por sorpresa.
Hoy,
cuando cierro los ojos,
aún siento ese sol en la nuca,
ese "para siempre" de menta y sal
que solo existió bajo el mismo cielo
que nos vio querernos sin miedo a la resaca.
Posdata: Porque los mejores momentos
no son los que se fotografían...
sino los que se guardan en el sabor de la piel
y el eco de las risas que ya no vuelven.
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Editado: 24.06.2026