Tus ojos no son grises:
son la tormenta perfecta
donde nace el arcoíris
que llevas dentro.
Hay días que eres azul cobalto,
profundo como mar de medianoche,
y otros que amaneces rosa chicle,
dulce y pegajoso,
como caramelo en los labios
de un niño.
A veces te pintas de amarillo limón,
ácido y brillante,
deslumbrante como el sol
en un mediodía de verano.
Otras, te envuelves en verde musgo,
sereno y silencioso,
como un bosque
que guarda secretos
bajo sus raíces.
Pero hoy...
hoy resplandecías en violeta,
místico y enigmático,
como si llevaras
todos los colores del universo
enredados en el alma,
esperando a que alguien
—como yo—
te mirara de frente
y se atreviera a nadar
en tu caleidoscopio.
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Editado: 24.06.2026