El tiempo se nos escapa entre los dedos,
como arena fría de un mar que no nos pertenece.
Y yo me pregunto, con la voz quebrada por la noche:
¿Podremos estar juntos algún día?
Tal vez en otro universo,
donde los relojes no marquen nuestras ausencias,
donde tus labios no sepan de distancias
y mis manos no recuerden el peso de la espera.
Aquí, en este mundo mezquino con los milagros,
nos condenan a querernos a medias:
tú en tu isla de silencios,
yo en mi costa de tal vez.
Pero sigo soñando que, al final del camino,
cuando la vida se nos vuelva un suspiro cansado,
el destino—ese viejo avaro—
nos conceda un minuto de verdad:
que tus ojos encuentren los míos
sin necesidad de espejos ni recuerdos,
que tu alma y la mía,
por fin gastadas de luchar,
se rindan al mismo tiempo...
Y que la muerte—la única certeza que nos une—
nos enseñe, al menos una vez,
cómo se siente el "siempre".
(Porque en esta vida no hubo "ahora",
pero quizás, en la última frontera,
nos espera un "por fin").
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Editado: 24.06.2026