El otro día escuché una idea que me pareció muy correcta y útil para estos días.
La persona que propuso está idea (no me acuerdo quién era), decía que en esta época en donde los heaters abundan, que el ser malo parece ser lo que está de moda, lo que garpa y hace tener más visualizaciones en redes, habría que leer más, obligarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean a hacerlo. Sí, todos sabemos que leer es bueno, que ayuda a la imaginación, amplia el lenguaje y bla bla bla. Pero no es ese el punto de esta propuesta, sino el que leer un libro te obliga a empatizar, y sí, porque, podrás o no apoyar las decisiones de los personajes, mil veces te habrás encontrado cerrando un libro porque sentís que la gente es estúpida, pero justamente es porque empatizaste, porque sabés que la decisión que acaba de tomar va a hacer que todo se vaya a la mierda, o no te pasó que vos pensaste que ese personaje no podría ser una persona más basura y en la siguiente página te demuestra que sí, que sí podría y que lo haría con muchísimo gusto.
Y esta persona que dijo está idea tiene toda la razón del mundo, porque cuando leés te metés en el mundo que el autor crea para unos personajes en específico, y esos personajes no necesariamente te van a caer bien, por ejemplo Gatsby no necesariamente te va a caer bien, a mí me cayó bastante mal en realidad, pero igual empatizaba con él, desde una mirada opuesta a su persona, pero lo entendía, podía comprender porqué tomaba las decisiones que tomaba, o trataba a las personas como lo hacía. ¿Es mi personaje favorito? No, por supuesto que no, me parece un arrastrado que va detrás de una mina infumable, pero podía entenderlo, comprender esa ilusión infantil y romántica que tenía hacia una persona que estaba totalmente en otra. ¿Y eso hizo que no disfrutara del libro? Para nada, en realidad El gran Gatsby me gustó bastante, no es de mis libros preferidos, pero lo recuerdo con cariño. ¿Entonces cómo es posible que pudiera gustarme un libro cuando su personaje principal no me caía del todo bien? Primero, porque está bien escrito, Gatsby es un imbécil pero le agarrás cariño porque no es pedante. Segundo, porque pude entenderlo, comprender lo que hacía, empatizar, esa bendita palabra que hoy tan poco se percibe en las redes sociales.
Los libros nos pone en vidas que no son las nuestras, en escenarios que no atravesaríamos bajo ninguna circunstancia, nos lleva a espacios que no habitaríamos pero nos obliga a hacerlo, nos mete en la piel de una persona que nos presenta a medida que avanzamos en las páginas, de la que vamos conociendo cada vez más, o, en otros casos, nos mete en la piel de varias personas que se mezclan, conviven, se odian y aman, todo delante de nuestros ojos, atravesandonos las entrañas con cada cosita que esos personajes hacen.
En mi caso acabo de terminar de leer dos libros. El primero fue La traición de Rita Hetsword de Manuel Puig, en el cual Puig nos lleva a recorrer las voces de distintas personas que habitan en un pueblo muy pequeño en donde, supuestamente, no pasa nada, pero que en realidad pasaban cuestiones de las más atroces, tal vez normalizadas para la época y el lugar, porque el libro está escrito en los años cincuenta, pero que hoy, con la perspectiva actual sobre las situaciones aceptables y no aceptables, podríamos juzgar de terribles. Puig te pasea por pensamientos a veces un tanto inconexos y sin respiro de sus personajes que cuentan con un naturalidad abrumadora situaciones de maltrato, abuso y acoso; violencia familiar, envidia, odio hacia quienes después le hablan como si fuese los mejores amigos, una hipocresía que te retuerce el estómago. Pero también entendés porqué piensan lo que piensan, actúan como lo hacen, muestran una máscara de mentira al mundo mientras en su interior se llenan de una bronca no muy bien dirigida, porque nadie parece querer de verdad a nadie, todas esas voces te llenan de un rencor hacia un mundo que parece injusto, que muestra cómo el otro tiene más aunque cuando escuchás la voz del otro su mundo también es una mierda y la mirada la tiene clavada en esos que lo envidian y que él envidia a la vez; porque ni siquiera escuchás amor cuando una madre habla de su hijo, porque en vez de verlo como un amor tierno y puro, lo percibe como una molestia constante en su vida, algo que se vió obligada a aceptar porque el entorno la llevó a hacerlo, no porque realmente lo deseara. Entonces ahí tenés a Puig inundandote de las porquerías de los demás que te producen tantos sentimientos encontrados, porque son los tuyos contrapuestos con los de esas personas que, en sus circunstancias, hacen lo que les sale, lo que sus recursos, internos y externos, le permiten hacer. Y todo se siente tan… asfixiante… porque no ves la salida, no se siente como si algo se pudiera hacer para cambiar aquel mundo, no hay redentor ni salvación a la vista, solo resignación, un mundo que no para, voces que no cesan ni un segundo, que repiten casi como una obsesión la mierda que los rodea, les recuerda a cada uno de estos habitantes que nada sirve, nada es bueno, todo es una porquería pero hay que seguir, no se sabe cómo, pero hay que darle para adelante. Y vos sentís eso, que todo es una porquería y agradecés no ser parte de ese mundo, no estar ahí para llenarte con ese veneno que, para tu suerte, se acaba en cuanto cerrás el libro, o eso creés, porque cada uno habita en un mundo así, lleno de odio y resentimiento, de envidia al otro, de observarse sólo el ombligo y nada más. Entonces Puig te lleva a preguntarte si sos tan patético y porquería como las personas de su pueblo.
El otro libro que terminé fue El proceso de Kafka. Bueno, primero decir que Kafka se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Segundo, ¿qué carajos con ese libro? Kafka siempre nos lleva a realidades donde las cosas parecen funcionar sin un sentido coherente y este libro no es la excepción, porque el señor K debe enfrentar un proceso en donde jamás se le indica de qué lo acusan ni mucho menos le explican cómo es el proceso que debe enfrentar, sino, más bien, él lo va descubriendo poco a poco, encontrando un mundo rebuscado, lleno de burocracia sin sentido y personas que nunca se sabe si van a ayudar o no. Kafka logra que sientas esa impotencia ante un sistema que nunca se te explica, no sabés cómo funciona ni qué podría hacer nuestro querido K para poder zafar de la condena que, aparentemente, cuelga sobre su cabeza, aunque no sabemos cuál será dicha condena ni la podemos imaginar ya que nadie sabe cuál es la acusación, el delito, nada, absolutamente nada, solo sabemos que un día, de pronto, K es notificado que está siendo procesado. Fin. Así que ahí nos tiene Kafka dando vueltas juntos a K por toda la ciudad, buscando los tribunales, porque no es que están en un lugar específico sino que están en todos lados; intentando dar con jueces, abogados, funcionarios que ayuden a que K sea declarado inocente, aunque ya le dijeron que era muy poco probable, que en realidad nadie se terminaba de zafar del todo, que el proceso, en la mayoría de los casos, se dilataba y el acusado rogaba porque se perdiera en la interminable pila de otros procesos, que se olvidaran todos del suyo hasta que, de pronto, alguien lo recordara y todo volvería a empezar. Sentimos, junto a K, la confusión por lo que se debe o no debe hacer, porque no se sabe nada a ciencia cierta entonces nunca sabemos si lo que K piensa hacer es correcto o no, si lo beneficia o no, porque, recordemos, ese mundo no funciona con el sentido común, sino que maneja otras normas muy extrañas, demasiado confusas, haciendo que te sientas así durante todo el libro, perdida, impotente, enojada y frustrada, tal como lo hace K. Por momentos hay esperanza de que todo termine, pero son tan efímeras que a la página siguiente te das cuenta que nada va a terminar nunca, un horror, un espanto, pero una cuestión demasiado adictiva para leer.