Todo igual, todos haciendo lo mismo, todos los rostros iguales, todos leyendo los mismos libros, consumiendo las mismas series. Todos.exactamente.iguales.
¿De qué estás hablando? Se preguntarán. Bueno, fácil, solo con estar más de veinte minutos en Instagram o diez en Tiktok lo vas a saber. Todos están (o estamos) haciendo lo mismo.
Presten atención. Hay una cirugía estética que se llama Instagram face, y es un tipo de rostro femenino muy específico, porque los labios deben ser abultados, los ojos enormes, los pómulos marcados y la mandíbula más bien fina. Revisen el maquillaje, la forma de moverse, el largo del pelo, el peinado, revisen cada detalle de los influencers y lo van a empezar a ver. Busquen un rato en sus redes y de pronto todos parecen vestirse iguales (mucho top, mucho pantalón muy ancho, demasiadas marcas específicas). Naveguen y vean cómo hacen el mismo baile, el mismo trend en Tiktok. Fíjense que usan el mismo audio una y otra vez (audio que no tiene un nada que ver con lo que se está diciendo en realidad). Fíjense que somos una masa cada vez más parecida, que uno no se diferencia de otro, que lo que te dice este bro es lo mismo que te dijo el bro anterior. Que este chiste ya viste representado en idéntica forma unos Reels más atrás. Abran los ojos, presten atención y van a ver que dentro de poco no nos vamos a poder diferenciar entre nosotros, que cuando veamos a otro ser humano no vamos a poder distinguir si se trata de nuestros hijos o son los hijos de alguien más, si ese hombre que va ahí es mi pareja o es el de otra persona, o tal vez no sea pareja de nadie. No lo vamos a saber porque todos vamos a ser exactamente lo mismo, una réplica infinita de un algoritmo que nos mete a la fuerza cucharadas intragables de lo que debemos ser, cómo vernos, qué cantar, cómo vestir, qué comer, que hay q despertarse a las tres o cuatro de la mañana para arrancar un día repleto de actividades, pero actividades que sean aesthetic, nada de ir al baño sin prender una vela aromática, bajar las luces y que nuestro inodoro tenga un cobertor blanco de peluchito, porque sino no, no sos parte.
Estamos frente a un ejército de personas desesperadas por comprar eso que todos tienen, como esos muñecos horribles que parecen salidos del sueño más falopa de algún diseñador de productos, uno que creó después de terminarse la botella de whisky, prenderse un porro y tener un muy mal viaje. Es que sino no se entiende, en serio, no son ni cercano a algo lindo que quisieras ver apenas te despertás, pero ahí estamos, grandes, chicos, medianos, estéticos o bizarros, todos comprando esos muñecos del espanto. ¿Cómo? Bueno, fácil, ciertas personas con cierto impacto en redes sociales los mostraron, así casi sin querer, y ¡bum! Todos los queremos. No.tiene.sentido.
Y de a poco, muy de a poco, vamos siendo la misma masa amorfa y moldeable al capricho de unos cuantos que manejan los hilos del mundo (y no, no son presidentes de ninguna nación; esos no manejan ni lo que creen que manejan).
Encima lo hemos leído una y mil veces, vimos esto, vimos en los libros el inevitable final de la inteligencia humana para dar paso a la estupidez en su máxima expresión.
Bradbury, en Farenheit 451, no enseña, además de la temperatura a la que se quema el papel, el peligro de esto, de que todo sea igual, de que las cosas comiencen a parecerse cada vez más entre sí y, por consecuencia, los humanos sean una réplica sin cerebro de algo que muy bien no se termina de entender.
Bradbury habla en su libro sobre una sociedad que, lentamente, comenzó a despreciar a los libros, que solo gustaban de aquellos de lenguaje simple, esos que se parecían cada vez más entre sí, esos que relataban una y otra vez la misma historia. ¿Les suena?
Farenheit 451 relata cómo sería esa sociedad donde las pantallas ocupan el tamaño total de cada pared de cada casa, pantallas que siempre, sin importar ni momento ni ánimos, están prendidas con un grupo de gente que se gritan incoherencias entre sí¿Les suena un poco más?
En el libro seguimos a un bombero que no apaga incendios, sino los provoca, que prende fuego las casa donde hay libros vedados, que no le importa si el habitante de dicha casa está dentro o fuera de la misma al momento de incendiarla, sino que lo único que importa es acabar con esos libros del espanto que relatan historias de las que nadie debería saber, de las que ya casi nadie sabe. Por eso es peligroso tenerlos escondidos, leerlos, saber lo que allí dice porque se despiertan ideas, ideas que no deberían existir porque lo importante es otra cosa, pero no las ideas, menos las ideas individuales, esas hay que aplastarlas sin importar nada más.
Y Guy Montag, este bombero al que seguimos, le llega un libro a las manos, uno que lee casi sin querer, bha, no lo lee, solo lee algunas frases, pero es más que suficiente para que su mente se despegara de la realidad asfixiante en la que vive, para darse cuenta que a su esposa no la conoce, no sabe muy bien quién es porque no hablan, no hablan de nada, solo de lo que ven en esas pantallas y nadie entiende en realidad lo que está pasando ahí, porque esos personajes se venden como familia, como parte de la vida de cada habitante del mundo, pero no lo son, son sólo actores, y Guy lo empieza a entender, pero su esposa no, ella no puede hacerlo.
Así Guy descubre, que esos libros que comienza a secuestrar en cada incendio que va a provocar, son diferentes a los que están permitidos leer, porque los que sí se pueden leer (aunque nadie lo hace en realidad) son todos similares, tienen el mismo discurso una y otra vez, repiten lo mismo hasta el cansancio y por eso son más fáciles de consumir, más digeribles para todos, porque no hacía falta grandes frases para describir nada si el lector ya sabía lo que iba a suceder, así que ¿para qué? No, lo importante es ir directo a la acción, sin tanto firulete literario.
Pero esos libros, los otros, los que no pueden leerse… esos eran diferentes, hablaban de infinitos temas, cuestionaban realidades, se preguntaban mil cosas que ellos, los de la vida real, no se estaban preguntando; esos libros obligaban a la mente a trabajar y justamente esa situación era la que se debía evitar, porque mejor no pensar, ¿para qué? No hacía falta, si ya estaba todo dicho, todo hecho, mejor disfrutar de los placeres de la vida (vida que ocurría puertas adentro, frente a esas pantallas) antes que ponerse a pensar, a crear ideas que a nadie, absolutamente nadie, les importaban.¿Se dan cuenta?