Desperté con un dolor agudo detrás de los ojos. No el tipo de dolor que se alivia con té o una siesta al sol, sino el tipo que grita: otra vez no.
Sentía el peso familiar de las sábanas de satén, el leve aroma a incienso de rosa blanca flotando en el aire, y los sonidos amortiguados de criadas apresuradas al otro lado de la puerta. Abrí los ojos, lentamente. El techo estaba igual. El mural con querubines desnudos seguía ahí, burlándose de mí con sus mofletes regordetes.
—…Maldita sea —murmuré, con voz ronca.
No fue una maldición de enojo. Fue de resignación. De agotamiento profundo, más allá del cuerpo. Del alma, si es que me quedaba algo de eso.
Porque esto no era un sueño.
Era mi cama, en la mansión Alvaris.
Mi cuerpo, de diecisiete años.
Mi vida... otra vez.
Lo supe con absoluta certeza:
Había vuelto al punto de partida.
La reencarnación no me sorprendía. No después de vivir el destino que el mundo escribió para mí con tanta meticulosidad: nacida noble, criada como arpía, destinada a ser la villana perfecta y ejecutada con una elegancia trágica en la plaza central. Había cumplido mi papel a la perfección, ¿no? Fría, brillante, cruel. Digna del aplauso de los dioses del drama.
Y sin embargo, ahí estaba otra vez.
Ni gloria, ni castigo eterno. Solo… reinicio.
—Dama Lirienne, ¿ya despertó? —llamó una voz tímida desde la puerta.
Era Mirta. Tenía quince años, era nueva, y en mi vida pasada me tenía un miedo atroz. Aunque nunca le hice nada particularmente cruel, supongo que la sola expresión de mi rostro bastaba. El ceño fruncido permanente. Los ojos amarillos como una advertencia.
—Estoy despierta —respondí, sin ganas.
La puerta se entreabrió, y Mirta entró con una bandeja de desayuno que olía a mantequilla y ciruelas. Mis tripas rugieron con la furia de una bestia mítica. Al parecer, la reencarnación no curaba el hambre.
—¿Quiere que le ayude a vestirse? —preguntó, sin mirarme.
Observé el vestido colgado en el biombo. Marfil, con corsé y encaje, perfecto para el evento de esta noche: el Baile de Primavera. El principio del fin.
En mi vida pasada, allí conocí al príncipe. Al héroe. A la rival. Y al final. Todo encadenado.
Esta vez… no.
—No voy a ir —dije, mientras agarraba una ciruela con la mano como una bárbara.
Mirta parpadeó.
—…¿Perdón?
—Estoy cansada, Mirta. No tengo energía para saludar con falsa amabilidad a docenas de idiotas con títulos nobiliarios que no han leído un libro en su vida. Ni para fingir interés en el heredero imperial. Ni para sonreír. Ni para usar corsé.
Ella me miró como si hubiera dicho que pensaba criar dragones en el jardín.
—Pero… ¡es su presentación oficial, mi señora! ¡Debe ir! ¡Su madre—!
—Mi madre pensará lo que quiera, como siempre. Pero no pienso pasar la noche fingiendo que no tengo ganas de meterme debajo de la mesa y quedarme ahí hasta que amanezca.
Mirta abrió la boca, pero no encontró qué decir. Era comprensible. Yo misma no sabía de dónde me salía tanta claridad. En mi vida anterior, este día me había preparado como si fuera la coronación de un dios. Hoy solo quería pan dulce.
—Puedes dejar el desayuno. Y cerrar la puerta.
Ella obedeció, con pasos vacilantes, como si temiera que le arrojara la bandeja por la cabeza.
Pobre niña. No tenía forma de saber que esta versión de mí no tenía fuerzas ni para levantar una ceja con elegancia.
Cuando por fin me quedé sola, me llevé la bandeja a la cama y me acomodé entre los cojines. Mordí un bollo tibio, dulce y mantecoso, y cerré los ojos.
Está bien, me dije.
Esta vez no haré nada. Ni intrigas, ni alianzas, ni venganzas. Si quieren matarme otra vez, que lo hagan. Pero yo no pienso correr por el tablero otra vez. Esta villana está oficialmente jubilada.
Y con ese pensamiento, me dormí con una migaja en la mejilla.