Estoy Demasiado Cansada Para Ser La Villana

Capitulo 2

Cuando desperté por segunda vez, la luz que entraba por la ventana tenía esa calidad dorada y sospechosamente pacífica que solo aparece cuando el caos está a punto de desatarse.

Mirta no estaba. Bien. Eso significaba que no habían mandado a buscarme a la fuerza. Aún.
Me estiré como un gato perezoso y bajé los pies al suelo con la elegancia digna de una anciana de ochenta años con dolor de espalda crónico.

—¿Ya es de noche? —pregunté al reloj de pared.
Obviamente no respondió, pero marcaba las seis y cuarto. Perfecto. El Baile de Primavera comenzaría oficialmente en quince minutos.

Y yo… aún estaba en camisón.

Me dirigí con toda la lentitud del mundo al ventanal. Desde allí, podía ver las carrozas llegando al Palacio Alvaris. La fachada, con sus columnas blancas y sus estandartes con el escudo de mi familia, parecía más ridícula que nunca. Todo era tan teatral.

—Van a entrar por esa puerta creyendo que verán a la Lirienne debutante —dije, tomando una manzana del cesto sin lavarla—. Pobres ilusos.

La idea de asistir, aunque fuera para mirar desde una esquina, pasó por mi cabeza como un mosquito que uno espanta sin pensar.
No. Ni curiosidad me daba.

Mi plan era simple: esperar a que todos estuvieran distraídos, colarme a la biblioteca con un pastel en la mano y leer hasta que se acabara la música.

Lamentablemente, nadie me había informado que, al parecer, la casa entera ya había activado el “protocolo emergencia Lirienne ausente”.

—¡¿Pero cómo que no bajó?! ¡Es su presentación oficial! —la voz de mi madre atravesaba tres pisos como una espada en llamas.

—¡¿Y por qué nadie la obligó a vestirse?! —gritaba su dama de compañía, la señora Viel. Una mujer cuya alma entera parecía hecha de varillas de corsé.

Me deslicé por un pasillo lateral, descalza, abrazando una bandeja robada con pastelillos de almendra.

La música del salón principal ya había comenzado. Violines, risas educadas, el sonido de copas al chocar.

Perfecto.
Era el momento.

Me escabullí entre columnas y cortinas, deslicé una puerta de servicio, y, como una sombra elegante y agotada, me metí en el salón… por debajo de una mesa lateral cubierta con mantel largo.

Sí, literalmente. Me metí debajo de la mesa de buffet.

Y allí me quedé.

Con una bandeja de pastelillos, un libro escondido entre mis mangas, y la certeza de que nadie buscaría a una dama noble debajo de la mesa de los aperitivos.

La conversación flotaba por encima de mí como espuma ligera:
—“Dicen que la hija del Duque no apareció.”
—“¿Una estrategia, quizás?”
—“Oh, típico de Lirienne. Siempre tan impredecible.”
—“Tal vez quiere que todos hablen de ella.”

Mentira.
No quiero que hablen de mí.
Quiero que me ignoren hasta que me convierta en parte del mobiliario.

Entonces, escuché una voz nueva. Masculina. Profunda. Familiar.

—¿Y si no es estrategia? ¿Y si simplemente… no quiso venir?

Silencio.

—¿Qué estás insinuando, Lord Caelan? —preguntó una voz más tensa.

—Solo que a veces uno se cansa de ser la máscara que le ponen, ¿no creen?

Caelan.
Ah, claro.
En mi vida anterior, lo conocí en este mismo evento. Heredero de la Casa Velmont, oscuro, sarcástico, manipulador profesional. El antagonista perfecto del “héroe brillante”.
También fue uno de los responsables de mi caída final.
No porque me odiara. Sino porque me consideraba… útil.

El sonido de copas y pasos se alejó. Yo respiré aliviada. Mordí un pastel.

Fue entonces que sentí el mantel moverse.
Mi corazón dio un salto.

Y antes de poder huir, una mano apartó la tela, y un rostro asomó.
Cabello oscuro, ojos grises. Caelan.

—Vaya, vaya. ¿Una dama en fuga?
—¿Una rata noble? —respondí sin pensarlo, con la boca llena.

Caelan arqueó una ceja, sorprendido.
—Estás más relajada que la última vez que nos vimos.

—Eso fue en otra vida —murmuré.

Él sonrió, divertido, como si creyera que hablaba en metáfora.
—¿Te escondes de alguien?

—De todos.

—Y yo que pensaba invitarte a bailar.

—¿Y yo que pensaba dormirme en paz? Qué decepción para ambos.

Nos quedamos mirándonos un momento. Él agachado, medio cuerpo dentro de la mesa, yo sentada como si fuera una mendiga gourmet. Y por alguna razón, no se fue.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

—Solo si no hablas más de lo necesario.

Se metió. Se sentó. Tomó un pastelillo. Y no dijo nada.

Por primera vez en mucho tiempo, estuve en silencio… con alguien que no exigía nada de mí.

Fue incómodo. Fue extraño.



#5126 en Novela romántica
#1688 en Otros
#548 en Humor

En el texto hay: humor

Editado: 09.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.