Estoy Demasiado Cansada Para Ser La Villana

Capitulo 3

A la mañana siguiente, desperté con migas en el cabello, un moretón en la rodilla (aparentemente producto de quedarme dormida debajo de una mesa de mármol), y la reconfortante certeza de que no había pasado absolutamente nada importante.

O eso pensé.

Hasta que entró Mirta, pálida como una hoja, agitando una hoja de papel como si fuera una espada sagrada.

—¡Mi señora! ¡El diario de sociedad! ¡Tiene que verlo!

Yo seguía intentando despegar una migaja de pastel de mi clavícula, sin mucho éxito.

—¿Qué tragedia nos atañe hoy? ¿El pan de anís salió con forma irregular?

—¡No, no! Es usted… usted está en la portada.

Me senté, no por alarma, sino porque temí que Mirta se desmayara y me cayera encima.

Me entregó el ejemplar arrugado y tembloroso de La Rosa Dorada, el panfleto más venenoso de la alta sociedad imperial. Lo abrí sin apuro.

Y allí estaba: un grabado en tinta mal hecho de mi rostro —con el cabello rojo flameando como si fuera una bruja en pleno ritual— y, en letras ridículamente grandes:

> ❝La Dama Ausente:
¿Genio silencioso o provocadora sin igual?❞

—No fui. Literalmente no fui. Me escondí. Comí pastel. Dormí. No provoqué nada.

Mirta parecía al borde del llanto, así que decidí leer el artículo en voz alta. No para ella. Para mí misma. Porque a veces una necesita reírse para no quemar el mundo.

> “Anoche, en el espléndido Baile de Primavera organizado por la casa Alvaris, una presencia ausente hizo más ruido que cien pares de tacones. Lirienne de Alvaris, joven noble de singular inteligencia y fama discutida, no apareció en el evento, lo cual ha causado especulación inmediata en todos los rincones del Imperio. ¿Fue un desaire calculado? ¿Un acto de protesta? ¿Una maniobra de poder?”

Me detuve.

—¿Maniobra de poder? Mirta, me escondí debajo de la mesa de los entremeses.

—También dice que el joven Lord Caelan fue visto hablando “en voz baja” y que se retiró del baile antes de lo esperado. Dicen que está “comprometido en algún acuerdo secreto con usted”.

Yo pestañeé. Muy lento.

—¿Están diciendo que por haberme encontrado accidentalmente debajo de una mesa, ahora Caelan y yo estamos conspirando?

Mirta asintió con horror.
—¿Están… conspirando?

—Sí. Por supuesto. Planeamos derrocar el Imperio con hojaldres rellenos y sarcasmo pasivo-agresivo.

La pobre niña no entendió la ironía, así que le ofrecí un pastelillo de ciruela como ofrenda de paz.

Horas después, me encontraba en la galería del ala oeste, donde el sol golpeaba justo lo suficiente como para calentar los pies sin obligarte a sudar. Tenía un libro en el regazo, una taza de té al lado y planes sólidos de no moverme por las siguientes tres horas.

—Lirienne —dijo una voz que no esperaba oír tan pronto.

Suspiré sin girarme.
—Caelan. ¿Vienes a conspirar en público también?

Él apareció a mi lado, impecable como siempre, con ese aire de indiferencia educada que me hacía pensar que tal vez también estaba cansado de todo.

—Solo vengo a agradecer la hospitalidad de tu mesa. Aunque técnicamente no me ofreciste asiento.

—Técnicamente, tampoco te eché.

Se sentó a mi lado sin invitación. Otra vez.
Silencio. Otro té. Otro suspiro.

—Sabes que tu ausencia anoche ha causado un terremoto en la corte —dijo, casual.
—Y tú fuiste muy hábil al no mencionarme —respondí sin levantar la vista del libro.

—¿Hábil? Qué palabra más peligrosa para usar contigo, Lirienne. Puede hacer que la gente piense que planeas algo.

Cerré el libro.
—No planeo nada. No tengo fuerzas para planear nada. Apenas tengo fuerzas para existir entre las horas de comida.

Caelan me miró como si intentara resolver una adivinanza.
—Y, sin embargo, ya eres el centro de atención. Estás en todos los rumores. El emperador mismo ha preguntado por ti.

—¿Y qué se supone que haga con eso? ¿Organizar un golpe de Estado desde mi sillón?

—Podrías. Y sería magnífico verlo.

Lo miré. Sus ojos grises tenían esa luz de quien sí estaría dispuesto a hacerlo. Esa era la diferencia entre nosotros.

—Yo solo quiero pan dulce y que me dejen tranquila.

—¿Y si no te dejan?

Me quedé en silencio.
Porque esa era la pregunta real, ¿no?

¿Qué pasa cuando no quieres jugar, pero el mundo insiste en convertirte en una pieza del tablero?

—Entonces me quedaré en esta galería hasta convertirme en piedra —dije—. Una estatua decorativa. Con ojeras.

Caelan sonrió.
—Al menos no aburrida.

Esa noche, llegaron tres cartas.

  1. Una del Consejo de Asuntos Internos, citándome para una “entrevista informal” en palacio.

  2. Otra del héroe imperial, Arden de Etrius, “esperando poder conversar conmigo en persona pronto”.

  3. Y la última, de mi madre, que solo decía: “¿¿¿QUÉ ESTÁS HACIENDO???”

Cerré las tres.

Encendí una vela.

Y pensé:

Esto va a ser peor de lo que imaginé.



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En el texto hay: humor

Editado: 09.04.2026

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