Estoy Demasiado Cansada Para Ser La Villana

Capitulo 4

La mañana siguiente fue particularmente luminosa. El cielo tenía ese azul perfecto que solo aparece cuando el universo está planeando algo en tu contra.

Yo, como siempre, decidí ignorar el presagio y salí al jardín interior. Llevaba una manta ligera, un libro de poemas melancólicos, una cesta con pan dulce de limón y amapola, y la firme convicción de no interactuar con absolutamente nadie.

Había un rincón entre los arbustos de lavanda y el limonero del fondo donde el sol daba justo a media altura. Allí me tumbé.

La paz era casi absoluta.
Solo el sonido de las abejas, el susurro de las hojas… y los pasos de alguien que claramente no entendía el significado de espacio personal.

—Lirienne de Alvaris —dijo una voz cálida, perfectamente modulada, profundamente irritante.

Abrí un ojo.
Vi una figura contra el sol, vestido con una capa blanca y bordados dorados. El emblema del sol naciente en el pecho.
Sonreía como si acabara de rescatar a un gatito de un incendio.
Arden de Etrius.

Oh, perfecto. El héroe.

—¿Tú otra vez? —murmuré—. ¿Cuántas vidas vas a intentar redimirme?
—¿Perdón? —preguntó, confundido.

—Nada. No importa.

Se sentó en la banca de piedra junto a mí, sin esperar invitación. Qué manía tenía esta gente con invadir espacios ajenos.

—He venido a asegurarme de que te encuentras bien —dijo.

—¿Por qué no estaría bien?

—No apareciste en tu propia presentación. Circulan rumores extraños. Algunos te acusan de rebeldía. Otros… de enfermedad mental. Otros incluso de estar planeando una boda con Lord Caelan.

Me tapé la cara con el libro.

—¿Y tu conclusión personal?

—Que estás confundida. Atrapada. Quizá… intentando encontrar tu lugar en el mundo.

Levanté el libro apenas lo suficiente para mirarlo por encima.
—Me parece mucho asumir para alguien que no me conoce.

Arden inclinó la cabeza, como disculpándose.
—Es verdad. Pero tengo un instinto para las personas heridas.

—Yo no estoy herida. Estoy harta. Hay una diferencia.

Silencio.

—¿Por qué estás aquí realmente, Arden?

—Porque quiero ayudarte.

—¿A qué?

—A que no caigas —respondió, mirándome con esa intensidad molesta que tienen los idealistas bien intencionados.

Me senté con lentitud, acomodando la manta sobre mis piernas.
—¿Y si te dijera que no pienso caer, porque no pienso subir a ningún lugar?

Él parpadeó, como si no pudiera procesar la idea.

—No quiero fama. No quiero poder. No quiero venganza ni redención. Solo quiero leer tranquila, cultivar lavanda, y tomar siestas sin que se formen teorías políticas a mi alrededor.

—Pero podrías hacer tanto… —empezó a decir.

—Y por eso no quiero. Porque ya lo hice una vez. Y me costó la cabeza. Literalmente.

Él frunció el ceño, apenas.
Estaba incómodo. Bien. Tal vez eso lo alejaría.

Pero no. Sonrió.

—No me rendiré contigo, Lirienne.

—Qué molesto. Eres como una canción alegre cuando tengo dolor de cabeza.

Él se rió. Claro. Como si fuera un chiste.

Luego se levantó, hizo una reverencia perfecta y me dejó sola, de nuevo.
Por ahora.

Esa tarde, el sol ya caía sobre el jardín cuando llegó la siguiente carta. Estaba sellada con el emblema imperial.

> Citación oficial. Palacio de Cristal.
Comparecencia ante Su Majestad el Emperador.
Motivo: Consejo privado sobre seguridad interna.

Y yo, mordiendo un pan de limón, solo pude decir una cosa:

—¿Seguridad interna? ¿Yo? Literalmente me quedé dormida en el pasto.

En resumen:

  1. Caelan cree que soy una aliada silenciosa.

  2. Arden cree que soy una mártir por redimir.

  3. El emperador cree que soy peligrosa.

  4. Y yo solo quiero ver si las abejas del jardín se pelean entre ellas o no.

Qué emocionante es la vida cuando no haces nada y aún así todos creen que hiciste algo.



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En el texto hay: humor

Editado: 09.04.2026

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