En un pequeño apartamento en Londres, Christine Pollux doblaba cuidadosamente ropa y artículos de higiene personal, guardándolos en una vieja maleta de cuero. Sus movimientos eran precisos y eficientes, pero sus ojos reflejaban una profunda tristeza.
Christine era una joven enfermera con una pasión por la medicina y una vocación por ayudar a los demás. Desde el comienzo de la guerra, había trabajado incansablemente en un hospital de Londres, atendiendo a los heridos y brindando consuelo a los enfermos.
Pero ahora, había recibido la orden de trasladarse al frente, a un hospital de campaña cerca de la costa de Normandía. La noticia la había llenado de temor y ansiedad, pero también de un sentido de deber y responsabilidad.
"Es mí deber", se decía a sí misma, intentando calmar sus nervios. "Tengo que ir, me necesitan."
Sin embargo, en el fondo, sabía que su decisión no era puramente altruista. Tenía una razón personal para querer ir al frente: la esperanza de encontrar a Thomas.
No había tenido noticias de él desde su desembarco en Normandía. Las cartas habían dejado de llegar, y los telegramas del ejército eran escasos y poco informativos. Temía lo peor, pero se negaba a perder la esperanza.
"Está vivo", se decía a sí misma. "Se que lo está…tengo que encontrarlo."
Mientras preparaba su maleta, Christine encontró una fotografía de Thomas. Lo miró fijamente, sintiendo un nudo en la garganta.
En la fotografía, Thomas sonreía, con el sol brillando en su rostro. Era una imagen de felicidad y juventud, un recuerdo de tiempos mejores.
- "Te encontrar, Thomas", murmuró Christine, con la voz entrecortada por la emoción. "Lo prometo, sin importar que."
Con renovada determinación, Christine cerró la maleta y se preparó para partir hacia el frente, hacia el peligro y la incertidumbre, pero también hacia la esperanza de un reencuentro.
Amargo Adios
En la puerta del apartamento, Christine abrazó a sus padres con fuerza, sintiendo las lágrimas brotar de sus ojos. Era una despedida dolorosa, una separación llena de incertidumbre y temor.
Sus padres, ancianos y frágiles, la miraban con preocupación y tristeza. Sabían que el viaje al frente era peligroso, y temían no volver a ver a su hija.
"Ten cuidado, mí amor", dijo su madre, con la voz temblorosa. "Por favor, ten cuidado."
"Lo tendré mamá", respondió Christine, intentando mantener la compostura. "Lo prometo."
Su padre la abrazó con ternura, apretándola contra su pecho.
"Estamos muy orgullosos, Christine", dijo su padre, con los ojos llenos de lágrimas. "Eres una mujer valiente."
"Gracias Papá", respondió Christine, sintiendo el calor de su abrazo.
Un autobús del ejército esperaba en la calle, listo para llevar a Christine y a otros miembros del cuerpo médico al puerto. Era hora de partir.
Christine tomó su maleta y se dirigió hacia el autobús, seguida por sus padres.
- "Escríbenos tan pronto como puedas cariño", dijo su madre, con la voz entrecortada por la emoción.
"Lo harel", respondió Christine. "Y no se preocupen, estaré bien."
Antes de subir al autobús, Christine se detuvo y miró a sus padres.
"Los amo", dijo Christine, con el corazón lleno de amor y gratitud.
Sus padres le sonrieron con tristeza.
"También te amamos, Christine", respondieron al unísono.
Christine subió al autobús y buscó un asiento junto a la ventana. Miró a sus padres a través del cristal, viéndolos envejecer y encorvarse bajo el peso de la preocupación.
El autobús arrancó y se alejó lentamente, dejando atrás a sus padres y a su vida en Londres. Christine sintió un nudo en la garganta y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Pero también sintió una renovada determinación. Tenía un deber que cumplir, una promesa que cumplir. Tenía que ir al frente, tenía que ayudar a los heridos, tenía que encontrar a Thomas