Estrellas en el aire

Capítulo 1

No terminaba. Buscaba, pero no la encontraba. Hacia cada lugar al que iba la salida estaba bloqueada. Tenía que encontrarla rápido si no quería que ellos me encontrarán.

Escucho pasos que vienen hacía mí. El corazón late a gran velocidad, un sudor frío corre por mí frente mientras me refugio detrás de una pared de madera y me escondo entre el heno.

—¿Dónde estás? Niña no hagas mí tarea más difícil. Van a matarme si no apareces ahora—la voz rasposa de aquella mujer se escuchaba cada vez más cerca.

El corazón me latía a grandes velocidades. Estaba en un problema gigante. Si me encontraba mí muerte iba a estar asegurada.

—Al parecer no está aquí. De seguro se escondió en la biblioteca —los pasos empiezan a alejarse y junto con ellos mí respiración comienza a regularizarse.

Suelto una gran bocanada de aire mientras paso las manos por mí rostro tratando de librarme de la transpiración.

—¡Buh! —me susurra en el oído, pegó un grito que me desestabiliza y caigo de bruces al suelo. Ríe con todas sus fuerzas.

—Valerie, maldita seas no es gracioso. Vas a matarme del susto —sacudo la tierra de mis manos y ropa.

—No es mí culpa que te andes escapando y tengas que esconderte para que no te encuentren tus padres. Tus actividades ilícitas te meterán en un problema gigante si no lo haces con cuidado.

—Ellos no tienen porqué enterarse. Además si se enteran van a matarme porque es algo peligroso que en mí posición no debería hacer.

—Lo sé —dice Valerie mientras recoge una paja de heno y me la coloca en el cabello como si fuera una corona—, pero dime, ¿realmente vale tanto la pena evitar las lecciones?

Pongo los ojos en blanco.

—Lo vale, créeme —susurro mientras me acerco a la abertura de la puerta del establo, asegurándome de que no haya nadie rondando—. Si tengo que escuchar otra vez sobre "la postura digna de una princesa", juro que salto por la ventana.

Valerie se cruza de brazos.
—Una princesa heredera intentando huir por las caballerizas. Qué poético.

—¿Y qué quieres? —respondo, frustrada—. Mamá insiste en que debo estudiar "modales de reina", papá insiste en que debo entender leyes... y yo solo quiero... ya sabes... vivir.

No sé ni cómo explicarle exactamente qué quiero. Solo sé que no quiero crecer tan rápido ni sentir que el día de mañana voy a ser una adulta que nunca disfrutó nada.

Me abrazo las rodillas.
—Tengo dieciséis años, Val. No todo puede ser responsabilidades.

Ella suspira, pero en el fondo sé que me entiende, porque sus ojos se suavizan un poco.

—Tu madre no es tan terrible —intenta consolarme.

—¿No? —ironizo—. ¿Sabías que ayer me prohibió salir al jardín porque al parecer "tomé demasiado sol para mi tono de piel real"?

Valerie resopla, incrédula.
—¿Demasiado sol? Pero si apenas había luz.

Me río apenas, pero en seguida la culpa aparece, punzante.
—Sé que esperan mucho de mí, pero... ¿y si no logro ser lo que quieren?

Valerie se queda en silencio unos segundos antes de bajar a mi nivel.
—No tienes que ser perfecta. Solo tienes que ser tú. Y además —agrega con una sonrisa maliciosa— yo estoy aquí para asegurarte una vida de escapatorias.

Me levanto, sacudiéndome el polvo.
—Eso es exactamente lo que me preocupa... que un día te canses de rescatarme.

Ella me mira como si hubiera dicho la mayor tontería del reino.
—Nunca. Aunque... deberías saber que hace cinco minutos la institutriz pasó por la biblioteca.

Parpadeo.
—¿La biblioteca?

Valerie asiente.

Abro grande los ojos.

—No puede ser...

—Sí, se creen que eres responsable por primera vez en tu vida —dice entre risas—, así que te siguen buscando ahí.

Me tapo la boca para no reír en voz alta.
—Oh, por favor, eso significa que todavía tengo tiempo.

Aunque el alivio dura apenas un segundo porque, repentinamente, oigo pasos apresurados entrando al establo y el sonido de la puerta principal abriéndose.

Valerie y yo nos miramos al mismo tiempo.
Ella susurra:
—Victoria...

Y yo pienso solo una cosa:

Estoy completamente perdida.

—¡Victoria Isabella Miller princesa de Arcelia! —se escucha una voz femenina, severa, demasiado parecida a un trueno.

Valerie me mira con una expresión que solo puede significar una cosa: corré.

Yo, evidentemente, no corro. Me quedo paralizada, como cualquier presa torpe cuando ve acercarse al depredador.

—Quizás si me quedo quieta... piensa que soy parte del heno... —susurro desesperada.

Valerie rueda los ojos.
—Eres la heredera al trono, no un camaleón.

La institutriz avanza, rígida, atravesando los montones de heno con una precisión casi militar. Me apunta con ese dedo delgado que siempre parece acusar.

—Señorita Victoria, las clases comenzaron hace exactamente treinta minutos. Su madre ha preguntado por usted tres veces.

Trago saliva.
—¿Tres nada más? Pensé que serían cuatro.

Un silencio sepulcral cae sobre nosotras. Valerie se lleva una mano a la cara para ocultar su risa y yo siento cómo el aire entero del establo decide morirse.

—A su habitación —ordena la mujer, firme, como si yo fuera un soldado en falta—. Y ni una sola palabra más.

Camino detrás de ella. Valerie me sigue unos pasos, pero cuando la institutriz voltea, mi amiga se detiene de golpe.

—Después te saco de nuevo —me susurra con una sonrisa cómplice, moviendo los labios apenas.

Yo asiento, tratando de no reír, aunque por dentro quiero llorar un poco.

Subimos las escaleras del ala norte. Mis zapatos hacen eco en el piso brillante y me siento como si estuviera marchando hacia mi ejecución. Al llegar, dos guardias abren la puerta con educación exagerada.

Dentro, mamá me espera. Siempre perfecta, siempre impecable, siempre... distante.

—Victoria, hija —dice con esa voz dulce que sólo usa cuando está a punto de retarme—, ¿puedo saber dónde estabas?




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