El silencio del castillo esa mañana era distinto.
No era el silencio denso de la madrugada ni el disciplinado de las horas de estudio. Era uno expectante, como si los muros mismos supieran que algo iba a cambiar y contuvieran el aliento.
Me encontraba terminando de abrochar el último botón de mi vestido cuando Lavinia entró con una expresión que no supe descifrar.
-Su alteza -dijo-, por orden directa del rey... hoy no habrá lecciones.
Me quedé inmóvil frente al espejo.
-¿Cómo que no habrá lecciones? -pregunté, segura de haber escuchado mal-. Madame Elowen jamás permitiría algo así.
-Justamente -respondió Lavinia-. Fue una orden del rey Erick. Y... -dudó- del Consejo.
Eso sí que era extraño.
-¿Entonces qué se supone que haré todo el día? -pregunté, girándome hacia ella.
-Participar -contestó-. En asuntos del Consejo.
Sentí cómo el estómago se me contraía.
Participar.
No observar desde un rincón. No escuchar a medias. Participar.
-¿Desde cuándo? -murmuré más para mí que para ella.
-Desde hoy, princesa.
El trayecto hacia la sala del Consejo se me hizo eterno. Cada paso resonaba con más fuerza de la habitual, como si mis pies anunciaran algo que yo aún no terminaba de comprender. Las puertas de roble estaban abiertas, un gesto poco común, y desde el umbral pude verlos a todos: hombres y mujeres de semblante serio, pergaminos extendidos, mapas marcados con tinta oscura.
Y al centro, mi padre.
El rey Erick alzó la vista en cuanto me vio entrar. No sonrió, pero su expresión se suavizó apenas.
-Victoria -dijo-. Toma asiento.
Obedecí sin protestar, sentándome a su derecha. Sentí decenas de miradas evaluándome, midiendo cada uno de mis movimientos, como si buscaran grietas. Al asecho esperando el mínimo error.
-Hoy no estás aquí como oyente -continuó mi padre-. Estás aquí para aprender haciendo.
Tragué saliva.
-El Consejo tratará asuntos relacionados con comercio, fronteras y administración de recursos -intervino uno de los consejeros-. Creemos que es momento de que la princesa comprenda el peso real de gobernar Arcelia.
Asentí, manteniendo la espalda recta, recordándome a mí misma cada lección, cada corrección de Madame Elowen.
Los debates comenzaron pronto. Se habló de las reservas de agua, de las rutas comerciales del valle central, de la presión constante sobre nuestras tierras fértiles. Escuché con atención, interviniendo solo cuando se me solicitaba... hasta que, sin darme cuenta, empecé a hacerlo por iniciativa propia.
-Si aumentamos la exportación de grano este invierno -dije en un momento-, debemos asegurarnos de no comprometer las reservas internas. Arcelia no puede permitirse depender de otros reinos para alimentarse.
Hubo un breve silencio.
Luego, un murmullo de aprobación.
Mi padre me observó de reojo, con algo que no supe identificar: orgullo, tal vez... o alivio.
La sesión se prolongó más de lo esperado. Cuando por fin terminó, sentía la cabeza pesada y el cuerpo tenso, pero también una extraña sensación de claridad. No había huido. No me había escondido.
Había estado allí.
-Victoria -dijo una voz suave detrás de mí cuando me levantaba.
Me giré.
Mi madre.
La reina Amelia estaba de pie junto a la puerta lateral, vestida con una elegancia sencilla, sin corona, sin escolta. Sus ojos, siempre atentos, parecían haberlo visto todo.
-Mamá -sonreí, y por primera vez en el día sentí que podía respirar.
Se acercó y tomó mis manos entre las suyas.
-Te desenvolviste muy bien -dijo en voz baja-. Mejor de lo que esperaba.
-Fue... abrumador -admití-. Pero necesario, supongo.
-Lo es -asintió-. Y también es injusto, a veces. Pero quería que vieras cómo funciona realmente el reino, más allá de los libros.
-Papá no me avisó -comenté.
-No lo haría -sonrió mi madre-. Temía que te escondieras.
No pude evitar reír.
Caminamos juntas por uno de los corredores laterales, lejos de oídos ajenos.
-Victoria -dijo de pronto, deteniéndose-. Sé que aún eres joven. Sé que hay días en los que solo quieres correr, reír, ser como cualquier otra muchacha de dieciséis años.
Bajé la mirada.
-Pero también sé -continuó- que llevas a Arcelia en la sangre. Y no solo por la corona.
Levanté la vista.
-¿Crees que estoy lista?
Amelia me acarició la mejilla con dulzura.
-No -respondió con honestidad-. Y aún así, ningún rey o reina lo estuvo nunca. Se aprende caminando, cayendo... y levantándose.
Respiré hondo.
-Hoy diste un paso importante -añadió-. Y quería que lo supieras.
Cuando me quedé sola otra vez, comprendí que algo había cambiado.
No en el reino.
En mí.
Y aunque aún no podía verlo con claridad, ese día -sin lecciones, sin esconderme- había marcado el verdadero inicio de algo mucho más grande que mis miedos.
El resto del día transcurrió con una lentitud extraña, como si el castillo hubiese decidido observarme con más atención de la habitual.
Después del Consejo, me refugié en uno de los balcones que daban al valle. Desde allí, Arcelia parecía infinita: los campos verdes extendiéndose como un mar paciente, los canales de agua brillando bajo el sol de la tarde. Todo aquello que había defendido con palabras horas antes existía de verdad, respiraba, dependía de decisiones que pronto también serían mías.
-Así que hoy fuiste parte del mundo serio -dijo una voz conocida a mis espaldas.
Valerie se apoyó en la baranda a mi lado, con una sonrisa ladeada y las mangas remangadas. Olía a especias y pan recién hecho; sin necesidad de preguntar, supe que venía de ayudar a su madre en las cocinas.
-No lo digas así -bufé-. Hace que suene peor de lo que ya fue.
-¿Peor? -rió-. Yo diría que suena aterrador. Consejeros, mapas, hombres discutiendo como si el mundo fuera a acabarse mañana.