Dos días
Solo me quedan dos días en Cambell.
La idea me golpea con más fuerza de la que esperaba mientras observo el cielo gris desde el balcón de la habitación. Las montañas del norte se recortan imponentes, frías, como el reino que las protege. Cambell no es amable. No intenta serlo. Y, aun así, algo en este lugar se me ha incrustado bajo la piel.
O tal vez no sea el lugar.
Tal vez sea él.
Me obligo a apartar ese pensamiento apenas cruza mi mente.
—Dos días —murmuro—. Solo dos.
Debería sentir alivio. Volver a Arcelia significa seguridad, certezas, el suelo que conozco. Significa mis padres, Valerie, Alaric, sin máscaras ni salones cargados de miradas, significa dejar atrás a un príncipe que no entiendo y que, peor aún, parece disfrutar de no dejarse entender.
Y, sin embargo, mi pecho se aprieta.
—Eso es estúpido —me digo a mí misma.
El golpe suave en la puerta me sobresalta.
—¿Victoria? —la voz de Valerie suena animada—. Si no te apuras, llegaré sola al desayuno y eso sería sospechoso.
Abro la puerta y la encuentro ya vestida, con una sonrisa que no logra ocultar el cansancio... ni la emoción.
—¿Dormiste algo? —le pregunto.
—Lo justo para no caerme de cara frente a la realeza —responde—. ¿Y tú?
—Dormí... —dudo—. Pensé.
—Eso explica todo —dice, tomándome del brazo—. Vamos, antes de que el príncipe de hielo nos congele con una mirada por llegar tarde.
Mi estómago da un pequeño vuelco traicionero ante la mención.
El comedor de Cambell es tan sobrio como todo lo demás: piedra oscura, ventanales altos, una mesa larga donde cada gesto parece medido. Apenas cruzamos el umbral, siento esa sensación incómoda de ser observada.
No tardo en encontrarlo.
Massimo Cambell está de pie junto a uno de los ventanales, conversando con dos miembros del consejo. Su postura es recta, imponente, su expresión... ilegible. Viste de oscuro, como siempre, como si el color no fuera un privilegio que se permitiera.
Y entonces, como si lo sintiera, gira la cabeza.
Nuestros ojos se encuentran.
No sonríe. No saluda. No hace nada que pueda considerarse amable.
Pero tampoco aparta la mirada.
—No lo mires —susurra Valerie, demasiado tarde.
—No lo estoy mirando —respondo, mintiendo.
Él es el primero en romper el contacto visual. Vuelve a la conversación como si yo no existiera.
El gesto me irrita más de lo que debería.
—Perfecto —murmuro—. Mejor así.
Nos sentamos. El desayuno transcurre entre comentarios triviales, intercambios diplomáticos y silencios estratégicos. Me esfuerzo por mantener la compostura, por recordar cada enseñanza, cada consejo.
Hasta que su voz corta el aire.
—Isabelle.
Levanto la vista de inmediato. Mi nombre —ese nombre— en su boca sigue provocándome una reacción que no logro controlar del todo.
—Príncipe Massimo —respondo, con frialdad estudiada.
—He sido informado de que hoy visitará las terrazas del norte —dice—. Son parte fundamental de nuestra defensa... y de nuestra historia.
—No sabía que mi agenda fuera de su incumbencia.
Una sombra de diversión cruza sus ojos grises.
—En Cambell, todo lo que ocurre dentro de nuestros muros es de mi incumbencia.
Aprieto la mandíbula.
—Entonces procuraré no hacer nada interesante.
—Lo dudo —responde—. Usted tiene la molesta costumbre de hacerlo sin proponérselo.
Valerie tose para disimular una risa. Yo le clavo una mirada asesina.
—Si me disculpa —digo, levantándome y dejando el desayuno a medias—. Tengo compromisos.
—Claro —responde él, con calma—. Después de todo... el tiempo aquí es limitado.
Sus palabras me siguen incluso cuando me alejo.
Limitado.
Dos días.
Y por primera vez desde que crucé la frontera de Cambell, entiendo que no solo se trata del tiempo que me queda en este reino.
Se trata del tiempo que me queda sin él.
Y esa idea...
me enfurece tanto como me asusta.
Salgo al exterior con pasos firmes, pero apenas el aire frío de Cambell me golpea el rostro, la coraza que llevaba puesta se resquebraja un poco.
—Respira, Victoria —me ordeno—. No es más que un príncipe arrogante.
Las terrazas del norte se extienden como enormes escalones de piedra que descienden hacia el abismo. Desde aquí se domina gran parte del territorio: caminos estratégicos, pasos ocultos entre montañas, torres de vigilancia perfectamente alineadas. Todo en Cambell está pensado para resistir... y para atacar si es necesario.
Un reino que no baja la guardia jamás.
—Impresionante, ¿verdad?
No necesito girarme para saber quién es.
—Eso depende —respondo—. Para algunos, la imponencia es sinónimo de grandeza. Para otros, solo demuestra desconfianza.
Escucho sus pasos acercarse, lentos, calculados.
—¿Y para usted, Isabelle?
El modo en que pronuncia mi segundo nombre me provoca un escalofrío que odio.
—Para mí —digo, mirándolo por fin— demuestra miedo.
Sus cejas se arquean apenas, divertido.
—¿Miedo?
—Un reino que vive preparado para la guerra es un reino que espera que esta llegue —sostengo—. Arcelia protege su tierra cultivándola. Cambell la protege fortificándola. Dos maneras muy distintas de entender el poder.
El silencio se instala entre nosotros. Por un momento creo haber ido demasiado lejos.
Pero Massimo sonríe.
No es una sonrisa amable. Es peligrosa.
—Interesante —dice—. La mayoría de los invitados solo ve piedra y acero. Usted ve intención.
—Tal vez porque en Arcelia aprendemos a observar antes de atacar.
—O tal vez porque está acostumbrada a que otros ataquen por usted —responde, afilado.
La sangre me hierve.
—Si insinúa que Arcelia es débil...
—Insinúo que Arcelia confía demasiado —me interrumpe—. Y en este mundo, la confianza suele pagarse caro.