Desperté antes de que el sol terminara de trepar por las torres del palacio.
No fue el canto de los pájaros ni el murmullo del valle lo que me arrancó del sueño, sino esa sensación incómoda, persistente, de que algo había cambiado mientras yo dormía. Como si el aire de Arcelia ya no fuera exactamente el mismo que antes de partir a Cambell.
Me incorporé en la cama y apoyé los pies descalzos sobre el suelo frío. Durante unos segundos me quedé inmóvil, escuchando. Todo estaba en calma. Demasiada.
Mis ojos se deslizaron, casi por instinto, hacia la estantería de la biblioteca privada de mi habitación. Allí, oculto entre las páginas gastadas de un libro que había leído demasiadas veces de niña, dormía el secreto que no le contaría a nadie.
La carta.
No la toqué. No todavía.
Había algo en mí que sabía que, si lo hacía, no podría fingir normalidad durante el resto del día.
Me vestí despacio, eligiendo un atuendo sencillo, casi austero. Arcelia siempre había sido mi hogar, pero esa mañana sentía que volvía distinta, como si Cambell me hubiera dejado una marca invisible bajo la piel. Isabelle, había dicho él. Nadie más me llamaba así. Nadie debía hacerlo.
Cuando salí al pasillo, el palacio ya estaba despierto. Sirvientes iban y venían con pasos medidos, consejeros murmuraban en rincones estratégicos y la milicia cambiaba turnos en los patios. Todo seguía su curso... y aun así, yo sentía que caminaba con un peso nuevo sobre los hombros.
—Princesa —saludaron al verme.
Respondí con una inclinación de cabeza, correcta, entrenada. La hija del rey. La heredera. La futura reina.
No la joven que había bailado dos veces con el príncipe de un reino del que su padre desconfiaba abiertamente.
El desayuno transcurrió sin sobresaltos, aunque mi padre estaba más callado de lo habitual. Observaba a todos con atención, como si midiera palabras y gestos. Amelia, en cambio, me miraba con ese amor silencioso que solo una madre sabe ofrecer cuando intuye que su hija carga algo que aún no puede decir.
—Hoy habrá reunión del consejo al mediodía —anunció Erick finalmente—. Quiero que estés presente.
Asentí, aunque una parte de mí se tensó.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunté, midiendo el tono.
—Nada que deba alarmarte —respondió él, demasiado rápido—. Pero Cambell no da pasos sin motivo. Y ese baile... —apretó la mandíbula—. No fue solo cortesía.
No dije nada. No podía.
Porque en mi mente apareció, inevitable, la mirada gris de Massimo, su voz baja, calculada, y esa carta que ahora parecía arder incluso sin tocarla.
Después del desayuno, salí al jardín interior. Necesitaba aire. Necesitaba recordar quién era antes de máscaras, bailes y príncipes misteriosos. Valerie no estaba conmigo esta vez; había vuelto a sus tareas con una sonrisa cómplice y mil preguntas que yo había esquivado con habilidad.
Me senté en el borde de la fuente, dejando que el sonido del agua me anclara al presente.
—Cambell —murmuré para mí misma—. Siempre Cambell.
Sabía que ese reino volvería a cruzarse en mi camino. No por destino ni por romance, sino porque las tensiones que mi padre veía... yo también comenzaba a sentirlas. Como una cuerda estirada demasiado, a punto de romperse.
Y en algún lugar al norte, entre montañas y estrategias, estaba Massimo Benjamin Cambell.
Frío. Enigmático. Incómodo.
Imposible de ignorar.
Inspiré hondo.
Este era solo el comienzo.
Y aunque todavía no lo entendía del todo, presentía que el verdadero juego no había empezado en el baile de máscaras... sino ahora, de regreso en Arcelia, cuando las decisiones dejarían de ser un ensayo y empezarían a tener consecuencias reales.
Me puse de pie justo cuando las campanas anunciaron el llamado al consejo.
Enderecé la espalda.
Guardé mis dudas, mis sueños y la carta en el lugar más profundo de mí.
Y caminé hacia adelante, sabiendo que, desde este momento, nada volvería a ser sencillo.
El salón del consejo imponía respeto incluso cuando una había crecido caminando entre esas paredes.
Las puertas se cerraron a mi espalda con un sonido seco, definitivo. La mesa ovalada ya estaba ocupada: rostros conocidos, miradas severas, pergaminos desplegados como si escondieran verdades a medias. Mi padre presidía la reunión; Alaric se encontraba a su derecha, erguido, atento, con esa calma que siempre me hacía sentir segura.
Tomé asiento a la izquierda de mi padre sin decir palabra.
—Comencemos —ordenó Erick—. Arcelia no puede permitirse distracciones.
Sentí el peso de esa frase caer sobre mí, aunque no me miró directamente.
Los consejeros hablaron de rutas comerciales, de cosechas prometedoras y de movimientos inusuales en las fronteras del norte. Palabras medidas. Tonos diplomáticos. Pero bajo todo eso latía una inquietud común: Cambell.
—El baile fue una jugada inteligente —dijo uno de los consejeros—. Demasiado inteligente. Reunir a todos los herederos bajo el pretexto de celebración... es observar sin ser observado.
—O provocar —añadió otro.
Mis manos se entrelazaron sobre la mesa. Escuchaba. Aprendía. Eso era lo que mi padre quería.
Pero cada vez que pronunciaban el nombre del reino vecino, una imagen ajena a la estrategia cruzaba mi mente: una mirada fija, una sonrisa apenas insinuada, una voz que me llamaba Isabelle como si me conociera desde siempre.
—¿Qué opinas tú, Victoria? —preguntó Alaric de pronto.
Levanté la vista. Todas las miradas cayeron sobre mí.
Tragué saliva, pero no retrocedí.
—Creo que Cambell no hace nada sin medir las consecuencias —dije con firmeza—. Pero también creo que no debemos reaccionar desde el miedo. Si hay una provocación, será más peligrosa si demostramos debilidad... o exceso de desconfianza.
Mi padre me observó con atención. Por un segundo, vi orgullo en sus ojos. Luego volvió la dureza.