El miedo tiene un sonido particular.
En Arcelia, ese sonido era el murmullo constante del pueblo.
Desde las primeras horas del día, la capital hervía de voces inquietas. En los mercados ya no se hablaba del clima ni de las cosechas, sino de Cambell. De ejércitos que se movían en silencio, de fronteras reforzadas, de estandartes que algunos juraban haber visto ondear más allá de las colinas, más allá de los límites. Los rumores viajaban más rápido que los mensajeros reales y, como siempre, llevaban consigo exageración y pánico.
Las ciudades limítrofes eran las más golpeadas. Familias enteras comenzaban a guardar provisiones, los comerciantes cerraban antes del anochecer y los campesinos miraban el horizonte con una atención que rozaba la paranoia.
La palabra guerra no se pronunciaba en voz alta, pero estaba en todas partes.
La capital de Arcelia, Aureth, no era ajena a ese temor.
Sus altas torres de piedra clara y sus avenidas amplias, normalmente llenas de música y risas, estaban hoy cubiertas por una tensión espesa. Los guardias duplicaban su presencia en las calles y el emblema real flameaba con una solemnidad casi fúnebre sobre mí hogar, el mismo que llevaba por nombre el Palacio del Sol.
Por eso, cuando se anunció un comunicado oficial de la Corona, nadie dudó en acudir.
El gran Atrio de la Luz, ubicado frente al palacio, se llenó en cuestión de horas. Nobles, comerciantes, artesanos y campesinos se mezclaban sin distinción, todos unidos por la misma incertidumbre. Desde lo alto de la escalinata, el consejo real se alineó junto a mis padres.
Mi madre, mantenía el rostro sereno, aunque conocía bien ese leve gesto en su mandíbula que delataba preocupación. Mi padre, estaba erguido, firme, con la mirada dura y protectora: la del rey que se prepara para defender a su pueblo a cualquier precio.
Yo me encontraba a su lado.
Sentía el peso de cientos de miradas posarse sobre mí. No era solo la princesa heredera de Arcelia; para muchos, era la promesa de estabilidad en medio del caos. Tragué saliva.
No estaba segura de estar preparada para eso... pero el momento no iba a esperarme.
Papá dio un paso al frente y alzó la voz.
—Pueblo de Arcelia —comenzó—. Hemos escuchado los rumores que recorren nuestras ciudades. Entendemos su temor y no lo subestimamos.
Un silencio expectante se extendió como un manto.
—Es cierto que Cambell ha reforzado su frontera —continuó—. Pero también es cierto que Arcelia no ha declarado, ni declarará, una guerra sin razón. Nuestra prioridad es la seguridad de nuestro pueblo.
Algunas voces se alzaron entre la multitud, cargadas de miedo y desconfianza.
—¡Dicen que Cambell se prepara para atacar!
—¡Las tierras del norte están en peligro!
Mi padre apretó los labios. Iba a responder con firmeza, quizá con dureza... y entonces sentí el impulso.
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, di un paso al frente.
El murmullo se intensificó al instante.
Erick me miró, sorprendido. Mi madre también, aunque en sus ojos no vi reproche, sino confianza.
Tomé aire.
—Arcelianos —dije, y mi voz resonó más clara de lo que esperaba—. Entiendo su miedo. Yo también lo siento.
Eso captó su atención.
—Pero el miedo no puede gobernarnos —continué—. No somos un reino que actúe movido por rumores ni por sombras. Somos Arcelia. Un reino que ha sobrevivido gracias a su fortaleza, sí, pero también a su inteligencia y a su unión.
Algunas cabezas asintieron. Otras seguían tensas.
—Las ciudades del norte no están solas —proseguí—. La Corona las protege. Se han reforzado las defensas no para provocar, sino para prevenir. No buscamos la guerra, pero tampoco la tememos si se nos impone.
Mi corazón latía con fuerza. Sentía cada palabra vibrar en mi pecho.
—Cambell no define quiénes somos —dije finalmente—. Nuestra historia no termina en el miedo. Termina en la decisión que tomemos hoy: confiar en nuestra fortaleza y mantenernos unidos.
El silencio que siguió fue profundo.
Luego, como una ola suave pero firme, comenzaron los aplausos. No eran eufóricos, sino sinceros. Un aplauso de alivio, de reconocimiento.
Mi padre volvió a tomar la palabra para cerrar el comunicado, pero yo ya sentía algo distinto en el aire. No era paz, no todavía... pero sí una calma frágil, necesaria.
Mientras descendíamos del atrio, sentí la mirada de papá sobre mí.
—Has hablado como una reina —murmuró en voz baja.
No respondí. Porque en mi interior, una verdad comenzaba a tomar forma:
si la guerra llegaba, yo no sería solo una espectadora.
Y en algún lugar, más allá de las fronteras, sabía que Massimo también estaba moviendo piezas.
El tablero ya estaba dispuesto.
Arcelia acababa de hacer su primera jugada y yo también.
El camino de regreso al Palacio del Sol se sintió más silencioso que la ida.
No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque había tomado forma.
Desde las ventanas del carruaje, observé Aureth pasar lentamente: las calles aún llenas, los rostros tensos, los guardias apostados en cada cruce importante. Mi discurso había calmado los rumores... pero no podía borrar la realidad. Arcelia se estaba preparando.
Y debía hacerlo.
Apenas cruzamos los portones del palacio, el cambio fue evidente. El sonido metálico de las armas chocando llenaba el aire. Órdenes claras, pasos sincronizados, voces firmes. El patio de armas hervía de actividad.
Lowell estaba al mando.
De pie sobre la tarima de piedra, con la armadura ajustada y el estandarte de Arcelia ondeando a su espalda, observaba cada movimiento con una precisión casi implacable. No había en su rostro rastro alguno de duda, solo determinación.
—¡Otra vez! —ordenó con voz firme—. ¡Más rápido! ¡Si caen, se levantan! ¡En el campo de batalla nadie les dará tiempo para respirar!
Los soldados obedecían sin cuestionar. Sudor, tierra y cansancio cubrían sus rostros, pero ninguno retrocedía. Arcelia jamás caería sin luchar, y ellos lo sabían.