Estrellas en el aire

Capítulo 7 (PARTE II)

A la mañana siguiente, el sol apenas se filtraba por las cortinas cuando me incorporé en la cama, con el pulso acelerado pero la decisión firme. El aire estaba frío, como si el reino entero contuviera la respiración.

Fue entonces cuando la vi.

Sobre el escritorio, apoyada contra el tintero, había una carta.
El papel era fino. El sello... inexistente.

Mi corazón se aceleró. Me levanté deprisa para observar de cerca.

La tomé con manos firmes, aunque por dentro todo se desmoronaba. Reconocería esa caligrafía en cualquier lugar.

Massimo.

Abrí la carta.

Isabelle,

Empiezo a pensar que el silencio te sienta tan bien como la palabra firme.

Arcelia se mueve. Cambell observa.A veces, las fronteras no se cruzan con ejércitos, sino con paciencia.

No temas. O tal vez sí.
La tierra fértil siempre despierta ambiciones... incluso en quienes prometen no desearla.

Sigue caminando con cuidado.
Algunos caminos parecen seguros... hasta que cambian de dueño.

— M.

El aire me faltó.

No había amenazas directas. No había confesiones.
Solo pistas. Sombras. Especulaciones que me helaban la sangre.

¿Cómo había llegado esa carta allí?

Nadie había entrado. Nadie había sido visto. Mi habitación era uno de los lugares más vigilados del palacio.

Y aun así... él había vuelto a alcanzarme.

Mis dedos se cerraron alrededor del papel.

Esta vez no era solo inquietud.
Era desconfianza.

De los pasillos.
De los guardias.
De los silencios.

De todos.

Porque si alguien podía entrar en mi habitación sin ser visto...
entonces Arcelia no estaba tan segura como creíamos.

Y Massimo lo sabía.

El papel temblaba entre mis dedos cuando lo dejé sobre el escritorio.

Cambell.
Massimo.
Las cartas.
Mi pueblo.

Todo daba vueltas por mi cabeza, necesitaba respuestas a preguntas que ni siquiera había terminado de formular.

Tomé el libro donde escondía las demás cartas y le sumé una nueva. Coloqué el libro en su lugar habitual, estos secretos no deben salir a la luz, no sé qué sería de mí o de Arcelia si lo hacen.

Me vestí sin ayuda, algo sencillo, discreto. Nada que gritara princesa.
Luego fui en busca de Valerie.

La encontré en uno de los pasillos laterales, ajustándose los guantes con gran habilidad. Cuando me vio, alzó una ceja, conocía esa expresión en mi rostro demasiado bien.

—No me mires así —dije antes de que hablara—. Necesito que me escuches.

No tardé en contarle mi idea.

Sus ojos se agrandaron primero, luego brillaron con una mezcla peligrosa de emoción y preocupación.

—¿Estás loca? —susurró—. Digo... sí, claramente. Pero también... tiene sentido.

—Quiero saber qué dicen cuando no hay guardias cerca, cuando no hay estandartes ni discursos —respondí—. Quiero oír sus miedos de verdad.

Valerie dudó apenas un segundo antes de asentir.

—Si vas, voy contigo.

Fue entonces cuando Kael apareció al final del corredor, como si el destino lo hubiera llamado justo en ese momento. Vestía ropa de entrenamiento, el cabello revuelto, la expresión despreocupada que jamás lograba engañarme del todo.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

Valerie lo miró.
Él le sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

Chispas. Claras. Evidentes.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Kael, ladeando la cabeza.

—Depende —respondí—. ¿Qué tan bien sabes moverte por la ciudad sin que nadie pregunte quién eres?

Una sonrisa lenta, calculada, se dibujó en su rostro.

—Lo suficiente.

Valerie bufó, cruzándose de brazos.

—Esto es una pésima idea —dijo—. De las peores.

—Pero vas a ayudarnos —añadí mirándola.

—Por supuesto —resopló—. No dejaría que te metas en esto sola.

Nos miramos los tres. Había algo eléctrico en el aire, una mezcla de nervios, expectativa y peligro. Kael estaba más cerca de Valerie que de costumbre, y ella no parecía apartarse.

—Entonces será hoy —dije, bajando la voz—. Antes de que pueda arrepentirme.

Kael asintió, iba a ayudarnos con mi plan sin saber nada de el.

—Salimos por la puerta de servicio este. Cambio de guardia al mediodía. Nadie notará tres sombras más entre la multitud.

Mi corazón se aceleró.

Sabía lo que estaba haciendo.
Sabía lo que arriesgaba.

Si nos descubrían, el castigo no sería menor. No solo para mí. Para todos.

Pero también sabía algo más:

Seguir encerrada, ignorando el murmullo del reino, sería una traición mucho mayor.

Respiré hondo.

—Entonces escapamos —dije, con una determinación que me sorprendió incluso a mí—. Por Arcelia.

Ese paso fuera del castillo marcaría un antes y un después.

Porque las calles no mienten.

Salimos del castillo cuando el sol estaba en su punto más alto, camuflados entre criados, comerciantes y aprendices que entraban y salían sin levantar sospechas. El corazón me latía con fuerza, no por miedo únicamente, sino por la adrenalina de estar haciendo algo que jamás había hecho: ser solo Victoria fuera de mi habitual fortaleza.

Sin títulos.
Sin escoltas visibles.
Sin paredes que amortiguaran la realidad.

Valerie caminaba a mi lado con paso seguro. Su cabello pelirrojo iba oculto bajo un pañuelo sencillo, pero sus ojos verdes seguían brillando con esa mezcla de audacia y desafío que siempre la caracterizaba. Kael iba unos pasos detrás, atento, observándolo todo. El castaño de su cabello y sus ojos azules pasaban desapercibidos, demasiado comunes para levantar sospechas... o eso creía cualquiera que no supiera mirar con atención.




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