El día siguiente amaneció gris, como si el cielo hubiera decidido reflejar el ánimo de Arcelia.
No dormí bien. Cada vez que cerraba los ojos veía rostros: los ciudadanos que nos miraron con desconfianza, los que susurraron insultos, los que callaron por miedo. También veía a mis padres, al consejo, a Valerie defendiéndose con fuego en la voz, a Kael marchándose con el castigo sobre los hombros. Todo se mezclaba en un nudo que me apretaba el pecho desde adentro.
Me levanté antes de que llamaran a mi puerta. No quería sirvientas preguntando si estaba bien, ni miradas de lástima. Me acerqué al espejo y observé mi reflejo: cabello castaño apenas ordenado, ojos azul verdosos apagados por el cansancio. No parecía una princesa. Parecía alguien que había entendido demasiado pronto el peso de una corona que aún no llevaba.
Desde la ventana, Arcelia se veía distinta. No era la ciudad cálida de otros días. Las calles estaban más silenciosas, la guardia duplicada en cada esquina, los estandartes inmóviles, como si incluso el viento dudara.
El reino estaba tenso.
Y esa tensión tenía mi nombre.
Los rumores se habían esparcido con la rapidez de un incendio mal contenido.
La princesa había escapado del castillo.
La princesa había caminado entre el pueblo.
La princesa había sido atacada.
Cada versión era peor que la anterior, más exagerada, más peligrosa.
Y Cambell no tardaría en enterarse.
Durante el desayuno apenas probé bocado. Mi padre leía informes con el ceño fruncido; mi madre observaba la mesa sin realmente verla.
—El consejo exigirá una nueva reunión —dijo él, rompiendo el silencio—. Están preocupados por la imagen del reino.
Por mi imagen.
—Que se preocupen por la gente —respondí con calma—. Ayer los escuché. Tienen miedo, padre. No a nosotros... al futuro.
Él levantó la vista y me sostuvo la mirada.
—Tus intenciones pueden ser nobles, Victoria, pero tus actos fueron imprudentes.
—Lo sé —admití—. Pero también sé que si seguimos encerrados entre estos muros, perderemos a Arcelia sin que a nadie le de tiempo de empuñar una espada.
Mi madre posó su mano sobre la mía.
—Hay miedo en ambos lados —susurró—. En el pueblo y en el trono.
Asentí. Eso era lo más aterrador de todo.
Al salir del salón, noté cómo los sirvientes bajaban la mirada al verme. Otros susurraban creyendo que no los oía. La guardia estaba más rígida que nunca. Nadie se relajaba. Nadie sonreía.
El castillo entero parecía contener la respiración.
Pensé nuevamente en Valerie. En su furia protegiendo a Kael. En la forma en que se miraron, como si el mundo desapareciera por un segundo. Pensé en Kael, pagando un precio que no merecía por seguirnos. Y sentí la culpa clavarse en mí con una precisión cruel.
Pensé también en la carta. En las palabras medidas de Massimo, en sus insinuaciones, en las pistas de un plan que no alcanzaba a comprender del todo. En cómo alguien había vuelto a entrar a mi habitación sin ser visto.
Si Arcelia estaba tensa, yo lo estaba aún más.
Porque ya no sabía en quién confiar.
Caminé por los pasillos intentando ordenar mis pensamientos. El reino estaba al borde de algo. No sabía si era una guerra, una traición o una verdad que aún no queríamos mirar de frente.
Pero una cosa era segura:
El día anterior había cambiado algo para siempre.
Y el día que comenzaba no traería alivio.
Solo decisiones.
El murmullo del consejo se oía incluso antes de abrir las puertas de la sala. Voces superpuestas, tonos duros, palabras como imprudencia, vergüenza, debilidad. Respiré hondo antes de entrar. No iba a retroceder. No esta vez.
Al cruzar el umbral, todas las miradas se clavaron en mí.
Mis padres estaban en la cabecera, serios, cansados. Alaric permanecía de pie, con los brazos cruzados, atento a cada gesto. Los consejeros, en cambio, no disimulaban su disgusto. Algunos golpeaban la mesa con los dedos; otros ni siquiera intentaban ocultar el desprecio.
—La conducta de la princesa ha puesto en riesgo la estabilidad del reino —dijo uno de los consejeros más antiguos—. Exponerse de esa manera, sin escolta, en un momento como este...
—...demuestra una falta absoluta de juicio —interrumpió otro—. Cambell está observando cada uno de nuestros movimientos.
Sentí cómo algo se encendía en mi pecho.
—¿Eso es todo lo que tienen para decir? —pregunté, con voz firme—. ¿Que me equivoqué por salir del castillo?
Hubo un silencio incómodo.
—Usted es un símbolo, alteza —respondió el primero—. No una ciudadana común.
—Precisamente por eso salí —repliqué—. Porque soy parte de este reino, no una figura de porcelana encerrada entre muros mientras mi pueblo vive con miedo.
Algunos fruncieron el ceño. Otros intercambiaron miradas.
—Los rumores se intensificaron después de su... paseo —dijo otro consejero, con evidente ironía y desprecio—. Ahora se habla de una princesa incapaz de obedecer.
Me incliné apenas hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa.
—Lo que se intensificó fue la verdad —dije—. El miedo ya estaba ahí. Yo no lo creé, lo escuché. Ustedes hablan de imagen, yo hablo de personas. De familias que viven cerca de la frontera y temen perderlo todo si estalla una guerra.
—¡Basta! —exclamó uno—. Su papel no es cuestionar al consejo.
—No levante la voz. Mi papel —respondí, alzando la voz por primera vez— es proteger a Arcelia. Y eso incluye decir lo que otros prefieren ignorar.
El silencio cayó pesado, casi denso. Sentí la mirada de mis padres sobre mí. No de reproche. De orgullo contenido.
Alaric fue quien habló entonces:
—La princesa actuó sin permiso, sí. Pero también lo hizo con valentía. Castigarla ahora solo confirmaría ante el pueblo que este consejo teme escuchar.