Desperté antes de que el sol terminara de alzarse sobre el valle.
No fue la luz lo que me arrancó del sueño, sino esa sensación extraña que se instala en el pecho cuando algo importante está por suceder, aunque todavía no tenga nombre. El castillo estaba inusualmente silencioso, como si contuviera la respiración conmigo.
Hoy era cinco de julio.
Diecisiete años.
La cifra me pesó más de lo que esperaba.
En otros tiempos, ese número habría significado vestidos nuevos, risas despreocupadas, la promesa ingenua de un futuro lejano. Ahora, en cambio, significaba más responsabilidades, miradas expectantes, decisiones que ya no podían aplazarse.
Significaba un reino al borde de la incertidumbre... y yo en el centro de todo.
Me incorporé despacio y caminé hasta el ventanal. Arcelia despertaba bajo mis pies: los campos verdes extendiéndose como un mar dócil, los primeros comerciantes cruzando las calles de la capital, las campanas lejanas marcando el inicio del día.
¿De verdad hay algo que festejar?
Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—¿Puedo pasar? —la voz de mi madre siempre tenía la capacidad de calmarme, incluso antes de verla.
—Sí.
Mamá entró con una sonrisa serena, de esas que no ignoran el caos, pero deciden no rendirse ante él.
—Feliz cumpleaños, mi amor..
Sus palabras fueron simples... y aun así sentí un nudo en la garganta.
—Gracias, mamá.
Se acercó y me abrazó con fuerza, como si quisiera protegerme del mundo entero con solo ese gesto. Apoyó su frente en la mía.
—Sé que este no es el cumpleaños que imaginaste —dijo en voz baja—. Pero quería que supieras algo: celebrar hoy no es una frivolidad. Es un acto de resistencia. Arcelia necesita recordar por qué vale la pena defenderla.
Asentí, tragando saliva.
—¿Papá...? —pregunté.
—Está despierto desde el alba —sonrió—. Fingiendo que no está nervioso.
Reí apenas.
Más tarde, el castillo comenzó a transformarse. No con ostentación exagerada, sino con esa elegancia propia de Arcelia: guirnaldas de flores del valle, tapices claros, música suave que se colaba por los corredores. El pueblo había sido invitado a celebrar en la plaza central; dentro del palacio, el consejo, los nobles y representantes de ciudades clave asistirían a un banquete moderado.
Nada debía parecer un exceso.
Nada debía parecer una provocación.
El ambiente, sin embargo, estaba cargado.
Las miradas se cruzaban con cautela, los murmullos nunca desaparecían del todo. Cambell seguía siendo un nombre que pesaba demasiado, incluso cuando nadie lo pronunciaba.
Antes del mediodía, Valerie irrumpió en mi habitación sin anunciarse, vestida con un sencillo vestido verde que resaltaba su cabello pelirrojo.
—¡Cumpleañera! —exclamó, lanzándose a abrazarme—. Te juro que si alguien arruina este día, lo muerdo.
—Eso no suena muy diplomático —bromeé.
—Nunca dije que lo fuera.
Su sonrisa se apagó apenas un segundo.
—Kael escribió —murmuró—. Desde la frontera.
La miré con atención, pero no pregunté. Sabía que, hoy, había cosas que no debían empañar el día. Ella pareció entenderlo y forzó una sonrisa más grande.
—Vamos. Hoy eres solo Victoria. No princesa. No heredera. Solo tú.
El banquete comenzó entrada la tarde. Discursos medidos, brindis por la paz, por el futuro, por la fortaleza de Arcelia. Mi padre habló con firmeza; mi madre, con esperanza. Yo también tomé la palabra, breve pero clara, agradeciendo al pueblo, prometiendo escuchar, aprender, proteger.
Los aplausos fueron sinceros.
Por un momento... casi creí que todo estaría bien.
Terminó el banquete y me dirigí a mi habitación a alistarme para el baile de esta noche. Un baile que se hace desde que tengo memoria.
Lavinia me ayudó a vestir un hermoso vestido azul y a ordenar mi caótico cabello.
Luego de terminar de arreglarme me dirijo hacia el Salón de cristal, lleva ese nombre por la cantidad de ventanales qué posee, allí se llevará a cabo la celebración.
Hago mi entrada y me reciben con aplausos. Siento que mis mejillas se tornan calientes, el corazón me late con fuerza.
Séquitos de nobles e integrantes de sus familias se acercan a felicitarme, así como miembros del consejo.
La música es dulce, melodías suaves llenan el lugar.
Fue al caer la noche cuando el aire cambió.
La música se detuvo de forma abrupta. No por error, sino porque algo —alguien— había cruzado el umbral del salón principal.
Lo sentí antes de verlo.
Un murmullo recorrió la sala como una ola contenida. Los guardias se tensaron y adquirieron posiciones especiales. Mi padre se puso de pie de inmediato.
Y entonces lo vi.
Massimo.
El príncipe de Cambell avanzaba con paso firme, vestido de oscuro, sin armadura ni corona pero con una presencia que imponía más que cualquier espada. Su expresión era fría, impenetrable. No parecía sorprendido por las miradas hostiles ni por el silencio sepulcral que había provocado.
Detrás de él, un pequeño séquito aguardaba, respetuoso, pero preparado.
Mi corazón dio un vuelco.
¿Qué hace aquí?
¿Hoy?
¿Ahora?
Sus ojos me encontraron entre la multitud. No sonrió. No inclinó la cabeza de inmediato. Solo me observó, como si aquel momento le perteneciera tanto como a mí.
Finalmente habló, con voz clara y controlada:
—Lamento la interrupción —dijo—. No he venido con intención de ofender ni provocar. Vengo como emisario de Cambell... y como invitado.
El silencio era absoluto.
—Hoy —continuó—, la princesa Victoria de Arcelia cumple diecisiete años. Y, según las antiguas normas entre reinos, ningún heredero debería pasar un día así bajo la sombra del miedo.
Su mirada volvió a mí.
—He venido a presentar mis respetos... Isabelle.
Mi nombre, dicho así, me recorrió como un estremecimiento.