Salí al jardín. Ahora si me permito disfrutar del aire libre, de mi y mi tranquila soledad.
—Ay, Massimo. Eres el príncipe de mis problemas —murmuré.
Porque ni estando sola puedo dejar de pensar en él.
Subí a mi habitación con pasos medidos, acompañada solo por el murmullo lejano del palacio que se apagaba. Cerré la puerta tras de mí y apoyé la espalda contra la madera.
Respiré.
Entonces la vi.
Una carta descansaba sobre mi escritorio, perfectamente alineada, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Mi corazón se detuvo.
Me acerqué despacio, con una mezcla de rabia y cansancio que me temblaba en las manos. No estaba sellada. No había marcas. Nadie había forzado nada.
La tomé.
La letra era inconfundible.
No la abrí de inmediato.
Me acerqué a la ventana, corrí apenas la cortina y observé las luces de Arcelia dormida. Mi reino. Mi gente. Todo lo que estaba en juego.
Finalmente, desdoblé el papel.
Isabelle,
Bailas mejor cuando estás enfadada. Tal vez porque, en el fondo, siempre dices la verdad cuando crees estar defendiendo algo.
No te inquietes por cómo llegó esto hasta aquí. Si supieras cuántas puertas se abren solas cuando uno aprende a escuchar...
Esta noche no he venido por nostalgia, ni por tu cumpleaños, aunque a estas alturas comienzo a pensar que lo último sí tiene relevancia. He venido porque el tablero se mueve más rápido de lo que imaginas, y Arcelia ocupa un lugar que muchos desean.
No todos los peligros vienen de Cambell.
Confía poco. Observa más. Y pregúntate quién gana cuando tú dudas.
Nos veremos antes de lo que crees.
—M.
El papel crujió entre mis dedos.
—Basta —susurré, sin saber a quién.
Sentí algo quebrarse dentro de mí. Ya no era solo intriga. Ni juego. Ni coqueteo disfrazado de indiferencia.
Era una advertencia.
Y lo peor no era Massimo.
Era la certeza de que ya no estaba segura ni siquiera entre mis propios muros.
No dormí.
El techo de mi habitación se volvió un enemigo silencioso, testigo de cada pensamiento que se atropellaba en mi mente. Las palabras de Massimo, su letra firme, su manera de decirlo todo sin decir nada... me estaban desgastando.
Ya no era curiosidad.
Era hartazgo.
Me incorporé de golpe y tiré de la cuerda.
—Lavinia —llamé.
No tardó en aparecer, envuelta en su habitual discreción, pero con los ojos atentos. Ella siempre notaba cuando algo no estaba bien.
—¿Dónde se hospeda el príncipe de Cambell? —pregunté sin rodeos.
Vi el mínimo titubeo. Apenas un parpadeo.
—En el ala este del palacio, Alteza. Las habitaciones de invitados de alto rango, exactamente en las habitaciones designadas para emisarios provenientes de Cambell.
Asentí.
— Gracias. Puedes retirarte.
Lavinia dudó un segundo, como si quisiera decir algo, pero obedeció. En cuanto la puerta se cerró, tomé una capa oscura y me la eché sobre los hombros. No era miedo lo que sentía. Era una determinación casi peligrosa.
Caminé por los pasillos con pasos firmes. Cada guardia me saludó sin cuestionar nada; ser princesa tenía sus privilegios... y sus riesgos.
El ala este estaba en silencio. Demasiado.
Me detuve frente a la puerta, la cual no tenía guardias custodiando.
Respiré hondo y toqué.
Nada.
Volví a intentarlo.
Silencio.
Mi mandíbula se tensó. Por un instante dudé. No por respeto, sino por la línea que estaba a punto de cruzar. Pero él ya la había cruzado hacía tiempo, ¿no?
Tomé el picaporte.
La puerta no estaba cerrada con llave.
Entré.
La habitación era amplia, sobria, elegante. Demasiado ordenada. Como él. No había signos de alguien durmiendo allí todavía. El fuego de la chimenea estaba apagado, la cama intacta, la ventana entreabierta dejando pasar el aire nocturno.
Cerré la puerta detrás de mí.
El sonido resonó más fuerte de lo que esperaba.
Avancé unos pasos y me detuve en el centro, con los brazos cruzados, el corazón golpeándome las costillas. Cada segundo que pasaba aumentaba mi irritación.
—Cobarde —murmuré—. Apareces cuando quieres y desapareces cuando más te conviene.
Me acerqué a la mesa cercana y vi otro detalle que me erizó la piel: una copa servida. El vino aún fresco. Como si supiera que iba a volver.
Como si supiera que yo estaría allí.
Me quedé quieta al escuchar el leve chasquido de la puerta.
No me sobresalté. No le daría ese gusto.
—Entrar sin permiso es una costumbre peligrosa, Isabelle —dijo su voz a mi espalda, tranquila, casi divertida.
Me di vuelta despacio.
Massimo estaba allí, apoyado contra la puerta, con el abrigo aún puesto y esa expresión indescifrable que ya detestaba. Sus ojos me recorrieron con calma, como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Y tú escribir cartas y entrar en mi habitación sin ser visto lo es aún más —repliqué—. Así que estamos a mano.
Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
—Veo que has decidido dejar de huir.
—No estoy huyendo —respondí, dando un paso hacia él—. Estoy harta. De tus juegos, de tus pistas, de tus amenazas disfrazadas de cortesía. Si tienes algo que decir, dilo de frente.
El silencio que siguió fue denso.
Massimo dejó la puerta y avanzó lentamente, sin prisa, como un depredador seguro de su terreno. Se detuvo a apenas un metro de mí.
—¿Y si la verdad no te gusta, Isabelle? —preguntó en voz baja—. ¿Y si te obliga a mirar a los tuyos con otros ojos?
Mi corazón se aceleró, pero no retrocedí.
—Entonces la enfrentaré —dije—. Como hago con todo. Pero no vuelvas a escribirme. No vuelvas a entrar en mi vida como si tuvieras derecho.