El día amaneció gris en Arcelia, como si el cielo también hubiese sentido el peso de la noche anterior.
No dormí más después del sueño. No de verdad. Mi cuerpo se levantó por costumbre, pero mi mente seguía atrapada en esa habitación que no era mía, en esa voz que pronunciaba Isabelle como si fuese un secreto compartido.
Y entonces llegó la noticia que terminó de tensarlo todo.
—El príncipe Massimo de Cambell ha solicitado una audiencia formal con la corona —anunció un sirviente, con la voz tensa—. Dice que ha venido a responder la carta enviada por Arcelia.
No trae una respuesta.
Él es la respuesta.
El caos del día anterior aún no se había disipado. Su aparición en mi cumpleaños seguía siendo el único tema de conversación en pasillos, patios y salas del palacio. Algunos lo llamaban provocación. Otros, una amenaza abierta. Para el consejo, era una afrenta directa.
Para mí... era algo mucho más peligroso.
La sala del consejo estaba llena. Demasiado.
Papá ocupaba su lugar con el rostro duro, inexpresivo, aunque yo conocía esa tensión en su mandíbula: Cambell había cruzado un límite. Mamá permanecía serena a su lado, pero sus manos entrelazadas delataban inquietud. Alaric observaba en silencio, atento a cada gesto.
Y entonces Massimo entró.
No llevaba armadura ni símbolos bélicos. Vestía de negro y plata, sobrio, impecable. No parecía un hombre que hubiese venido a provocar una guerra... y eso lo hacía aún más peligroso.
No me miró al principio.
Hizo una reverencia correcta, justa, medida, ante mis padres.
—Majestades —dijo, dirigiéndose a mis padres—. He venido en nombre de Cambell para responder a la misiva enviada hace una semana.
Su voz era firme, clara. Oficial.
El consejo se removió inquieto.
—Pudiste haber enviado un emisario —respondió mi padre, frío—. O una carta.
Massimo alzó la vista entonces.
Y me miró.
No como la noche anterior. No como en el jardín. No como en su habitación.
Ahora me miró como se mira a un igual.
—Algunos mensajes no deben viajar sellados en papel —dijo—. Y menos cuando el contenido puede definir el futuro de dos reinos.
Silencio.
—Habla —ordenó Erick.
Massimo respiró hondo.
—Cambell niega cualquier intento inmediato de invasión sobre Arcelia —comenzó—. No hay movilización ofensiva en curso. Los refuerzos en la frontera son... preventivos.
—¿Preventivos contra quién? —espetó uno de los consejeros.
Massimo no apartó la calma.
—Contra la inestabilidad. Contra decisiones precipitadas. Contra malentendidos que, en el pasado, ya han costado demasiadas vidas.
Sentí cómo el aire se volvía más denso.
—Sin embargo —continuó—, Cambell no ignorará eternamente ciertos desequilibrios territoriales que vienen arrastrándose desde generaciones anteriores.
Ahí estaba.
La amenaza disfrazada de diplomacia.
—Mi padre —dijo— y yo creemos que ha llegado el momento de hablar de esas tierras. No con espadas. No con ejércitos. Sino con acuerdos.
—¿Acuerdos impuestos? —pregunté, sin darme cuenta de que había tomado la palabra hasta que todas las miradas cayeron sobre mí.
Massimo giró apenas el cuerpo hacia mí.
—Nada impuesto —respondió—. Propuesto.
Nuestros ojos se encontraron.
Y por un segundo, todo lo demás desapareció.
—Por eso estoy aquí —añadió—. Para abrir una mesa de negociación directa entre Arcelia y Cambell. Sin intermediarios. Sin rumores. Sin juegos en la sombra.
Mentía.
No del todo, pero mentía.
Porque yo sabía —sentía— que ese no era su único plan.
—¿Y qué exiges a cambio de esa... buena voluntad? —preguntó mi padre, con un filo peligroso en la voz.
Massimo tardó un segundo más de lo necesario en responder.
—Tiempo —dijo—. Acceso diplomático. Y garantías de que la heredera de Arcelia será parte activa de esas conversaciones.
Mi corazón dio un vuelco.
—No —dijo mi padre de inmediato.
—Sí —respondí yo al mismo tiempo.
El choque fue brutal.
Mi madre me miró sorprendida. Alaric cerró los ojos, como si ya hubiese visto venir este momento años atrás.
Massimo no sonrió.
Pero algo brilló en su mirada.
—Victoria aún no está lista —sentenció Erick.
—Con respeto, Majestad —replicó Massimo—, anoche su reino entero la vio sostener una corona con más dignidad que muchos hombres sentados en esta sala.
Rabia. Orgullo. Miedo.
Todo mezclado en mi pecho.
—Cambell no busca guerra —concluyó—. Pero tampoco retrocederá eternamente. Estoy aquí para evitar lo inevitable... si aún estamos a tiempo.
La reunión terminó sin acuerdos concretos.
Solo con promesas.
Y advertencias.
Cuando Massimo se retiró, sentí su presencia pasar cerca de mí, como una sombra familiar.
No me habló.
No hizo falta.
Su plan era claro y, a la vez, incompleto.
No quería solo tierras.
No quería solo diplomacia.
Me quería a mí en el centro del tablero.
Y lo peor... era que una parte de mí entendía por qué.
Porque entre dos reinos al borde del abismo, yo era la única pieza que podía inclinar la balanza.
Y Massimo lo sabía.
La puerta de la sala del consejo se cerró con un golpe seco, dejándonos en un silencio espeso, casi insoportable.
Éramos solo nosotros cuatro ahora.
Mi padre permanecía de pie, de espaldas, con las manos apoyadas sobre la mesa como si necesitara sostenerse. Mi madre se quedó a mi lado, firme pero inquieta. Alaric ocupó su lugar habitual, apoyado en su bastón, observándome con esa mirada que siempre veía más de lo que yo decía.
Fui la primera en romper el silencio.
—Sé que están enfadados —dije, sin rodeos—. Pero no me arrepiento.
Erick giró bruscamente.
—¿No te arrepientes? —su voz era contenida, peligrosa—. Te ofreciste como pieza en una negociación con Cambell delante de todo el consejo. ¿Sabes lo que eso significa?