Me sentía peor que antes.
Peor porque ahora no era solo confusión.
Era algo más peligroso.
Me llevé la mano al pecho, como si pudiera arrancarme eso que latía de más. Esa sensación absurda, prohibida, injustificable. No tenía sentido. Massimo era Cambell. Era el reino que amenazaba al mío. El hombre que jugaba con silencios, con cartas, con miradas que parecían atravesarme.
Y aun así...
—Lo odio —susurré, sin convicción—. Te odio.
Pero mi corazón no escuchaba razones.
Me odié a mí misma por eso. Por sentir. Por no poder apagarlo. Por recordar cómo me había mirado en el bosque, como si me conociera desde siempre o como si quisiera hacerlo pedazos.
Caminé de un lado a otro, incapaz de sentarme, incapaz de respirar con normalidad. Pasé frente al escritorio varias veces, hasta que me detuve en seco.
No.
No debía.
Ya había pensado en esto antes... y me había detenido. Porque escribirle era cruzar una línea. Porque poner mis pensamientos en palabras los hacía reales.
Pero quizás... quizás necesitaba hacerlo para sacármelo del pecho.
Me senté.
Saqué una hoja limpia. Tomé la pluma con manos que no dejaban de temblar.
Respiré hondo.
Y escribí.
Massimo Benjamin Cambell,
No sé por qué te escribo. Quizás porque hablarte sería peor. Quizás porque el silencio entre nosotros se ha vuelto insoportable.
No voy a fingir cortesía ni diplomacia. Ya tenemos suficiente de eso entre nuestros reinos.
Te vi hoy.
Y odio que eso haya sido suficiente para desordenarme por completo.
No entiendo tus juegos, tus cartas ni tus silencios. No entiendo por qué me observas como si yo fuera parte de tus planes, ni por qué eliges mi nombre como si te perteneciera decirlo. No soy Isabelle para ti. No soy nada para ti.
O al menos eso es lo que debería ser.
Si has venido a Arcelia por estrategias, dilo.
Si buscas algo de mi reino, dilo.
Si tu presencia, tus palabras y tus insinuaciones tienen un propósito... dilo.
Porque lo que estás haciendo no es justo.
No es justo hacerme dudar de mis certezas.
No es justo irrumpir en mi vida, en mi habitación, en mi cabeza. No es justo mirarme como si vieras algo que ni yo misma alcanzo a comprender.
No te escribo para pedirte que te acerques. Tampoco para suplicarte nada.
Te escribo porque necesito dejar esto fuera de mí antes de que me consuma.
Si tu intención es jugar conmigo, te advierto algo: no soy una pieza fácil.
Y si tu intención no es esa... entonces temo que ambos estemos caminando hacia algo que no deberíamos.
No respondas si no eres capaz de ser honesto.
Y no vuelvas a llamarme Isabelle si no estás dispuesto a sostener todo lo que ese nombre despierta.
—V. I.
Cuando terminé, mis manos y el pecho me ardían.
Leí la carta una vez.
Luego otra.
No sonaba débil. No sonaba suplicante. Pero tampoco sonaba indiferente. Sonaba exactamente como me sentía: furiosa, confundida, peligrosamente viva.
Doblé el papel con cuidado, como si fuera algo frágil. Como si fuera yo.
Ahora venía la peor parte: cómo hacerla llegar a él.
Porque, al hacerlo, aceptaba algo que me aterraba más que cualquier guerra.
Que Massimo ya no era solo un problema político.
Era un problema del corazón.
No debía hacerlo.
Lo sabía incluso mientras avanzaba por los pasillos.
Cada paso hacia el ala destinada a los huéspedes de alto rango era una advertencia que ignoraba deliberadamente. El castillo estaba más silencioso que de costumbre; la mayoría seguía ocupada con los rezagos del cumpleaños y la reunión. Aproveché eso. Aproveché todo lo que no debía.
Me detuve frente a un sirviente.
—Disculpe —dije, con el tono neutro que había aprendido a usar—. ¿El príncipe de Cambell se encuentra en sus aposentos?
El hombre negó con la cabeza de inmediato.
—No, su alteza. El príncipe salió hace unos minutos. Fue visto dirigiéndose a los patios de entrenamiento.
Asentí, agradecí y seguí mi camino sin dudar... aunque por dentro el corazón ya me golpeaba las costillas.
Bien.
O mal.
No lo sabía.
Frente a la puerta de su habitación me detuve apenas un segundo. El escudo de Cambell tallado en la madera oscura parecía observarme, juzgarme. Apoyé la mano sobre el picaporte.
—Estás haciendo una estupidez —me susurré.
Abrí la puerta.
El interior me recibió con un orden casi intimidante. Nada estaba fuera de lugar. Todo era sobrio, funcional, impecable. Demasiado impecable.
Cerré detrás de mí con cuidado.
La habitación de Massimo no tenía adornos innecesarios. Tonos oscuros, madera, plata. Un escritorio amplio junto a la ventana, mapas enrollados sobre una pared, una espada apoyada cerca de la cama, como si fuera una extensión natural de él.
Tragué saliva.
Caminé hasta el escritorio y dejé la carta allí, justo en el centro. No la escondí. Si iba a hacerlo, no sería a medias.
Listo.
Ya estaba.
Pero mis pies no se movieron.
La curiosidad —esa misma que siempre me metía en problemas— me empujó a quedarme. A mirar. A entender.
Recorrí la habitación con la mirada primero... luego con el cuerpo.
Los mapas me llamaron la atención. Me acerqué, despacio. No eran decorativos. Eran precisos, detallados. Reconocí fronteras. Caminos. Ríos.