Estrellas en el aire

Capítulo 13

Evitarlo se volvió mi única estrategia.

No era cobardía —me repetía—, era supervivencia. Porque cada vez que su nombre surgía en una conversación, algo en mi pecho se tensaba como una cuerda a punto de romperse. Massimo. Cambell. El príncipe que había cruzado límites invisibles y, aun así, me había dejado temblando como si hubiese sido yo quien los cruzó primero.

Por eso no fui a la reunión de esa mañana.

Sabía perfectamente que estaría allí. Lo supe desde el instante en que Lavinia me informó, con cautela excesiva, que el consejo ampliado se reuniría para discutir los términos preliminares de la estancia de la delegación de Cambell en Arcelia. Sabía lo que eso significaba. Sabía quién ocuparía ese asiento frente a mis padres.

Y aun así, me excusé.

Una migraña inexistente. Un malestar que nadie pudo comprobar. Una princesa que, por primera vez, decidió no presentarse.

Desde mi habitación, escuché el movimiento del palacio como un organismo inquieto. Pasos apresurados. Murmullos contenidos. Puertas que se cerraban con más fuerza de la necesaria. Arcelia entera parecía sostener la respiración… y yo también.

Me acerqué a la ventana. Desde allí podía ver parte del patio interior, donde las banderas de ambos reinos ondeaban juntas, forzadas a compartir el mismo viento. Arcelia y Cambell. Dos nombres que nunca deberían pronunciarse en la misma frase sin que algo se rompa.

Y en medio de todo eso… él.

No lo veía, pero lo sentía. Como si su sola presencia alterara el aire del palacio, como si cada piedra supiera que Massimo de Cambell caminaba por sus pasillos.

Me odié por pensarlo.

Me odié aún más por recordar el calor de su cercanía, el roce mínimo que había sido suficiente para desarmarme. Por recordar su voz baja, su advertencia, la forma en que me miró cuando me pidió que me fuera.

No habrá vuelta atrás.

Las palabras resonaron como una sentencia.

Apoyé la frente contra el vidrio frío, intentando anclarme a algo que no fuera él. No podía permitirme esto. No podía permitirme sentir. No cuando había reinos de por medio, no cuando cada paso mal dado podía encender una guerra que ya olía a pólvora.

Alguien llamó a mi puerta.

—¿Victoria? —la voz de mamá sonó suave, pero cargada de algo más.

Me giré de inmediato.

—Adelante.

Mi madre entró despacio, observándome como si pudiera leer el desorden que intentaba esconder. Cerró la puerta tras de sí y cruzó la habitación hasta quedar frente a mí.

—El consejo preguntó por ti —dijo—. Notaron tu ausencia.

—Lo imaginé —respondí, bajando la mirada.

Hubo un silencio breve. Denso.

—También Massimo —añadió, como si no fuera nada.

Sentí el golpe directo en el estómago.

—¿Qué dijo? —pregunté, traicionándome.

Amelia alzó una ceja, con esa mezcla de madre y reina que tan bien dominaba.

—Nada —Una pausa—. Pero escuchó.

Eso fue peor.

Asentí, tragando saliva.

—No puedo estar en esas reuniones —confesé al fin—. No ahora.

Mi madre me observó largo rato, como si midiera cada palabra antes de decirla.

—Entiendo que estés confundida —dijo finalmente—. Pero evitar no siempre es la solución.

—Lo sé —respondí con un hilo de voz—. Pero si me siento en esa mesa… voy a cometer un error.

Amelia no replicó. Se acercó y tomó mi mano entre las suyas, cálidas, firmes.

—Entonces asegúrate de que cuando regreses, lo hagas siendo más fuerte que antes.

Asentí, aunque no estaba segura de cómo lograr eso cuando todo en mí parecía desordenarse con solo pensarlo.

Cuando se fue, la habitación volvió a sentirse demasiado grande. Demasiado silenciosa.

Y por primera vez desde que Massimo había llegado a Arcelia, comprendí algo con absoluta claridad:

Evitarlo no significaba que dejara de afectarme.
Solo hacía que el peso de lo no dicho creciera… hasta volverse insoportable.

Decidí no salir de mi habitación ese día.

No porque el mundo se hubiera detenido, sino porque yo lo había hecho. Cada sonido del palacio me llegaba amortiguado, como si estuviera bajo el agua. El tintinear lejano de copas, las voces formales de los consejeros, el eco de pasos que no quería identificar por miedo a que fueran los suyos.

Massimo de Cambell.

Me obligué a no pronunciar su nombre ni siquiera en mis pensamientos. Como si así pudiera borrarlo. Como si el silencio pudiera ser una muralla.

Me senté frente al escritorio, observando el libro viejo donde había escondido las cartas. No lo abrí. No me atreví. Sabía que si lo hacía, todo el esfuerzo por mantenerme entera se vendría abajo.

Esto es lo que hacen las reinas, me dije.
Se controlan. Se contienen. No sienten lo que no deben.

Pero yo no era reina aún.
Y lo que sentía no obedecía reglas.

Tomé aire y me obligué a pensar en Arcelia. En las fronteras tensas. En el miedo del pueblo. En los rumores que aún no se habían apagado. En Kael, en la frontera norte. En Valerie, intentando ser fuerte mientras el amor le nacía en el lugar menos conveniente.

Había demasiadas cosas importantes como para permitir que un solo hombre —un príncipe enemigo— se instalara en mis pensamientos.

Y aun así…

Aun así, me pregunté si habría notado mi ausencia de verdad.
No como estrategia política.
No como movimiento diplomático.
Sino como algo personal.

El pensamiento me enfureció conmigo misma.

Me levanté de golpe y comencé a caminar de un lado a otro. Cada paso era una discusión interna.

No es tu enemigo, susurraba una parte de mí.
Sí lo es, respondía otra con dureza.
No te ha hecho daño.
Todavía.

Me detuve frente al espejo.

La joven que me devolvió la mirada no parecía una princesa segura, ni una heredera preparada para gobernar. Parecía una muchacha cansada, con los ojos demasiado despiertos para alguien que apenas había dormido.




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