No lo busqué.
Eso fue lo primero que me repetí cuando lo vi.
Massimo estaba en la galería norte, observando los mapas desplegados sobre una mesa larga. El sol de la tarde entraba oblicuo por los ventanales y le marcaba las facciones con una dureza casi cruel. Se había quitado la capa; las mangas arremangadas dejaban ver los antebrazos tensos.
—Llegas tarde —dijo sin mirarme.
—No vine por ti.
Levantó la vista entonces, lento, como si ya supiera que esa frase era una mentira mal construida.
—Nunca vienes por mí —respondió—. Y aun así, siempre terminás aquí.
Me acerqué lo justo para ver el mapa. Cambell estaba marcado con líneas gruesas; Arcelia, rodeada de notas escritas con una letra firme y decidida. La suya.
—No tienes derecho a planear sobre mi reino, menos hacerlo de manera tan descarada dentro de él—dije, seca.
—Tengo el deber —replicó—. Y si Arcelia no se mueve, otros lo harán. Como Cambell, por ejemplo.
—No uses el miedo como argumento.
—No uso miedo —se inclinó sobre la mesa—. Uso realidad.
Clavé la mirada en él.
—La realidad es que Cambell siempre avanza cuando cree que huele debilidad.
Su mandíbula se tensó.
—Y Arcelia siempre se esconde detrás de su moral mientras el mundo se incendia.
Eso dolió más de lo que debía.
—No nos escondemos —dije—. Elegimos no convertirnos en monstruos.
Sonrió, pero no fue una sonrisa amable.
—Todos los reyes son monstruos, Victoria. La diferencia es quién se atreve a admitirlo.
Di un paso más cerca.
—¿Eso es lo que eres? ¿Un monstruo orgulloso de serlo?
—Soy un hombre que no va a dejar caer su reino por una idea romántica de justicia.
El aire entre nosotros se volvió denso.
—No me hables de romanticismo —espeté—. No sabés lo que cuesta sostener la paz sin traicionar.
—¿Paz? —rió sin humor—. La paz que defiendes existe porque otros ensucian sus manos por ti.
Sentí el golpe directo al pecho.
—Retirá eso.
—No.
La palabra cayó pesada.
—Si tengo que pasar por encima de ti, de tus padres y del mundo mismo para proteger Cambell, lo haré —continuó—. Y no voy a pedir perdón por eso.
Mis manos se cerraron en puños.
—Entonces estamos claros —dije—. Ten por seguro que haré exactamente lo mismo por Arcelia.
Nos miramos como si la galería, el mapa, el palacio entero hubieran desaparecido.
—¿Eso incluye mentirme? —preguntó, en voz baja.
—Incluye no deberte nada. A parte las mentiras suelen transformarse en normalidad cuando se trata de ti. Es algo a lo que estás acostumbrado.
Se acercó un paso. Yo no retrocedí.
—Mientes mal —murmuró—. Tu cuerpo se tensa cada vez que estás conmigo.
—Eso no significa nada.
—Significa todo —corrigió—. Y lo sabés.
El silencio volvió a cargarse de algo distinto. No era política. No era guerra. Era ese abismo peligroso que ninguno quería nombrar.
—Esto es un error —dije, más para mí que para él.
—Sí —admitió—. Pero es uno al que vuelves una y otra vez.
Su mano cayó sobre la mesa, muy cerca de la mía. No me tocó. No hizo falta.
—No confundas lo que crees que es deseo con debilidad —le advertí—. Si tengo que elegir entre lo que crees que siento y mi reino, no voy a dudar.
Sus ojos se oscurecieron.
—Yo tampoco.
Por un instante pensé que iba a acercarse más. Que iba a romper esa línea invisible que nos separaba.
No lo hizo.
Se enderezó, dio un paso atrás y volvió a colocarse la capa.
—Entonces dejemos de fingir —dijo—. A partir de ahora, somos adversarios.
Asentí, aunque el corazón me gritara lo contrario.
—Adversarios —repetí—. Creo que siempre lo fuimos.
Pasé a su lado sin mirarlo.
Esta vez, el roce fue intencional.
Y dolió.
Porque mientras me alejaba, lo supe con una certeza brutal:
Si seguíamos así, alguno de los dos iba a perder.
Y no iba a ser solo un reino.
El corazón me traicionaba y latía a toda velocidad mientras me alejaba.
Me dirigí a ver el entrenamiento de la milicia. Siempre era algo que lograba distraerme.
El sonido de las espadas golpeando una con otra, los gritos, movimientos rápidos. A veces creo que preferiría ser una de ellos antes que afrontar mis sentimientos y mi propia vida.
Busqué el cabello pelirrojo qué siempre resaltaba pero otra vez no estaba.
Valerie sigue evadiendo este lugar, a veces el corazón provoca más dolor qué los golpes. La mente suele ser más dañina que el enfrentamiento físico.
Pasos empezaron a acercarse.
—Alteza, la reunión esta por dar inicio —dijo Lavinia—. Están esperándola.
—Gracias, Lavinia.—dije y abandoné el lugar para dirigirme a la sala.
La sala del consejo estaba llena.
Demasiado.
Nobles, estrategas, enviados de Cambell, capitanes, consejeros de Arcelia. El aire olía a tensión vieja, a palabras que no querían decirse en voz alta. Ocupé mi lugar junto a mis padres y Alaric, con la espalda recta y el gesto impasible.
Massimo estaba enfrente.
No me miraba.
Eso era peor que cuando lo hacía.
—Dentro de dos días —anunció uno de los enviados de Cambell—, nuestros séquitos comenzarán a retirarse de territorio arceliano.
Un murmullo recorrió la sala.
Dos días.
Muy poco.
Demasiado.
—Esta es una ventana limitada —continuó el hombre—. Si las negociaciones no se cierran ahora, Cambell no garantiza mantener esta postura.
Ahí fue cuando Massimo habló.
—No hemos venido a retirarnos con las manos vacías.
Su voz fue firme, clara, sin rodeos. Varias cabezas se giraron hacia él.
—Cambell ha cedido más de lo esperado —prosiguió—. Esperamos lo mismo de Arcelia.
Sentí el impulso inmediato de responder, pero me contuve. Observé. Escuché. Esperé.
—¿Y qué es exactamente lo que Cambell espera? —preguntó un consejero arceliano.