Estrellas en el aire

Capítulo 15

No dormí.

O, al menos, no de la forma en que se supone que una persona duerme.

Mi cuerpo se rendía por momentos, pero mi mente seguía despierta, repitiendo una y otra vez cada palabra, cada mirada, cada segundo de esa conversación en la galería.

“Dejá de ser exactamente lo que soy incapaz de ignorar.”

Apreté los dientes.

Me incorporé en la cama, con el corazón latiendo demasiado rápido para una habitación en completo silencio. Afuera, Arcelia seguía dormida, ignorante de que su princesa estaba al borde de una guerra consigo misma.

Me llevé una mano al pecho.

Ahí.

Ese lugar que desde hacía días dolía sin herida visible.

—Esto es una locura… —murmuré.

Massimo no era nada para mí.

No debía ser nada.

Era el heredero del reino que amenazaba con llevarse una parte de Arcelia. Un hombre arrogante, peligroso, dispuesto a aplastar lo que fuera necesario para conseguir lo que quería.

Y aun así…

Cerré los ojos, traicionera.

Su voz baja.
Su forma de acercarse sin tocarme.
La manera en que me miró, no como a una princesa, sino como a una rival.

Como a alguien igual.

Me levanté de golpe.

No.
No podía permitirme eso.

Caminé descalza por la habitación, tratando de sacarme su imagen de la cabeza, pero cada rincón parecía devolverme un recuerdo que no quería tener.

El escritorio.

La ventana.

Incluso la silla donde había escrito aquella maldita carta que jamás debería haber dejado.

La vergüenza me quemó la cara.

¿En qué estaba pensando?

Me había escondido en su habitación.
Lo había espiado.
Le había escrito palabras que no me animaba ni a recordar.

Y lo peor…

No me había rechazado.

Me apoyé contra la pared, cerrando los ojos con fuerza.

—Te odio —susurré.

Pero ni siquiera yo me creí eso.

Lo que odiaba no era a Massimo.

Me odiaba a mí.

Por temblar cuando él se acercaba.
Por sentir ese nudo extraño en el estómago cada vez que pronunciaban su nombre.
Por no poder decidir si quería que Cambell se retirara… o si una parte cobarde de mí temía que lo hiciera.

Porque si se iba…

No volvería a verlo.

La idea me atravesó como una daga.

Me deslicé hasta sentarme en el suelo, abrazando mis rodillas.

—Esto no puede estar pasando…

Yo no era así.

No era una niña ingenua que se enamoraba del enemigo. No era una princesa de cuentos que confundía tensión con amor.

Yo era Victoria de Arcelia.

Heredera de un reino.
Educada para gobernar.
Entrenada para desconfiar.

Y aun así, mi corazón estaba empezando a traicionarme.

Respiré hondo.

Tenía que ser fuerte.

Tenía que apagar eso antes de que creciera.

Antes de que se notara.

Antes de que me destruyera.

Porque si había algo que tenía claro… era que entre Massimo y yo no podía existir nada bueno.

Solo guerra.

Silencio.

Orgullo.

Y un deseo peligroso que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.

Evitar a Massimo se convirtió en mi nueva especialidad.

No fue difícil al principio.

Arcelia era grande, los pasillos infinitos, las salas innumerables. Bastaba con preguntar —con demasiada naturalidad fingida— quiénes asistirían a cada reunión, a cada comida, a cada audiencia… y ajustar mi camino para no cruzarme con él.

Ese día falté a dos reuniones.

La primera con la excusa de un dolor de cabeza.
La segunda, con la mentira de que mi madre me necesitaba.

Mentiras pequeñas.
Cobardes.

Pero necesarias.

Porque todavía sentía su cercanía como si me hubiese marcado la piel.

Cada vez que escuchaba pasos firmes detrás de mí, mi corazón se aceleraba sin permiso. Cada voz grave en los pasillos me hacía girar la cabeza antes de recordar que no todas eran la suya.

Y eso me enfurecía.

A mí misma, sobre todo.

Al mediodía, acepté sentarme a almorzar con mis padres y Alaric. No podía seguir huyendo de todo el mundo. Solo… de una persona en particular.

Mi padre hablaba de rutas comerciales.
Mi madre asentía, distraída.
Alaric hojeaba unos documentos.

Yo apenas probaba la comida.

—¿Ocurre algo, Victoria? —preguntó mi madre de pronto, observándome con atención.

Levanté la vista demasiado rápido.

—No —respondí enseguida—. Estoy bien.

Mentira.

Mi padre me estudió por encima de su copa.

—Has estado ausente esta mañana. El consejo preguntó por ti.

Tragué saliva.

—Necesitaba ordenar algunas ideas.

Eso, al menos, era verdad.

Mi madre frunció suavemente el ceño.

—Desde el cumpleaños te noto… distinta.

Clavé la mirada en el plato.

—Fue un día largo —dije, midiendo cada palabra—. Demasiadas emociones.

Nadie mencionó su nombre.

Pero todos lo pensaron.

El silencio que siguió fue espeso, incómodo.

Alaric fue el primero en romperlo.

—Massimo solicitó otra reunión privada para esta tarde.

Sentí que el mundo se inclinaba un poco hacia un costado.

—¿Qué? —pregunté, intentando sonar indiferente.

—Con el consejo reducido —continuó—. Quiere avanzar con los términos finales antes de que Cambell se retire.

Claro que quería avanzar.

Massimo no sabía retroceder.

—No iré —dije, demasiado rápido.

Los tres me miraron.

Me obligué a respirar con calma.

—No hoy —me corregí—. Creo que es mejor que ocupes mi lugar, Alaric.

Mi padre entrecerró los ojos.

—Victoria…

—Estoy cansada —interrumpí, con suavidad pero con firmeza—. Y no quiero decir algo de lo que luego me arrepienta.

Nadie discutió.

Pero supe que no me creyeron del todo.

Cuando me levanté de la mesa, sentí un extraño alivio… y al mismo tiempo una decepción que no quería reconocer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.