Volví a mi habitación con pasos pesados, sintiendo cómo cada pared parecía cerrarse sobre mí. El aire estaba cargado, denso, como si cada suspiro que escapaba de mis labios fuera absorbido por los muros del castillo. La desesperación me consumía; miedo, confusión, una mezcla de emociones que no podía ordenar.
No quería estar sola, pero tampoco quería que nadie me viera débil. Y sin embargo, cuando escuché los suaves pasos de Valerie acercándose, algo en mí se quebró.
—Victoria... —su voz tembló ligeramente al entrar—. Me dijeron que te estabas retirando a tu habitación...
No pude sostenerlo más y me deslicé al suelo. Las lágrimas brotaron sin previo aviso, y mi cuerpo tembló mientras dejaba escapar un sollozo que llevaba acumulado días enteros. Valerie se acercó rápidamente, arrodillándose frente a mí, rodeándome con sus brazos cálidos.
—No quiero ir... —susurré, enterrando mi rostro en su hombro—. No quiero ir con ellos... no confío en nadie, Valerie. No sé qué me espera... y... y Massimo...
Valerie me sostuvo más fuerte, sin interrumpirme, permitiéndome liberar todo lo que había estado reprimiendo.
—Lo sé... lo sé, querida —dijo suavemente—. Pero tenemos que ser fuertes, aunque duela.
—No entiendes... —lloriqueé—. No es solo eso. Hay cartas... cartas de Massimo... él sabe todo. Sabe lo que he hecho, sabe lo que pienso... sabe... todo. Y... y lo que pasó... cuando estuve en su habitación... —me detuve, incapaz de continuar, la voz quebrada—. Valerie, no sé qué hacer.
Valerie me miró con sus ojos verdes llenos de asombro, comprensión y tristeza. —Victoria... —dijo, apretando mi mano—. Todo lo que ha pasado entre ustedes... yo... puedo entender tu confusión. Pero debes ser fuerte. Ahora más que nunca. Vas a ir con personas que no conoces, pero tu mente y tu corazón deben estar alerta.
Tomé aire con dificultad, tratando de calmarme, pero las palabras de Valerie fueron como un bálsamo y un recordatorio doloroso al mismo tiempo.
—Te confieso algo... —continué—. Cada carta, cada gesto, cada mirada de Massimo... me confunde más. No sé si debo odiarlo, desconfiar de él, o... o sentir algo que no debería.
Valerie me abrazó nuevamente, esta vez más firme. —No estás sola en esto, Vic. Aunque no pueda ir contigo, yo... siempre voy a estar aquí para escucharte, para apoyarte. Y lo que sientes... no te hace débil, te hace humana.
Respiré hondo, sintiendo la mezcla de alivio y dolor que me atravesaba. —Gracias, Val... —susurré—. Tienes razón... tengo que ser fuerte. Pero... duele.
—Lo sé, y duele porque es importante —me dijo, acariciándome el cabello—. Pero vas a salir de esto más sabia, más fuerte. Y recuerda, nadie conoce tu corazón como tú misma. Nadie.
Y mientras me abrazaba, supe que iba a necesitar cada fragmento de fuerza que pudiera reunir para lo que venía. Cambell me esperaba, Massimo me esperaba, y un camino incierto se abría delante de mí. Pero también sabía que no iba sola: aunque la batalla fuera política, estratégica y emocional, el apoyo de Valerie era un refugio que ninguna amenaza podría quitarme.
Con el corazón aún agitado, las manos temblorosas, me separé un poco de ella, tomando aire, intentando recomponerme.
—Mañana... —dije, con voz firme pero quebrada—. Mañana iré a Cambell. Y... voy a enfrentar todo esto.
Valerie asintió, dejando que la tensión se disolviera en un silencio cálido. —Te espero a tu regreso, Vic. Vas a hacerlo bien, lo sé.
Cerré los ojos un instante, inhalando profundamente. Sabía que no había marcha atrás. Cada paso que diera en Cambell, cada palabra que dijera, cada decisión que tomara... marcaría el rumbo de mi reino y, sin darme cuenta, el rumbo de algo mucho más peligroso... algo que involucraba a Massimo.
Con el corazón latiendo a mil, me preparé mentalmente para la partida del día siguiente, sin imaginar que lo que creía un simple viaje diplomático se convertiría en una prueba que desafiaría todo lo que pensaba sobre el poder, la lealtad y los sentimientos que me consumían desde dentro.
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El alba se levantó con un cielo gris, como si el propio universo supiera la tormenta que se avecinaba. Los carruajes del reino ya estaban alineados frente al palacio, los caballos relinchando nerviosos, y la guardia realizando su último chequeo antes de partir. Cada detalle estaba bajo mi supervisión: la comitiva que escoltaría a Arcelia en Cambell me pertenecía por completo. Esta vez, nadie tomaría decisiones por mí.
Mis manos temblaban ligeramente mientras subía a mi carruaje, ubicado estratégicamente detrás del de Massimo, tal como había pedido. No iba a compartir ni un solo espacio con él. No ahora, no después de lo que había pasado entre nosotros, no después de las cartas, de la tensión, del roce prohibido que aún me consumía.
—Te tocará liderar el grupo diplomacia, Victoria —dijo Alaric, colocando su mano sobre mi hombro—. Tienes que mantener la calma y mostrar que Arcelia no teme, aunque tu corazón grite lo contrario.
Asentí, respirando hondo, tratando de ordenar mi mente. La delegación iba a depender de mí, de cada decisión que tomara, de cada palabra que pronunciara. El peso del reino estaba sobre mis hombros, y aunque la preocupación por Massimo se colaba entre mis pensamientos, debía apartarla.
Luego de despedirme de mis padre,s el carruaje comenzó a moverse con un lento crujido sobre el empedrado, y pronto dejamos la capital, Aureth, atrás. Cada tramo del camino estaba custodiado por soldados, sus armaduras brillando con el primer sol del día. Mi carruaje seguía a distancia prudente del de Massimo, que avanzaba al frente con su propio séquito. Ni un saludo, ni una mirada. Nada. Un silencio que hablaba más que cualquier palabra.
Mi corazón latía acelerado, con cada crujido de la madera recordándome su presencia delante. Podía sentirlo a metros de mí, incluso sin cruzar palabras. Y por más que quisiera ignorarlo, no podía evitar que cada pensamiento volviera a él. Sus gestos, sus cartas, el modo en que siempre parecía controlar todo a su alrededor... y ahora también a mí, aunque yo no quisiera.