Estrellas en el aire

Capítulo 17

Las puertas se abrieron.

Allí estaban todos.

Consejeros de Cambell y dos de Arcelia, ministros, estrategas. Y al fondo, ligeramente apartado, Massimo.

No me miraba.

Lo cual, por alguna razón, me molestó más de lo que debería.

Tomé mi asiento, erguida, serena.

La reunión comenzó con formalidades, saludos medidos, frases cargadas de diplomacia falsa. Hablaban de fronteras, de comercio, de “cooperación futura”.

Mentiras pulidas.

Hasta que uno de los consejeros de Cambell finalmente dijo lo que todos sabíamos:

—Dado que nuestra delegación se retirará de Arcelia, es imprescindible cerrar hoy los puntos pendientes sobre los territorios de las fronteras.

Mi pulso se tensó.

Allí estaba.

El verdadero motivo.

—Arcelia no cederá ni un palmo de tierra que no le pertenezca legítimamente —respondí con calma—. Y menos bajo presión.

Entonces, Massimo habló.

Su voz fue baja, controlada… y atravesó la sala como una hoja afilada.

—No es presión, Isabelle. Es negociación.

Todos giraron hacia él.

Y hacia mí.

Mi respiración se detuvo una fracción de segundo.

Isabelle.

Solo él.

Clavé mis ojos en los suyos.

—Mi nombre es Victoria en este contexto —dije con frialdad—. Y Arcelia no negocia desde la debilidad.

Un destello de diversión cruzó sus ojos.

—Nunca pensé que fueras débil.

Silencio absoluto.

Podía sentirse la tensión flotando en el aire.

Yo me incliné apenas hacia adelante.

—Entonces no actúe como si pudiera intimidarme.

Durante un segundo eterno, nadie habló.

Luego uno de los consejeros tosió incómodo, y la reunión continuó… pero algo había cambiado.

Ya no éramos solo dos representantes de reinos.

Éramos dos fuerzas opuestas.

Y todos empezaban a notarlo.

Mientras las horas avanzaban, los desacuerdos se multiplicaban. Cada propuesta de Cambell encontraba mi negativa. Cada intento de presión, mi resistencia. Y Massimo… observaba.

A veces intervenía.

A veces callaba.

Pero cada vez que hablaba, lo hacía mirándome directamente, como si todo aquello fuera una conversación privada disfrazada de política.

Cuando finalmente la reunión terminó, el cansancio me pesaba en los huesos.

Pero la guerra apenas comenzaba.

Y lo sabía.

Porque al salir de la sala, sentí su voz a mi espalda, baja, peligrosa.

—Esto va a ser interesante, Isabelle.

No me giré.

Pero supe, con una certeza que me estremeció…

Que este viaje a Cambell no solo definiría el futuro de Arcelia.

También iba a poner en juego el mío.

La noche cayó sobre Cambell con una rapidez inquietante.

Desde la ventana de mi habitación observaba las luces del palacio encenderse una a una, como si cada antorcha fuera un recordatorio de que estaba en territorio enemigo. Mi mente no lograba aquietarse: fronteras, tratados, miradas, silencios… y él.

Massimo.

Sabía que tarde o temprano íbamos a chocar de verdad.

No tardé en tener razón.

Un sirviente llamó a mi puerta poco después de la cena.

—Su Alteza, se solicita su presencia en el salón alto. El rey Linus desea hablar con usted… y el príncipe Massimo.

Mi estómago se contrajo.

Así que era ahora.

Asentí.

El salón alto estaba casi vacío cuando llegué. Solo tres figuras ocupaban el centro de la estancia.

Massimo, de pie junto a una de las ventanas.

Elizabeth, sentada con una serenidad casi irreal, las manos cruzadas sobre el regazo.

Y frente a ellos…

Linus.

El rey de Cambell.

Su figura imponía incluso sin esfuerzo. Alto, delgado, el rostro afilado, los ojos claros y fríos como acero pulido. Caminaba lentamente, apoyándose apenas en un bastón que yo presentía que era parte de su teatro.

Porque no me engañaba.

Ya no.

—Princesa Victoria —dijo al verme—. Qué puntualidad tan admirable. Muy distinta a la de su padre.

Sonreí sin humor.

—No todos usamos la impuntualidad como arma política, majestad.

Un destello de sorpresa cruzó sus ojos.

Interesante.

Massimo me observaba en silencio.

Elizabeth inclinó levemente la cabeza en señal de saludo.

—Es un placer volver a verla, princesa —dijo ella con voz suave—. Espero que Cambell no le resulte… hostil.

—Depende de quién me reciba —respondí con cortesía impecable.

Linus soltó una risa baja.

—Directa. Me gusta eso. Aunque no suele ser prudente en una joven de su edad.

Di un paso hacia adelante.

—Con todo respeto, majestad, no he venido aquí como joven. He venido como representante absoluta de Arcelia.

Massimo alzó apenas una ceja.

Linus me sostuvo la mirada.

—Muy bien —dijo finalmente—. Entonces hablemos como iguales.

Se giró hacia Massimo.

—Hijo, deja que yo me encargue de esta parte.

Sentí algo estremecerse dentro de mí.

Así que era eso.

No Massimo.

Él.

—Arcelia controla territorios que históricamente pertenecieron a Cambell —continuó Linus con voz serena—. Tierras fértiles, estratégicas, valiosas. No pedimos todo. Solo una corrección justa.

—Justa según usted —repliqué.

—Justa según los mapas antiguos.

—Los mapas antiguos también justifican guerras inútiles —respondí sin titubear—. Arcelia no entregará tierras para calmar ambiciones disfrazadas de historia.

Un silencio espeso cayó.

Elizabeth observaba atentamente, como si evaluara cada palabra.

Massimo seguía sin intervenir.

Linus sonrió despacio.

—Tiene carácter… igual que su padre.

Mis dedos se tensaron.

—No use a mi padre como provocación.

—Oh, no es provocación —dijo con suavidad venenosa—. Es memoria. Erick de Arcelia siempre fue… un obstáculo.

Ahí estaba.

El origen.

El odio.

Sentí una punzada en el pecho.




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