Estrellas en el aire

Capítulo 18

No dormí.

Ni un instante.

El mensaje de la frontera ardía en mi mente como una herida abierta.

"Maniobras defensivas."
Una mentira tan torpe que insultaba la inteligencia.

Al amanecer ya estaba vestida, con el cabello recogido con severidad, los pensamientos afilados como cuchillas. Si Linus quería mover fichas, yo no pensaba quedarme mirando.

La sala del consejo de Cambell estaba llena cuando entré.

Generales. Consejeros. Diplomáticos.

Y al fondo, en el trono elevado, Linus.

Sereno. Débil en apariencia. Enfermo, según todos.

Mentiroso.

Massimo estaba de pie a su derecha.

Cuando me vio entrar, su postura se tensó apenas.

Linus sonrió.

-Princesa Victoria... siempre tan puntual.

-Cuando mis fronteras son violadas, la puntualidad deja de ser cortesía y se vuelve necesidad -respondí sin inclinarme.

Un murmullo recorrió la sala.

Linus fingió sorpresa.

-¿Violadas? Solo se trató de movimientos preventivos. Arcelia ha movilizado tropas también.

-Dentro de su propio territorio -repliqué-. Ustedes cruzaron líneas de vigilancia acordadas en tratados firmados hace más de veinte años.

Sus ojos brillaron.

-Los tratados se reinterpretan cuando cambian los tiempos.

Di un paso al frente.

-Entonces empecemos a llamarlo por su nombre, Majestad. Esto no es prevención. Es provocación.

Silencio absoluto.

Massimo me miraba fijamente.

Linus apoyó las manos en los apoyabrazos.

-¿Insinúas que busco guerra?

-No -dije con voz firme-. Afirmo que la estás construyendo.

Un consejero de Cambell se levantó indignado.

-¡Cuidado con sus palabras, princesa!

-Mis palabras son más cuidadosas que los movimientos de sus tropas -respondí sin mirarlo siquiera.

La tensión se volvió física.

Linus suspiró, teatral.

-Arcelia siempre tan sensible... ¿acaso temen defender lo que dicen merecer?

Eso fue un error.

Sentí algo frío instalarse en mi pecho.

-Arcelia no teme defender nada -dije lentamente-. Pero tampoco tolera juegos de poder disfrazados de diplomacia.

Me giré hacia todos.

-Si un solo soldado más de Cambell cruza nuestras fronteras sin autorización formal, Arcelia considerará roto este proceso de negociación -lo miré a él directamente-. Y no volveremos a hablar de tierras. Hablaremos de guerra.

El silencio que siguió fue mortal.

Por primera vez, vi algo real en los ojos de Linus.

Interés.

Peligro.

-Veo que la princesa no solo heredó un reino... -murmuró- sino también el temperamento de su padre.

-No -respondí sin parpadear-. Heredé algo más peligroso.

-¿Qué cosa?

-Memoria.

La reunión terminó sin acuerdos.

Sin sonrisas.

Sin tregua.

Pero yo sabía algo que ellos no:

La guerra ya había comenzado.

Solo que aún no con espadas.

Esa noche, el castillo de Cambell dormía bajo una calma falsa.

Yo no.

Había ordenado reforzar guardias, revisar mapas, enviar mensajeros secretos a Arcelia.

Cuando regresé a mis aposentos, exhausta, creí que al menos allí encontraría silencio.

Error.

-¿Siempre entras sin anunciarte o solo cuando estás a punto de declarar una guerra?

Me giré de golpe.

Massimo estaba apoyado contra la pared, a la sombra, como si hubiera nacido allí.

-¿Qué haces en mi habitación? -susurré furiosa.

-Evitar una catástrofe.

-Sal ahora mismo.

-No.

Cerró la puerta con cuidado.

Mi corazón empezó a latir demasiado fuerte.

-Tu padre cruzó la frontera -dije sin rodeos-. No me mires así. Lo sé todo.

Su mandíbula se tensó.

-No fue mi orden.

-Pero sí tu responsabilidad.

-¡No controlo cada movimiento de su ejército!

-Entonces empieza a hacerlo.

Nos miramos como enemigos.

Y como algo más peligroso aún.

-Victoria... -dijo más bajo-. Esto se está saliendo de control.

-Hace tiempo.

Se acercó.

Yo no retrocedí.

-¿Sabías que hay nobles que quieren destronarlo? -le pregunté.

Su rostro se endureció.

-¿Quién te lo dijo?

-No importa.

-Importa mucho.

-Entonces empieza a hacer las preguntas correctas en tu propio palacio.

Silencio.

-Si esta guerra estalla... -continué- miles van a morir por una venganza que ni siquiera es nuestra.

-No es venganza -dijo con rabia contenida-. Es supervivencia.

-No -repliqué-. Es ambición.

Eso lo golpeó.

-¿Crees que disfruto esto? -murmuró-. ¿Que no siento cómo se rompe todo?

-Entonces elige -dije sin suavizar nada.

-¿Elegir qué?

-A quién vas a traicionar primero.

Nuestros rostros estaban peligrosamente cerca.

-Si traiciono a mi padre... pierdo mi reino.

-Si no lo haces... perderás tu alma -Su respiración se volvió irregular-. Y a ti -añadí sin querer.

Eso fue un error.

Porque sus ojos se oscurecieron de una forma que me hizo temblar.

-¿Por qué te importa tanto? -susurró-. ¿Por qué no puedes simplemente odiarme?

No supe qué responder.

Y en ese silencio terrible, él se inclinó apenas, sin tocarme.

-Si supieras lo cerca que estoy de destruir todo por protegerte...

Mi cuerpo se tensó.

-No lo hagas.

-Dímelo tú -pidió en voz baja-. Dime que no te importa nada de esto.

No pude.

-Vete, Massimo.

-No puedo.

-Entonces aléjate.

Nos quedamos así, respirando peligro.

Finalmente dio un paso atrás.

-Esto no va a terminar bien.

-Nunca lo hace.

Antes de irse, se detuvo en la puerta.

-Victoria...

-¿Qué?

-Si algo sucede...

Mi corazón se detuvo.

-¿Qué?

-Confía en Elizabeth.

Y desapareció en el pasillo.

Yo me quedé sola.

Temblando.

Porque ahora lo sabía con certeza absoluta:

La guerra ya no era entre reinos.




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