Me desperté con el sol atravesando las cortinas de mi habitación, aunque no estaba segura de si quería abrir los ojos. El mundo parecía demasiado serio esta mañana, demasiado silencioso... y yo, bueno, yo seguía siendo un desastre andante.
—¿Otra vez soñando con problemas que no tengo? —murmuré para mí misma mientras me incorporaba en la cama.
No tardé ni un segundo en recordar las cartas de Massimo, su sonrisa, su mirada que podía hacerme perder la cabeza en segundos. Mi corazón se revolvía con solo pensarlo y, honestamente, quería arrancármelo del pecho y enviárselo de vuelta en una caja. Pero claro, también quería... que él lo viera latiendo, porque ¿para qué complicar la vida con sentimientos simples?
Me levanté de un salto, tropezando con mi propia bata, y no pude evitar reírme de mí misma.
—Victoria... de verdad, alguien debería escribir un manual sobre ti —dije, mientras me dirigía al ventanal—. Cómo ser valiente y estúpida al mismo tiempo.
El reflejo de la luz en mis ojos me hizo fruncir el ceño. "Valiente", sí, pero también temerosa. Y aunque intentara ignorarlo, había una parte de mí que deseaba que Massimo apareciera de improviso, aunque mi orgullo gritara que no lo hiciera.
Me vestí con rapidez, dejando que mi capa flotara detrás de mí mientras bajaba las escaleras del castillo. Quería enfrentar el día con fuerza, con chispa... y con un poco de la descarada insolencia que me caracterizaba.
—Si alguien piensa que voy a quedarme quieta y obedecer como una princesa dócil, va a descubrir que está muy equivocado —murmuré, ajustándome la capa—. Porque hoy... hoy estoy lista para todo.
Y, aunque todavía no sabía exactamente qué implicaba "todo", mi instinto gritaba que lo peor... y lo más emocionante... aún estaba por llegar.
El sol ya estaba alto cuando salí al balcón de mi habitación. Cambell se veía más hermoso de lo que recordaba, pero hermoso no significaba seguro. No ahora. No después de lo que había pasado.
Me mordí el labio y respiré hondo. Mis manos temblaban un poco, aunque traté de disimularlo. No podía permitirme temblar; no ahora. No cuando era la única voz de Arcelia aquí.
—Bien, Victoria... —susurré—. Esto no es un baile ni un paseo por el jardín. Esto es guerra disfrazada de diplomacia.
Los ecos del enfrentamiento con Linus todavía resonaban en mi cabeza. Su arrogancia, su odio palpable, su sonrisa que intentaba intimidar... y Massimo, siempre en el medio, silencioso, evaluándome, leyendo cada reacción, provocándome sin que yo pudiera decidir si estaba enojada, intrigada o temerosa. Y Elizabeth... simplemente Elizabeth. Serenidad inquebrantable, ojos llenos de secretos, y yo sin saber si confiar en ella, temerla o... simplemente odiarla por lo que ya había pasado.
La tensión se sentía en cada pasillo, en cada sombra que se movía detrás de las ventanas, y cada mirada que cruzaba con los soldados, los consejeros y los emisarios de Cambell me recordaba que no había margen de error. Yo representaba a mi reino. Y si algo fallaba... Arcelia podría pagar un precio muy alto.
Tomé aire y me obligué a caminar hacia el gran salón, con pasos firmes. La sala estaba preparada para la reunión decisiva: un tablero de madera enorme separaba a Massimo, Linus y Elizabeth de mí y de la delegación que me acompañaba. Cada detalle estaba calculado; cada gesto podría significar la diferencia entre la paz y la guerra.
—Así que aquí estamos —murmuré para mí misma—. Solo yo, Arcelia y un océano de problemas que quieren hundirnos.
Y, como siempre, no pude evitar sonreír un poco. Porque por muy aterrador que fuera... jamás retrocedía.
El gran salón estaba silencioso, salvo por el eco de mis pasos al acercarme al lugar. Massimo ya estaba allí, impecable, serio, los ojos fijos en mí como si estuviera midiendo cada respiración que daba. Linus se mantenía detrás de él, con esa sonrisa fría que decía más de lo que quería admitir. Elizabeth, tan serena como siempre, me observaba con esos ojos que parecían leer mi alma y aun así no decían nada.
—Señorita Victoria —dijo Massimo al fin, con voz tranquila, pero con un filo que me erizó la piel—. Me alegra ver que finalmente ha decidido unirse a nosotros.
—No vine a alegrarte el día —respondí, cruzando los brazos y manteniendo la espalda recta—. Vine a defender mi reino.
La tensión se cargó instantáneamente en el aire. Los soldados y emisarios intercambiaron miradas; todos percibieron lo que estaba por venir.
—Espero que Arcelia entienda la seriedad de la situación —dijo Linus, con un tono que pretendía ser diplomático, pero que estaba lleno de veneno—. No me interesa la amistad ni los rencores pasados. Cambell actuará en beneficio propio, y ustedes deberán aceptarlo.
Respiré hondo. Cada palabra de Linus era un desafío, pero no estaba sola. Mi corazón latía con fuerza, sí, pero mi mente estaba clara.
—Aceptarlo no es una opción —dije firme, alzando la voz para que todos me escucharan—. Arcelia jamás permitirá que se nos arrebate lo que nos pertenece. No importa quién esté frente a mí, ni cuán intimidante parezca. Y usted, Linus —lo miré directo a los ojos—, puede intentar leerme, provocarme o jugar su juego todo lo que quiera... pero no me subestime. No soy una niña.
Massimo arqueó una ceja y sonrió apenas, un gesto frío pero con un toque de diversión que me hizo fruncir el ceño.
—Interesante —dijo él, casi en un susurro—. Veremos cuánto dura esa convicción, Isabelle.
Mi sangre se heló por un instante al escuchar mi segundo nombre, ese que él era el único en todo el mundo que podía usar. Todo lo que sentí en Cambell meses atrás volvió a mí como una ola: miedo, deseo, confusión... y un fuego que no podía apagar.
—Soy Victoria —dije con voz firme, pero mi corazón latía como un tambor—. Y no me van a intimidar.
El salón entero contuvo la respiración. Los ojos de todos estaban sobre nosotros, pero por primera vez no me importó. Porque aquel choque no era solo diplomático. Era personal.