Evitarlo dejó de ser una opción.
Lo intenté.
Durante los días que siguieron a mi conversación con la reina Elizabeth, me convencí de que lo más sensato era mantener distancia.
Con él.
Con todo lo que despertaba en mí.
Elegía caminos distintos dentro del palacio. Permanecía más tiempo en las reuniones de Arcelia. Si intuía que Massimo estaría en algún lugar, encontraba cualquier excusa para no pasar por allí.
Me repetía una y otra vez que aquello era lo correcto.
Que aún estaba a tiempo de detener algo que jamás debió comenzar.
Pero había cosas...
que no podían evitarse para siempre.
Y Massimo era una de ellas.
Lo comprendí en el instante en que nuestras miradas se encontraron al otro extremo del pasillo.
No fue casualidad.
Entre nosotros hacía mucho tiempo que las casualidades habían dejado de existir.
Él también se detuvo.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Solo nos observamos.
Como si aquellos días de distancia hubieran servido únicamente para confirmar lo inútil que era seguir huyendo.
—Princesa —saludó finalmente, con esa calma que solo parecía existir en su voz.
—Heredero —respondí.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Pero ya no era un silencio incómodo.
Era el de dos personas que llevaban demasiado tiempo diciendo todo aquello que no se atrevían a pronunciar.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
Mi respuesta debería haber sido un no.
Era lo más sensato.
Lo más prudente.
Lo correcto.
Pero después de tantos días evitando su presencia... también estaba cansada de seguir evitándome a mí misma.
Asentí.
No fuimos a ninguna sala.
Tampoco buscamos un lugar donde las palabras resultaran más fáciles.
Terminamos caminando hasta uno de los balcones laterales del palacio, lejos del movimiento constante de los sirvientes y de los guardias. La noche había caído sobre Cambell y el aire frío recorría los jardines con una calma que contrastaba demasiado con el caos que llevaba dentro.
Me apoyé sobre la baranda de piedra, dándole la espalda.
Necesitaba unos segundos.
Necesitaba recordar por qué había intentado evitarlo durante todos esos días.
Él respetó el silencio.
No habló.
No se acercó.
Simplemente permaneció allí.
Esperando.
—Esto no debió pasar nunca —murmuré finalmente, sin atreverme a mirarlo.
—¿Qué cosa? —Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.
—Nosotros. O lo que sea que existe.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
—¿De verdad lo crees? —preguntó al cabo de unos segundos.
Cerré los ojos.
Quería responder que sí.
Necesitaba responder que sí.
Pero las palabras no salían.
—Quiero creerlo.
Escuché sus pasos acercarse lentamente.
No fueron muchos.
Solo los suficientes para que pudiera sentir su presencia detrás de mí.
—Yo también lo intenté.
Aquellas palabras hicieron que mi respiración se detuviera un instante.
—¿Intentaste qué? —pregunté.
—Olvidarte —Tragué saliva—. No volví a buscarte después de una conversación con mi madre. Evité todos los lugares donde sabía que podías estar. Convencí a consejeros de cambiar los horarios de las reuniones solo para no coincidir contigo.
Solté una pequeña risa incrédula.
—Yo hice exactamente lo mismo. —afirme.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, una sonrisa apenas visible apareció en sus labios.
—Entonces estamos peor de lo que imaginaba. —un deje amargo salió entre sus palabras.
Negué con la cabeza.
—Massimo... —Mi voz se quebró apenas— Esto no tiene futuro.
Su sonrisa desapareció.
—Lo sé.
—Somos los herederos de dos reinos que llevan generaciones enfrentados. —nombre la razón más importante.
—Lo sé.
—Si alguien descubre esto... —trate de continuar pero las palabras se atascaron en mi garganta.
—Lo sé.
Finalmente me giré para enfrentarlo.
—Entonces, ¿por qué me buscaste?
Massimo sostuvo mi mirada durante varios segundos.
Y cuando habló... ya no sonó como el heredero de Cambell.
Solo como un hombre profundamente enamorado.
—Porque descubrí que hay algo peor que las consecuencias —esperé, el corazon me latia tan rapido que pense que iba a escaparse de mi pecho—. No volver a verte.
El viento movía lentamente las banderas sobre las torres de Cambell.
Ninguno de los dos hablaba.
A veces el silencio también era una conversación.
Y el nuestro llevaba demasiado tiempo esperando.
Apoyé ambas manos sobre la piedra fría del balcón.
—No deberíamos estar aquí. —murmure para mi misma tratando de convencer a la princesa porque la mujer que habitaba en mí estaba perdiendo una batalla contra si misma y sus sentimientos.
Massimo soltó una sonrisa apenas perceptible.
—Lo sé, Isabelle.
—Entonces... ¿por qué me buscaste? —volvi a preguntar exactamente lo mismo, esperando que su respuesta fuese totalmente diferente esta vez— Realmente quiero entender, estoy tan confundida...
No respondió enseguida.
Lo vi inspirar profundamente antes de acercarse un paso.
Solo uno.
—Porque llevo días intentando convencerme de que esto puede desaparecer. —Levanté la vista deseando que esa no fuese su respuesta, si bien pense que esa respuesta podría aclarar mi mente no hace más que confundirme peor.
—¿Y? —dije con miedo.
Negó con la cabeza.
—No desaparece.
Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—Massimo...
—Déjame terminar. —Había algo distinto en su voz. No era el príncipe. No era el heredero. Era simplemente un hombre cansado de luchar contra sí mismo— Cuando te conocí pensé que todo sería sencillo. Que solo eras la princesa de Arcelia. La hija del rey con el que mi padre negocia. Alguien con quien debía ser cordial. —Esbozó una sonrisa sin alegría— No contaba con mirarte una segunda vez. —No pude evitar bajar la mirada para que el notase el rubor de mis mejillas— Ni con querer una tercera. —Mi respiración empezó a volverse irregular. Él continuó— Después intenté convencerme de que era admiración. —Otra pausa— Luego pensé que era curiosidad. —Negó despacio— Pero ya no puedo mentirme más.