Estrellas en el aire

Capítulo 21 (Parte II)

No llegué a mi habitación.

Apenas doblé el último corredor, una voz grave quebró el silencio del palacio.

—Princesa Victoria.

Mi cuerpo se tensó antes incluso de girarme.

Reconocería aquella voz en cualquier lugar.

El rey Linus.

Estaba de pie junto a uno de los grandes ventanales del corredor, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. La luz de las antorchas dibujaba sombras sobre su rostro, endureciendo todavía más sus facciones.

Parecía llevar allí mucho tiempo.

Esperando.

—Su majestad —saludé con una leve inclinación de cabeza.

Sus ojos permanecieron fijos en mí.

No había prisa en ellos.

Solo una calma inquietante.

—Es una noche agradable para caminar por los balcones del palacio. —Sentí que el corazón daba un vuelco. No reaccioné. No podía.

—Necesitaba despejar la mente.

Él sonrió apenas.

Una sonrisa imposible de descifrar.

—Lo imagino. —El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Podía escuchar el crepitar de las antorchas. Mi propia respiración. Y nada más— Curiosamente... —continuó con tranquilidad— mi hijo también decidió salir a tomar aire esta noche.

No respondió esperando una explicación.

Simplemente dejó caer la frase.

Como quien mueve la primera pieza de una partida.

Sostuve su mirada.

—Imagino que el heredero es libre de recorrer su propio palacio. —respondi.

—Lo es. —Asintió despacio— Aunque últimamente parece encontrar más interesante cierta compañía que los asuntos del reino.

Sentí un escalofrío.

¿Lo sabía?

¿O solo estaba tanteando el terreno?

No podía averiguarlo.

Así que hice lo único que podía hacer.

No responder.

Linus pareció satisfecho con mi silencio.

—He observado algo desde su llegada a Cambell, princesa. —Se acercó un paso. Solo uno. Pero bastó para que el corredor pareciera más estrecho— Tiene la extraña costumbre de hacer preguntas que nadie más se atreve a formular.

Lo miré sin bajar la cabeza.

—Considero que un gobernante debe aprender a hacer las preguntas correctas. —conteste.

Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.

—Una respuesta muy propia de la hija de Erick.

Mi padre. Hasta cuando pronunciaba su nombre parecía haber algo escondido detrás.

—¿Lo conoció bien? —Pregunté aun sabiendo muy bien la respuesta, las versiones de Elizabeth y de Alaric me lo dejaron muy claro.

Linus sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—Mucho más de lo que cualquiera imagina. —No añadió nada más. Y, de algún modo, eso fue peor. Porque dejó que mi imaginación hiciera el resto. Volvió a caminar lentamente. Rodeándome. No como un depredador. Como un hombre acostumbrado a que todos se sintieran pequeños frente a él— Su conversación con mi esposa fue... interesante.

Mi respiración se detuvo apenas un instante.

¿También sabía eso?

No era posible.

¿O sí? Solo si Elizabeth se lo hubiese contado porque no vislumbre personas a nuestro alrededor mientras conversabamos.

—Su majestad... —Él levantó una mano. No para callarme. Solo para impedir que hablara.

—Elizabeth siempre ha tenido un corazón demasiado noble. —Su voz perdió algo de dureza. Muy poco— A veces confunde la compasión con la prudencia. —Aquellas palabras me dejaron helada. No hablaba como un esposo. Hablaba como un rey evaluando a otra pieza del tablero— Espero que sus conversaciones no la lleven a conclusiones equivocadas.

Lo dijo con absoluta calma.

Pero el mensaje era evidente.

Sabía. Mucho más de lo que dejaba ver.

Me obligué a mantener la serenidad.

—Solo intento comprender el reino que me ha recibido nuevamente...

Linus sonrió otra vez.

Esta vez sí hubo algo inquietante en ese gesto.

—Comprender es peligroso. —Hizo una pausa— Porque quien comprende... deja de obedecer. —Sentí un nudo en el estómago. El rey dio un paso atrás. Como si la conversación hubiera terminado— Descanse, princesa. Los próximos días pondrán a prueba muchas lealtades. Y me interesa descubrir... cuáles sobreviven.

Inclinó apenas la cabeza.

Luego se marchó.

No miró hacia atrás.

No hizo falta.

Porque dejó tras de sí una certeza imposible de ignorar.

Aquello no había sido una conversación casual.

Había sido una advertencia.

Y yo acababa de comprender que el hombre más peligroso de Cambell no necesitaba levantar la voz para hacer temblar un reino.

No volví a respirar con normalidad hasta que cerré la puerta de mi habitación.

Giré la llave.

Me apoyé contra la madera.

Y permanecí allí.

Inmóvil.

El silencio era absoluto.

Solo podía escuchar mi propia respiración, todavía acelerada.

Cerré los ojos.

Y, durante un instante, todo volvió a suceder.

El balcón.

Sus manos.

Su voz.

El beso.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.

Abrí los ojos de golpe.

Como si pudiera obligarme a regresar a la realidad.

Pero la realidad era precisamente esa.

Había ocurrido.

No había sido un sueño.

Llevé una mano hasta mis labios.

Todavía podía recordar el calor de los suyos.

—¿Qué hicimos...? —susurré.

La pregunta quedó flotando en la habitación.

No había respuesta.

Me alejé lentamente de la puerta y caminé hasta la ventana.

Las luces de Cambell iluminaban la noche como si nada hubiera cambiado.

Y, sin embargo... para mí había cambiado todo.

Hasta esa noche podía convencerme de que aquello era una simple atracción.

Una distracción nacida de la cercanía.

De la tensión.

Del peligro.

Ahora ya no.

Ahora sabía exactamente qué era.

Y eso resultaba infinitamente más aterrador.

Apoyé las manos sobre el marco de la ventana.




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