La incomodidad no se fue.
Se instaló.
Como un eco constante.
Como algo que no podía ignorar por más que lo intentara.
Porque por un instante… solo un instante… había creído que lo de la noche anterior significaba algo distinto.
Un comienzo.
Una grieta en todo lo que nos separaba.
Pero no.
Había sido exactamente lo contrario.
Un recordatorio.
De lo que no podía ser.
Las reuniones continuaron como si nada hubiera pasado.
Como si yo no hubiera cruzado una línea que ya no podía desdibujar.
Massimo estaba allí.
Siempre.
Del otro lado de la mesa.
Serio. Frío. Impecable.
Heredero de Cambell.
Ni una mirada de más.
Ni una palabra fuera de lugar.
Y yo… hice lo mismo.
Princesa de Arcelia.
Dos desconocidos.
Dos mentirosos.
El resto no lo notaba.
O tal vez sí… pero nadie decía nada.
Las negociaciones avanzaban tensas. Lentas. Cargadas de algo que ya no era solo política.
Porque debajo de cada palabra… había algo personal.
Algo roto.
Algo que ninguno estaba dispuesto a nombrar.
Cuando por fin terminó la última reunión del día, me retiré sin esperar a nadie.
Necesitaba silencio.
Necesitaba… espacio.
Pero cuando entré a mi habitación, lo primero que vi fue eso.
Una carta.
Sobre la mesa.
Mi corazón se detuvo un segundo.
No pregunté.
No dudé.
Sabía.
La tomé.
La abrí.
Pocas palabras.
Directas.
Sin firma.
Sin necesidad.
Con esa caligrafía que ya conocía de memoria.
Esta noche.
Ven sola.
Nada más.
Ni un lugar.
Ni una explicación.
Y aun así… sabía exactamente a dónde debía ir.
Idiota.
Esa fue la única palabra que cruzó mi mente.
Pero no para él.
Para mí.
Porque no iba a ignorarlo.
Porque no quería hacerlo.
Quería ir hacía él e iba a hacerlo.
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Los pasillos de Cambell eran distintos de noche.
Más silenciosos.
Más… cómplices.
Caminé sin escolta. Sin Lavinia. Sin pensar demasiado en las consecuencias.
Porque si lo hacía… no iba a llegar.
Sabía el camino.
No porque alguien me lo hubiera dicho.
Sino porque lo había visto.
Porque lo había sentido.
Y cuando finalmente estuve frente a la puerta… mi pulso ya no era normal.
Dudé.
Un segundo.
Dos.
Y luego… entré.
La habitación de Massimo era inmensa.
Más de lo que imaginé.
No ostentosa.
Pero sí imponente.
Cada detalle hablaba de él. De su posición. De su control.
Todo estaba en orden.
Demasiado.
Como si nada se saliera jamás de su lugar.
Cerré la puerta detrás de mí con cuidado.
El silencio era total.
No estaba.
Eso me sorprendió.
Pero no me fui.
Avancé.
Lento.
Observando.
Tocando apenas las superficies como si eso me acercara a entenderlo.
Un escritorio con mapas.
Documentos.
Estrategias.
Una estantería con libros que no eran decorativos. Estaban usados. Marcados.
Un hombre que pensaba.
Un hombre que calculaba.
Un hombre que sentía más de lo que mostraba.
Y entonces… la vi.
Al fondo.
Cubierta parcialmente por una tela oscura.
No sabía por qué… pero supe que tenía que verla.
Caminé hacia ella.
El corazón latiendo más fuerte con cada paso.
Y cuando tomé la tela… y la corrí.
El mundo se detuvo.
Era yo.
No un retrato cualquiera.
Era yo en un lago, uno que conocía demasiado bien.
Aquel día que me resultaba tan lejano. Mi cabeza comenzó a trazar cada detalle, porque era imposible que el hubiera imaginado con tanta precisión un recuerdo mio y la unica respuesta logica es que el tambien estuvo alli y observo aquel momento. El problema era que aquel día me encontraba solamente con Valerie.
Los detalles eran preciosos. El agua reflejando la luz, el viento en mi cabello, la expresión despreocupada que creí que nadie había visto.
Ese momento.
Ese lugar.
Ese recuerdo.
Perfectamente capturado.
Perfectamente… guardado.
Mi respiración se volvió irregular.
—¿Qué…?
—No debía verlo nadie.
Su voz.
Detrás de mí.
Cerca.
Demasiado.
Me giré.
Massimo estaba allí.
Observándome.
Sin máscara.
Sin defensa.
—¿Desde cuándo…? —mi voz salió apenas.
No respondió de inmediato.
Se acercó.
Lento.
—Desde que entendí que eras un problema —Un paso más—. Y no supe cómo dejar de mirarte.
Mi pecho se contrajo.
—Esto no es normal.
—Nada entre nosotros lo es.
Ya estaba frente a mí.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Como siempre.
—¿Me seguiste? —pregunté.
—No.
Silencio.
—Te encontré.
Eso fue peor.
—Esto está mal, Massimo.
—Lo sé.
—Entonces detente.
—Dímelo como si quisieras que lo haga.
Lo miré.
Y otra vez… fallé.
Porque lo que sentía no coincidía con lo que debía hacer.
—No puedo —susurré.
Su mandíbula se tensó.
—Yo tampoco.
Y esta vez… no dudó.
Me besó.
Distinto.
Más intenso.
Más urgente.
Como si el tiempo se estuviera agotando.
Como si ambos supiéramos que esto… tenía fecha de caducidad.
Mis manos lo encontraron sin pensarlo.
Su cuerpo contra el mío eliminó cualquier espacio que hubiera quedado.
Y el mundo… desapareció otra vez.
Pero esta vez no fue suave.
Fue fuego.
Caos.
Todo lo que habíamos reprimido explotando en un solo instante.
Cuando nos separamos, apenas, nuestras respiraciones estaban desordenadas.
—Esto nos va a destruir —dije.
—Entonces que lo haga.