Estrellas en el aire

Capítulo 23

Dormir fue imposible.

No porque no lo intentara.

Sino porque cada vez que cerraba los ojos… volvía a él.

A sus manos.
A su voz.
A la forma en que decía mi nombre como si no fuera una princesa… sino algo que no podía permitirse perder.

Y eso era exactamente el problema.

Cuando el amanecer llegó, yo ya estaba despierta.

Vestida.
Impecable.
Preparada.

O al menos… eso intentaba parecer.

Porque por dentro, todo era un caos perfectamente contenido.

---

La sala de negociaciones se sentía distinta ese día.

Más pesada.
Más… definitiva.

Como si todos supieran que algo estaba por romperse.

Mi comitiva ya estaba allí. Rostros tensos. Miradas expectantes. Nadie hablaba demasiado.

Cuando entré, todas las conversaciones cesaron.

Bien.

Que me miraran.

Que vieran que seguía firme.

Que nada había cambiado.

Porque nada debía cambiar.

Di mi lugar sin titubeos.

Y entonces… entró él.

Massimo.

Ni un segundo de más.
Ni uno de menos.

Elegante. Serio. Intocable.

Ni una mirada directa hacia mí.

Como si la noche anterior… no hubiera existido.

El golpe fue seco.

Interno.

Pero no lo mostré.

No iba a hacerlo.

—Comencemos —dije antes que nadie pudiera tomar la palabra.

Mi voz fue firme.

Más de lo que me sentía.

Los consejeros intercambiaron miradas. No era habitual que yo iniciara.

Pero nadie objetó.

Porque sabían.

El tiempo se estaba agotando.

---

Las discusiones comenzaron rápido.

Territorios.
Condiciones.
Movimientos militares encubiertos.

Todo dicho con palabras medidas… pero con amenazas implícitas.

—Cambell no puede aceptar esos términos —dijo uno de los hombres de Linus.

—Arcelia no va a ceder más de lo que ya ha cedido —respondí sin dudar.

—Entonces no hay acuerdo.

—Entonces habrá consecuencias.

Silencio.

Tenso.

Filoso.

Y ahí fue cuando lo sentí.

Su mirada.

No directa.

Pero presente.

Massimo.

Evaluando.
Midiendo.
Conteniéndose.

Le sostuve la mirada esta vez.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Había algo ahí.

Algo que ninguno iba a nombrar frente a todos.

Pero que estaba.

—Propongo una alternativa —dijo él entonces, rompiendo el momento.

Todas las miradas fueron hacia él.

Incluida la mía.

Su tono era perfecto.

Neutral.

Político.

—Una tregua temporal —continuó—. Mientras ambas partes reorganizan términos más… equitativos.

Uno de los consejeros de Arcelia negó de inmediato.

—Eso solo le da tiempo a Cambell para reforzarse.

—O a Arcelia para hacer lo mismo —respondió Massimo sin alterarse.

Intercambio de miradas.

Dudas.

Cálculos.

—¿Y qué garantiza que esto no sea una trampa? —pregunté.

Silencio.

Él me miró directamente esta vez.

—Nada. —Honesto. Demasiado.— Pero tampoco hay garantías en una guerra —añadió.

El aire se tensó.

Porque tenía razón.

Y lo sabíamos todos.

Pero no era eso lo que me descolocaba.

Era él.

La facilidad con la que volvía a ser esto.

Frío.
Calculador.
Lejos.

Como si anoche… no me hubiera dicho que no podía detenerse.

Apreté las manos bajo la mesa.

Control.

—Lo consideraré —dije finalmente.

Formal.

Distante.

Como debía ser.

Massimo asintió apenas.

Y siguió hablando.

Como si no me hubiera besado.

Como si no me hubiera mirado como lo hizo.

Como si yo no estuviera luchando por no recordar cada segundo.

---

La reunión se extendió más de lo necesario.

O tal vez fue mi percepción.

Porque cada minuto ahí se sentía eterno.

Cuando finalmente terminó, me levanté sin esperar.

No quería quedarme.

No quería cruzarlo otra vez.

Pero la existencia parecía no estar de acuerdo con mis deseos.

—Princesa.

Su voz.

Otra vez.

Cerré los ojos un segundo antes de girarme.

—Heredero.

Formalidades.

Otra vez.

—Un momento.

No era una petición.

Pero tampoco una orden.

Era… algo en el medio.

—No es apropiado —respondí—. No aquí.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—Entonces deja de actuar como si nada hubiera pasado.

El golpe fue directo.

—Eso es exactamente lo que tenemos que hacer.

Silencio.

Nos miramos.

Y esta vez… sí dolía.

—Anoche no fue nada para ti —dijo, bajo, controlado.

Error.

Grave error.

Di un paso hacia él.

—No te atrevas a poner palabras en mi boca.

—Entonces dilo tú.

Lo sostuve.

Firme.

—Fue todo lo que no podía ser. —Silencio. Pesado.— Y por eso mismo… no puede volver a pasar.

Ahí estuvo.

La línea.

Marcada.

Definitiva.

Sus manos se tensaron a los costados.

—No eres tan fría como quieres parecer.

—Y tú no eres tan fuerte como crees.

Nos quedamos así.

Midiéndonos.

Chocando.

Como siempre.

Pero distinto.

Porque ahora sabíamos.

Todo.

—Esto no termina aquí —dijo finalmente.

—No —respondí—. Termina cuando uno de los dos decida hacerlo.

Silencio.

—¿Y ya decidiste?

Lo miré.

Y aunque me dolió… asentí.

Mentira.

Pero necesaria.

—Sí.

No dijo nada más.

Pero su mirada… prometía lo contrario.

Me di vuelta.

Y esta vez sí me fui.

Sin detenerme.

Sin mirar atrás.

Porque si lo hacía… iba a romper todo lo que acababa de construir.

---

Pero mientras caminaba por los pasillos de Cambell, con la cabeza en alto y el corazón hecho un desastre… entendí algo que no podía ignorar:




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