Estrellas en el aire

Capítulo 25

El error no fue el beso.

Fue creer que podía volver atrás después.

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El regreso al palacio fue en silencio.

Uno distinto.

No incómodo.
No tenso.

Peor.

Porque era el tipo de silencio que aparece cuando ya no hay nada que negar.

Ni palabras que escondan.
Ni excusas que sostengan.

Solo la certeza de que algo cambió… y no va a deshacerse.

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Cuando cruzamos las puertas de Cambell, todo volvió a su lugar.

Guardias.
Piedra.
Miradas.

Realidad.

Me bajé del caballo sin mirarlo.

—Esto no salió de aquí —dije, acomodando mis guantes como si eso pudiera devolverme el control.

—Nunca lo hace.

Lo miré entonces.

—No es un juego, Massimo.

—Lo sé.

—Entonces compórtate como tal.

Su expresión no cambió.

Pero algo en su mirada sí.

—Siempre lo hago.

Mentira.

Y los dos lo sabíamos.

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No volví a verlo ese día.

Ni lo busqué.

Ni lo evité.

Simplemente… no sucedió.

Y eso, de alguna forma, fue peor.

Porque me dio tiempo.

Para pensar.

Para recordar.

Para sentir.

Demasiado.

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La noche cayó pesada.

El palacio estaba inquieto.

Se notaba en los pasos apresurados, en los susurros que no lograban esconderse del todo.

Algo se estaba moviendo.

Y no éramos nosotros.

—Princesa. — Era Lavinia. Su voz fue lo primero que me sacó de mis pensamientos— Hay movimientos inusuales en el ala norte.

Me giré hacia ella.

—¿Qué tipo de movimientos?

—Guardias que no pertenecen a la guardia habitual. Órdenes que no pasan por los canales formales.

Silencio.

—Linus.

No era una duda.

Era una confirmación.

—Eso creo.

Caminé hacia la ventana.

La noche cubría Cambell, pero aun así… se sentía.

Como si el palacio respirara distinto.

—Está apurando algo.

—O adelantando.

Cerré los ojos un segundo.

El lago.

El bosque.

Massimo.

Todo se sintió… lejano.

Irreal.

Como si hubiera sido un sueño.

Uno peligroso.

—Convoca a la comitiva —ordené—. Ahora.

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La sala volvió a llenarse.

Rostros tensos.

Voces bajas.

Mapas otra vez.

Siempre mapas.

—Hay indicios de movilización interna —dijo uno de los hombres—. No abierta. Pero suficiente.

—Preparación —añadió otro.

—O encierro.

Silencio.

Esa palabra cayó más fuerte que cualquier otra.

—No nos vamos a quedar a esperar —dije—. Si esto escala, necesitamos una vía de salida clara.

—¿Retirada?

Negué.

—Estrategia.

Me incliné sobre la mesa.

—Rutas alternativas. Mensajeros preparados. Si se corta comunicación con Arcelia, no vamos a quedarnos incomunicados.

Asintieron.

—Y si intentan retenernos… —Silencio— No lo permitiré.

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Cuando la reunión terminó, el cansancio me cayó de golpe.

Pero no me permití detenerme.

Porque si lo hacía… iba a pensar en él.

Otra vez.

Y no podía.

No ahora.

No cuando todo estaba a punto de romperse.

Pero el destino… o lo que fuera que estaba jugando con nosotros… no parecía estar de acuerdo.

Porque al abrir la puerta de mi habitación… lo encontré.

Massimo.

De pie.

Esperándome.

Otra vez.

El aire se volvió denso.

—Esto se está saliendo de control —dije antes de que hablara.

—Lo sé.

—Tu padre está moviendo piezas.

—También lo sé.

Di un paso dentro.

Cerré la puerta.

—Entonces dime que tienes un plan.

Silencio.

—Lo tenía.

Fruncí el ceño.

—¿“Tenías”?

Me miró.

Directo.

—Antes de hoy.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué cambió?

No respondió de inmediato.

Pero no hacía falta.

—No.

Negué levemente.

—No me digas que...

—No debería haber pasado.

Su voz fue baja.

Controlada.

Pero cargada.

—Pero pasó. —afirme.

Silencio.

—Y ahora no puedo tomar decisiones como si no importara. —agregó.

Eso… me golpeó.

Fuerte.

—Siempre importó.

—No así.

Nos miramos.

Y por primera vez… no había defensa.

No había orgullo.

Solo… verdad.

—Esto nos va a costar —dije en voz baja.

—Ya nos está costando.

Silencio.

—Victoria…

—No. —Negué— No digas nada que no puedas sostener mañana.

Sus labios se tensaron.

—¿Y tú?

—Yo ya estoy sosteniendo demasiado.

Otra pausa.

—Entonces dime qué hacemos.

Esa pregunta.

Otra vez.

Siempre esa.

Respiré hondo.

Y esta vez… no respondí de inmediato.

Porque no había una respuesta correcta.

Porque todo lo que dijera… iba a romper algo.

—Seguimos —dije al final—. Como hasta ahora.

—Eso no está funcionando.

—Es lo único que tenemos.

Silencio.

—Mentir.

—Sobrevivir.

Nos miramos.

Y ambos supimos… que era lo mismo.

Se acercó un paso.

Solo uno.

—Esto no va a terminar bien.

—Lo sé.

—Entonces detengámoslo.

Silencio.

Mi pulso se aceleró.

Otra vez.

—No quiero.

Ahí estuvo.

La verdad.

Desnuda.

Irreversible.

Él cerró los ojos un segundo.

Como si eso fuera suficiente para perder.

—Yo tampoco.

Silencio.

Y esta vez… no nos tocamos.

No nos acercamos más.

Porque ambos entendíamos algo que hasta ahora habíamos evitado.

Esto ya no era solo inevitable.

Era insostenible.

—Si mi padre da la orden… —dijo finalmente— no voy a poder detenerlo sin exponer todo.

Mi respiración se cortó.

—Entonces no lo hagas.

Abrió los ojos.




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