Lunive D'aroy
En la sede del imperio de Andromedis se alzaba una de las empresas más prestigiosas, dedicada a representar y llevar a la cima a los mejores atletas de élite de cada imperio. Sus enormes ventanales reflejaban el gris del cielo matutino, mientras una pantalla gigante proyectaba el rostro de una atleta cuyo nombre era conocido en todos los imperios.
Pearlette.
Bajo su imagen aparecía una sola frase:
"La última función de una leyenda".
El anuncio cambiaba con cada fotografía que aparecía en la pantalla: campeonatos, funciones de gala y estadios repletos de espectadores. Sin embargo, una sola frase permanecía inmóvil.
Dentro de tres meses se espera su retiro.
Todo aquello ocurría en el último piso de la empresa, dentro de una sala de juntas envuelta en un silencio tan denso que parecía capaz de cortar el aire.
En la sala se encontraban representantes, especialistas en marketing, directivos, ejecutivos y médicos deportivos. Nadie decía una palabra. Todas las miradas permanecían fijas en la pantalla, conscientes de que el retiro de Pearlette no solo marcaría el final de una carrera extraordinaria, tanto de manera social como económica para el imperio de Andromedis.
De pronto, la puerta automática se abrió.
Un joven vestido con un impecable traje negro entró sin mostrar prisa alguna. Su cabello oscuro, atravesado por algunas mechas blancas que delataban discretamente el paso del tiempo, caía en rizos naturales sobre su frente. Sus ojos completamente negros parecían absorber la luz de la sala.
Todos se pusieron de pie al instante.
—Buenos días, señor D'aroy.
Lunive no respondió al saludo. Se limitó a hacer un leve gesto con la mano para que volvieran a sentarse. No necesitaba alzar la voz; todos los presentes sabían exactamente lo que debían hacer.
—Ahora, ¿qué sucede? —preguntó Lunive al percibir que algo no estaba del todo bien.
La pantalla volvió a encenderse y comenzó a proyectar una extensa lista con los reconocimientos más importantes de Pearlette.
Uno de los representantes fue el primero en tomar la palabra.
- Las entradas para el Teatro Llaudríhne se agotaron en menos de una hora.
Otro intervino de inmediato.
- Las cadenas de televisión no han dejado de llamar para solicitar los derechos de transmisión.
El director de relaciones públicas sonrió con satisfacción.
- Será la mayor recaudación que hayamos obtenido y el evento artístico más importante que tendremos este año.
Durante varios minutos no se habló de otra cosa que de campañas publicitarias, patrocinios, audiencias y entrevistas.
Hasta que Lunive tomó una carpeta que descansaba sobre la mesa y la deslizó frente al equipo médico.
Los doctores comenzaron a revisar su contenido. A medida que avanzaban en la lectura, la expresión de sus rostros cambió por completo. El silencio regresó a la sala, esta vez mucho más pesado que antes.
—Hay algo que debemos discutir —dijo una de las doctoras presentes.
Abrió la carpeta y respiró hondo antes de continuar.
—El cuerpo de Pearlette ya no responde de la misma manera. La alta concentración del compuesto en su organismo ha deteriorado su resistencia y, debido a su uso constante, es muy probable que no soporte una dosis más.
Otro de los doctores tomó la palabra.
- Es cierto. Durante los últimos meses, Pearlette ha tenido cada vez más dificultades para completar sus actos. Y, si me preguntan, eso es muy preocupante. Si algo llegara a ocurrir durante la función en el Teatro Llaudríhne... ¿Qué pensarán de nosotros?
El pánico se apoderó de la sala. Los murmullos comenzaron a mezclarse entre sí mientras todos intentaban encontrar una solución. Los informes médicos eran contundentes: el cuerpo de Pearlette difícilmente resistiría hasta aquella última función.
Al ver que el caos comenzaba a apoderarse de la sala, Lunive decidió ponerle fin.
—Llevamos tres años suministrándole el compuesto a Pearlette en dosis elevadas. A partir de ahora reduciremos la cantidad y solo se administrará durante las presentaciones fuera de nuestras instalaciones. Dentro de la empresa no recibirá ni una sola dosis. Su organismo necesita recuperarse, aunque sea un poco, antes de la función final.
Una risa seca rompió el silencio.
—Eso la va a matar. ¿Acaso planeas matar a alguien, Lunive? —preguntó una voz femenina con un tono burlón.
Todos giraron la cabeza hacia ella.
—Todos en esta sala sabemos que su rendimiento ha caído demasiado durante los últimos meses. Pero darle otra dosis, por pequeña que sea, solo acelerará un fallo multiorgánico. Si de verdad has leído los informes, entonces sabes perfectamente que su cuerpo no lo soportará.
Lunive la observó sin alterar su expresión.
—Te recomiendo que no interfieras en asuntos que no te corresponden, Vireflor. Yo sé qué es lo mejor para Pearlette... y también sé de lo que es capaz.