"Sé mi luz para toda la eternidad"
La luz de la mañana entraba por los ventanales sin pedir permiso.
Se extendía sobre el suelo de concreto y alcanzaba cada rincón del estudio: los maniquíes cubiertos a medias por telas, los rollos de patrones apoyados contra una pared, las hojas desperdigadas sobre la mesa y los bocetos que había dejado allí la noche anterior.
Mi espacio nunca estaba ordenado, jamás lo estaba. Había retazos de tela sobre los respaldos de las sillas, alfileres clavados en pequeñas almohadillas, carretes de hilo junto a vasos de café vacíos y prendas que todavía no decidía si terminar o deshacer por completo. Aun así, siempre sabía dónde estaban mis cosas, o tal vez me gustaba pensar que lo sabía.
Subí las escaleras con una libreta bajo el brazo y me detuve frente al maniquí que estaba justo enfrente. Había algo que no terminaba de convencerme. Lo observé durante varios minutos, recorriendo cada detalle de la prenda hasta que finalmente encontré aquello que me molestaba. Tomé un alfiler y acomodé la tela un poco más hacia el hombro.
—Por fin —dije con entusiasmo.
Desde allí podía ver la pequeña sala del nivel inferior y, más allá de los ventanales, el verde que rodeaba el edificio. Era extraño que un lugar tan frío por dentro pudiera tener tanta vida alrededor.
Regresé la mirada hacia mis bocetos, todos desordenados sobre la pared. Algunos estaban tachados, otros habían sido empezados a la mitad y había unos cuantos que ni siquiera recordaba de dónde habían salido. Tomé el primero que estaba por encima de todos y lo arrugué. Después hice lo mismo con otro, aunque esta vez terminé rompiéndolo en varios pedazos que dejé caer sobre el suelo.
Uno tras otro, hasta que finalmente encontré uno que me hizo detenerme.
Lo observé durante unos segundos antes de llevarlo hasta mi mesa de trabajo. Hoy tenía que entregar la pieza final de mi colección y todavía no estaba terminada.
Me senté frente a la mesa y encendí un cigarrillo que había dejado allí desde la noche anterior. Era un pequeño ritual que había adquirido con el tiempo; fumar mientras trabajaba me ayudaba a concentrarme cuando tenía demasiadas ideas dando vueltas en la cabeza.
Solté el humo lentamente y volví a mirar el boceto.
—Bien, Roosevelt... —murmuré—. Una última vez.
Tomé el lápiz y comencé a dibujar sobre las líneas que ya había trazado. Esta vez no iba a romperlo.
La mañana se me fue volando mientras terminaba aquel diseño. Cuando finalmente miré el teléfono, ya era bastante tarde, así que decidí simplemente atarme un poco el cabello y salir con lo mismo que llevaba puesto. Mientras recogía mis cosas, recordé que todavía tenía que regar mis plantas, así que me apresuré a hacerlo antes de salir rumbo a la universidad.
Vivo en uno de los varios departamentos que se encuentran cerca de la universidad. Son pequeños y tienen precios bastante accesibles para los estudiantes, así que supongo que gano por partida doble: pago menos y, además, me ahorro una buena cantidad de tiempo caminando.
La Universidad Imperial de Vollan es enorme. Cuenta con una gran variedad de carreras y distintos centros destinados a las exposiciones estudiantiles, además de áreas de recreación, cafeterías y tiendas que se encuentran repartidas por todo el campus. Es prácticamente una pequeña ciudad.
Por los caminos es bastante común encontrarse con gente nueva. Al ser una universidad tan grande y diversa, nunca sabes con quién puedes cruzarte. Puedes encontrar artistas, matemáticos, estudiantes de gastronomía, fotógrafos trabajando en las áreas comunes o simplemente personas que van de un edificio a otro con tanta prisa que parece que el mundo se les viene encima.
A veces creo que esa es una de las pocas cosas que realmente me gustan de Vollan.
Nunca sabes qué puedes encontrarte al doblar una esquina.
Justamente eso me pasó cuando conocí a Vicent por primera vez.
Fue durante mi segundo año en Vollan. Yo iba tarde a una clase, como casi siempre, cargando una cantidad absurda de telas y carpetas que apenas podía sostener. Recuerdo que estaba tan concentrado intentando que nada se me cayera que ni siquiera vi a la persona que venía en dirección contraria.
Choqué con él.
Mis cosas terminaron por todo el suelo y, para empeorar las cosas, uno de mis bocetos cayó directamente sobre él.
-Genial -murmuré.
Por un momento pensé que se enojaría y comenzaría a insultarme, como normalmente hacía la gente cuando me veía.
En cambio, se quedó observando el boceto.
—¿Es tuyo?
Solo pude asentir, demasiado intimidado como para decir algo más. Cuando finalmente levanté la mirada, me llevé una gran sorpresa.