Eterna conexión

Capítulo 1: Violetas entre las ruinas

El estadio de béisbol Aurora había sido construido como un símbolo de la utopía: gradas limpias, pantallas solares incrustadas en cada superficie, drones silenciosos transmitiendo el partido a quienes no podían asistir. Aquella noche, la multitud celebraba algo más que un juego. Celebraba la promesa de un futuro sin miedo, sin carencias, sin violencia. La promesa duró exactamente ocho segundos.

La explosión no sonó como una bomba. Sonó como si el aire hubiese decidido partirse en dos. Un pulso blanco, un latido imposible, y luego el estadio entero dejó de ser un lugar y se convirtió en un recuerdo carbonizado. Las gradas se plegaron como papel mojado, los drones cayeron del cielo como insectos muertos, y la multitud—esa masa de voces, risas y cantos—se disolvió en un silencio absoluto.

Cuando llegaron los primeros equipos de emergencia, el amanecer todavía no se atrevía a tocar el horizonte. Las sirenas se mezclaban con el olor a metal quemado y plástico derretido. No hubo sobrevivientes. Esa fue la conclusión inicial, repetida con la frialdad de un informe: cero signos vitales. Hasta que alguien gritó.

—¡Aquí! ¡Hay alguien aquí!

Entre los restos de una pared caída, cubierta de hollín y polvo fino, estaba ella. Una joven sentada sobre sus talones, las manos apoyadas en el suelo, la cabeza ligeramente inclinada como si escuchara algo que nadie más podía oír. Su ropa era un mapa de ceniza; su piel, en cambio, estaba intacta. No había sangre, ni quemaduras, ni siquiera un rasguño. Los paramédicos se miraron entre sí con una incredulidad que rozaba el miedo.

Y entonces, la vio.

Era el primer día de la oficial Mara Vélez. El uniforme le quedaba todavía rígido, como si no hubiese aprendido a habitarlo. Había pasado la noche repasando protocolos y respiraciones, diciéndose que no temblaría, que sería útil. Cuando se acercó al epicentro del desastre, lo hizo con el corazón acelerado y una voz interior que repetía *esto no estaba en el entrenamiento*.

Los ojos de la joven se alzaron lentamente. Violetas. No un violeta común, sino un color profundo, como si contuviera una noche entera. Su rostro, a pesar de la suciedad, tenía una serenidad inquietante, una belleza que no pedía permiso. No parecía asustada. No parecía nada.

Mara sintió una punzada en el pecho. No fue miedo. Fue reconocimiento, una sensación absurda de estar frente a algo importante sin saber por qué.

—Señorita —dijo, cuidando que su voz no se quebrara—. ¿Puede oírme?

La joven parpadeó. Ninguna palabra.

La llevaron al hospital escoltada por policías y médicos, como si el silencio fuese una amenaza. Durante el trayecto, no opuso resistencia ni mostró interés por el mundo que pasaba a su alrededor. Observaba los reflejos en la ventana, los destellos de las luces, como si fueran recuerdos prestados.

En la sala de emergencias, el desconcierto se volvió método. Análisis de sangre, escáneres, pruebas neurológicas. Todo normal. Demasiado normal. Las máquinas no encontraban explicación alguna para su supervivencia.

—¿Nombre? —preguntó una enfermera, con suavidad—. ¿Puedes decirnos tu nombre?

Nada.

Cuando le limpiaron el rostro, el efecto fue casi doloroso. Los médicos se quedaron en silencio unos segundos más de lo necesario. No por morbo, sino porque había algo en ella que desarmaba las categorías habituales. No era solo hermosa. Era… precisa. Como si cada rasgo hubiera sido colocado con una intención desconocida.

Mara permaneció cerca, oficialmente para completar el informe, extraoficialmente porque no podía irse. Cada vez que la joven levantaba la mirada, el mundo parecía ralentizarse.

Pasaron horas. Luego días.

No habló.

La investigación comenzó como empiezan todas: huellas dactilares. El sistema devolvió un error. Repitieron el proceso. Nada. ADN: coincidencias parciales con secuencias archivadas para investigación genética, pero ningún nombre, ningún expediente, ninguna historia. No existía. Ni certificados, ni registros escolares, ni huellas digitales. Era un vacío administrativo en una sociedad que lo registraba todo.

—Es imposible —dijo el capitán Ruiz, frotándose el puente de la nariz—. Nadie nace sin dejar rastro.

Mara pensó en la explosión, en el estadio lleno, en los cuerpos cubiertos por mantas térmicas. Pensó en los ojos violetas.

—Tal vez —dijo con cautela—, no nació aquí.

La idea flotó en la sala como una blasfemia. La utopía se había construido sobre fronteras porosas pero vigiladas, sobre la certeza de saber quién eras y de dónde venías. Que alguien no perteneciera a ningún lado era una grieta en la narrativa.

Mientras tanto, en la habitación del hospital, la joven observaba el techo blanco. Cada sonido era un estímulo nuevo. Cada palabra que no comprendía del todo se alojaba en un lugar profundo, donde las ideas no tenían nombres aún.

Mara comenzó a visitarla fuera de horario. Al principio, se decía que era para intentar obtener alguna reacción, alguna pista. Luego dejó de mentirse.

—No tienes que hablar —le dijo una noche, sentándose a su lado—. A veces el silencio también es una respuesta.

Los ojos violetas se movieron hacia ella. Por primera vez, algo parecido a una emoción cruzó el rostro angelical: curiosidad.

Mara sintió calor en las mejillas y bajó la mirada, incómoda con su propia reacción. En la academia le habían enseñado a mantener distancia profesional, a no proyectar. Nadie le había enseñado qué hacer cuando el corazón decide adelantarse a la razón.

La joven levantó la mano lentamente y tocó el borde del uniforme de Mara, como si explorara la textura de una idea. El contacto fue breve, eléctrico.

—Está bien —susurró Mara—. Estoy aquí.

No sabía por qué había dicho eso. Solo sabía que era verdad.

Esa noche, mientras la ciudad intentaba volver a la normalidad, los debates comenzaron a encenderse en los canales oficiales. ¿Cómo podía una utopía permitir una tragedia así? ¿Qué significaba encontrar a alguien que no encajaba en ningún archivo? Los filósofos hablaban de identidad y de control. Los políticos, de seguridad. Nadie hablaba de la joven sin nombre como una persona
Mara sí.




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