Mara condujo de regreso a casa con las manos firmes sobre el volante y la mente lejos del camino. Las luces automatizadas de la ciudad se encendían a su paso como si reconocieran su vehículo, como si todo siguiera obedeciendo un orden perfecto. Sin embargo, dentro de ella algo se había desajustado.
Pensaba en los ojos violetas.
No era solo curiosidad profesional, ni la extrañeza lógica ante un caso imposible. Era una sensación más íntima, casi vergonzosa: la certeza de haber visto a aquella joven antes. No en un informe, ni en un archivo, sino en un lugar más difuso. En sueños, tal vez. En esos fragmentos nocturnos que se disuelven al despertar pero dejan una huella emocional persistente.
Mara negó con la cabeza, como si pudiera sacudirse la idea.
—Cansancio —murmuró—. Solo es cansancio.
Al llegar a su apartamento, dejó las llaves en el mismo cuenco de siempre, se quitó el uniforme con movimientos mecánicos y siguió su rutina con disciplina: ducha, comida recalentada, revisar mensajes oficiales. Todo estaba en orden. Demasiado en orden.
Esa noche soñó con un campo abierto y un cielo violeta que respiraba.
Despertó antes del amanecer, con el corazón acelerado y el nombre de la joven atrapado en la punta de la lengua, aunque no supiera cuál era.
Dos días después volvió al hospital.
No llevaba uniforme.
Entró como una ciudadana más, con ropa sencilla y el cabello recogido sin cuidado. Nadie la detuvo. Nadie la reconoció como oficial. Aquello le produjo una extraña libertad, como si al despojarse del símbolo de autoridad pudiera acercarse más a la verdad.
La encontró en la misma habitación, bañada por la luz suave de la mañana. Dormía plácidamente, con la respiración lenta y regular, como alguien que no teme ser despertada. Ya no estaba cubierta de ceniza; ahora parecía casi irreal, demasiado limpia para un mundo que acababa de mostrar su lado más brutal.
Uno de los doctores se acercó a Mara con el ceño fruncido.
—Vamos a darle el alta hoy —dijo en voz baja—. Médicamente no hay razón para retenerla.
—Pero… —Mara dudó—. Ella no ha hablado. No tiene registros. Nadie la ha venido a buscar.
El doctor suspiró.
—Precisamente. Es como un fantasma en vida. No podemos internarla indefinidamente solo porque no encaja en el sistema.
Mara miró a la joven dormida. La palabra *fantasma* le pareció cruel.
—Yo me haré responsable —dijo de pronto.
El doctor la observó, sorprendido.
—¿Perdón?
—Se quedará conmigo. No causará problemas. No es una sospechosa.
Hubo un silencio tenso. Finalmente, el doctor asintió con una mezcla de alivio y resignación.
—Está bien. Firmaremos la salida voluntaria.
Mara se acercó a la cama con pasos lentos. Por un instante dudó, como si cruzara un umbral invisible. Luego habló.
—Oye… ya estás libre.
Los ojos violetas se abrieron.
La joven la miró directamente, sin confusión, sin miedo.
—No recuerdo mucho —dijo con voz suave, firme—. Pero sé quién eres tú, Mara.
El mundo parecía inclinarse.
Mara retrocedió un paso.
—¿Qué, qué dijiste?
—Tu nombre —repitió la joven—. Lo sé.
Mara sintió un nudo en el estómago.
—Tú… hablaste.
La joven asintió levemente, como si aquello no fuera extraordinario.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Mara, luchando por mantener la calma.
La respuesta tardó en llegar. La joven inclinó la cabeza, estudiando.
—¿En serio no te acuerdas de mí?
La pregunta no sonó acusatoria. Sonó triste.
Mara negó lentamente.
—No. Y si te soy sincera… eso me asusta.
La joven no insistió. Se levantó de la cama con movimientos elegantes, casi familiares. Firmaron los documentos. Nadie más hizo preguntas.
Minutos después, caminaron juntas hacia el estacionamiento.
El trayecto en el auto fue silencioso, pero no incómodo. La joven observaba el exterior con una atención serena, como si reconociera ciertos paisajes sin recordarlos del todo.
—Bueno —dijo Mara al fin, intentando aligerar el ambiente—. No soy muy buena anfitriona improvisada, pero… supongo que estarás bien.
La joven sonrió apenas.
El apartamento de Mara era pequeño, ordenado, funcional. Un reflejo perfecto de su dueña.
—Este es mi hogar —dijo Mara—. Te quedarás aquí el tiempo que quieras. No le dije a nadie, ni a mis supervisores. No eres una sospechosa. Solo eres… extraña.
La joven arqueó una ceja, divertida.
—Y eso no te molesta.
—En absoluto —respondió Mara—. Puedes quedarte hasta que decidas irte en tu nave espacial.
La joven soltó una risa breve, cristalina. Fue la primera risa que Mara escuchó de ella, y le atravesó el pecho como una revelación.
Los días que siguieron fueron tranquilos.
Demasiado tranquilo para un mundo que acababa de perder su inocencia.
En sus días libres, Mara y la joven compartían pequeñas rutinas: caminatas por parques artificiales, helados en una cafetería de esquina, tardes silenciosas mirando la ciudad desde el balcón. No hablaban del estadio. No hablaban del pasado.
La joven aprendió rápido. Observaba, imitaba, preguntaba poco pero con precisión. A veces parecía saber cosas antes de que Mara las explicara.
Ambas se alegraban en esa calma prestada.
Hasta que una tarde, mientras Mara revisaba informes en la mesa, sintió una presencia cercana. La joven se inclinó y, con una ternura inesperada, besó su mejilla.
Mara se quedó inmóvil.
—Gracias —susurró la joven—. Por no tenerme miedo.
Luego añadió, como si revelara algo obvio:
—Mi nombre es Aira.
Mara alzó la mirada, con el corazón golpeando fuerte.
Aira.
El nombre resonó en algún lugar profundo, como una puerta que empezaba a abrirse.
Pero no preguntó más.
Aún no.