El nombre no la dejó dormir.
Aira.
Mara permaneció sentada en el borde de la cama, con la espalda encorvada y las manos entrelazadas, repitiéndolo en silencio como si así pudiera domesticarlo. Cada vez que lo hacía, algo dentro de su pecho respondía con un latido acelerado, irracional, casi doloroso. No era atracción únicamente. No era curiosidad. Era una urgencia antigua, como si su propio cuerpo recordara algo que su mente había decidido olvidar.
Entonces el sueño regresó.
Una mujer de pie entre la niebla, llamándola por su nombre. No con la voz, sino con la certeza. *Aira*, decía el sueño. Siempre Aira. Despertaba sudando, con lágrimas inexplicables y la sensación insoportable de pérdida.
—Esto no es normal —susurró Mara al aire vacío.
Miró hacia el sofá. Aira dormía profundamente, el pecho subiendo y bajando con una calma que contrastaba cruelmente con el caos interior de Mara. Durante un instante, la oficial pensó en despertarla, exigir respuestas. Pero algo—una intuición más fuerte que la lógica—la detuvo.
No aún.
Se vistió en silencio y salió del apartamento antes de que el sol terminara de elevarse. No llevaba uniforme, pero sí su placa, escondida en el bolsillo interno de la chaqueta. No sabía exactamente qué buscaba. Solo sabía a dónde debía ir.
El estadio.
El Aurora seguía acordonado, una herida abierta en medio de la ciudad perfecta. Estructuras retorcidas, gradas colapsadas, ceniza endurecida por la lluvia reciente. Las investigaciones oficiales se habían concentrado en explosivos, fallos estructurales, sabotaje externo. Mara conocía esos informes. Ella misma había participado en algunos.
Pero ahora miraba distinto.
Caminó hasta el punto exacto donde Aira había sido encontrada. Se agachó, ignorando el polvo que manchaba su ropa, y observó con detenimiento. Entre fragmentos de concreto y metal chamuscado, algo llamó su atención: restos de tela.
No eran fibras industriales comunes.
Las tomó con cuidado. El tejido era grueso, resistente, con un patrón antiguo que no coincidía con ninguna prenda moderna. No pertenecía a nadie del estadio. De eso estaba segura.
El corazón le dio un vuelco.
—Esto no vino de aquí —murmuró.
Siguió la corazonada.
Horas más tarde se encontraba frente a un local pequeño, casi oculto entre edificios nuevos: una tienda de telas tradicionales. El letrero estaba desgastado, como si se negara a ser reemplazado por uno digital.
Entró.
El interior olía a polvo, algodón y tiempo. Detrás del mostrador, una mujer mayor levantó la vista.
—¿En qué puedo ayudarla?
Mara mostró la tela.
—Busco el origen de esto.
La mujer la examinó con detenimiento. Sus cejas se arquearon apenas.
—Hace años que no veo ese patrón.
—¿Lo vendió usted?
—Sí —respondió tras una pausa—. A una inquilina.
La palabra 'inquilina' se clavó como una aguja.
—¿Inquilina?
La mujer señaló una puerta lateral.
—Arriba hay apartamentos. Ella alquilaba uno.
Mara sintió que el pulso se le disparaba.
—Necesito verlo.
La mujer dudó.
Entonces Mara sacó la placa.
—Policía.
El acceso fue inmediato.
El apartamento estaba a oscuras. Cuando Mara encendió la luz, el tiempo retrocedió.
Los muebles eran antiguos, auténticos. Decoración de principios del siglo XX: madera tallada, lámparas de aceite reconvertidas, relojes mecánicos. No había pantallas. No había tecnología visible.
—Esto es imposible… —susurró.
Avanzó con cautela. Cada objeto parecía cargado de historia. De vida.
En una vitrina encontró un álbum de fotos.
Lo abrió.
La primera imagen la dejó sin aliento.
Aira.
Más joven. Más dura. Vestida con uniforme militar.
Pasó la página.
Aira como doctora, rodeada de pacientes en lo que parecía un hospital de campaña.
Otra página.
Traje formal. Insignias de la CIA.
Siguió pasando.
Aira en Europa. En Asia. En desiertos. En ciudades que ya no existían.
Las fechas no tenían sentido.
Décadas. Siglos.
Las manos de Mara temblaban.
—No… no puede ser —susurró.
Sintió el impulso inmediato de llamar a su supervisor, de reportarlo todo, de aferrarse al protocolo como salvavidas. Pero miró a su alrededor: el apartamento intacto, el pasado preservado como un santuario secreto.
Y pensó en Aira dormida en su sofá.
Guardó el teléfono.
¿Quién eres realmente? se preguntó.
Cerró el álbum con cuidado y lo sostuvo contra su pecho. Salió del apartamento con pasos rápidos, como si temiera que el lugar se desvaneciera si se quedaba demasiado tiempo.
Antes de irse, habló con la dueña.
—Seguiré pagando el alquiler de ese cuarto —dijo con firmeza—. Nadie debe entrar.
La mujer la observó con curiosidad, pero asintió.
Mara se marchó con el álbum bajo el brazo y una verdad imposible latiendo en las manos.
El mundo que conocía acababa de volverse insuficiente.
Y aún no estaba preparada para preguntarle a Aira lo que el tiempo había decidido ocultar.