Eterna conexión

Capítulo 4: Donde el tiempo se quiebra

Cuando Mara regresó al apartamento, la noche ya había cubierto la ciudad con su brillo artificial. Abrió la puerta con cuidado, como si temiera romper algo invisible.

Aira dormía en el sofá.

Su respiración era lenta, profunda, ajena al huracán que Mara traía consigo. La oficial se quedó de pie observándola durante largos minutos. Pensó en el álbum escondido en su mochila, en las fotografías imposibles, en las versiones infinitas de aquella mujer que parecía desafiar toda lógica.

—¿Quién eres? —susurró.

No hubo respuesta.

Mara dejó la mochila a un lado y, vencida por el agotamiento, se recostó en el sillón contiguo. El sueño la tomó sin ceremonias, pesado y fragmentado.

Soñó con manos entrelazadas a través de siglos.

Soñó con despedidas repetidas.

Soñó con Aira llamándola siempre, desde lugares distintos del tiempo.

Al amanecer, el sonido de la alarma la arrancó de esos recuerdos prestados. Aira seguía dormida. Mara la cubrió con una manta y salió rumbo al trabajo, con el cuerpo tenso y la mente decidida.

En la comisaría, el supervisor apenas levantó la vista cuando Mara llegó.

—Vélez, prepárate. Asalto en progreso en una gasolinera al sur.

Minutos después, las patrullas rodeaban el lugar. Dos hombres armados gritaban órdenes incoherentes, nerviosos, erráticos. Mara avanzó con cautela, arma en mano, intentando razonar.

—¡Bajen las armas! ¡No tiene que terminar así!

El disparo fue seco.

Un impacto brutal en el hombro la lanzó al suelo. El dolor fue inmediato, ardiente. Mara rodó hasta cubrirse tras un vehículo mientras la sangre empapaba su manga.

Los refuerzos llegaron rápido. Los asaltantes fueron reducidos. El mundo volvió a su eje.

Mara, en cambio, quedó tendida mirando el cielo.

En el hospital le limpiaron la herida, la vendaron, la tranquilizaron.

—Dos semanas de descanso —dijo el médico—. Horas pagadas por enfermedad. Nada de heroicidades.

Mara asintió, ausente.

Dos semanas.

Tiempo.

Cuando regresó a casa esa noche, el olor a comida la recibió antes que el silencio.

Aira estaba en la cocina.

—Hice la cena —dijo con una sonrisa suave—. Pensé que te gustaría algo caliente.

Mara se quedó inmóvil.

—No tenías que…

—Quería —respondió Aira.

Se sentaron juntas. Hablaron poco. El gesto de Aira era atento, casi devoto, y eso desconcertaba más que cualquier silencio.

Cuando Mara dejó los cubiertos, Aira señaló su brazo vendado.

—Te hirieron.

—Nada grave.

Aira se acercó.

—Puedo ayudarte a que sane más deprisa. Conozco remedios que funcionan.

Mara levantó la mirada, alerta.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿De dónde los conoces?

Aira no respondió. Sonrió apenas, desviando el tema.

Mara lo entendió como una evasión.

Se levantó sin decir nada y fue por la mochila. Sacó el álbum y lo colocó sobre la mesa con un golpe seco.

—Entonces explícame esto.

Aira palideció.

Abrió el álbum.

Las páginas pasaron lentas entre sus dedos. Su expresión cambió: confusión, reconocimiento, dolor.

De pronto, todo volvió.

Cerró el álbum.

Sin una sola palabra, caminó hacia la puerta.

—¡Aira! —gritó Mara.

La puerta se cerró.

Mara no dudó. La siguió.

La encontró en la calle, bajo una farola apagada.

—¡Al menos dime quién eres realmente! —exigió, con la voz quebrada.

Aira se detuvo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Se acercó a Mara con una ternura devastadora.

—Soy alguien que no pertenece a ninguna época —dijo entre sollozos—. Aprendo, continuo, observo. He vivido muchas vidas. Pero contigo… contigo siempre fue diferente.

Tomó el rostro de Mara entre sus manos.

—No te acuerdas de mí. Pero en cada reencarnación fuiste la misma persona. La única de la que me enamoré. Y aún te amo, más allá de la conciencia.

Abrió el álbum de nuevo.

—Mira con detenimiento.

Mara miró.

Y se vio a sí misma.

En guerras antiguas.

En ciudades perdidas.

En laboratorios.

Siempre junto a Aira.

—No… —susurró—. Esto no puede ser real.

—Lo es.

Regresaron juntas al apartamento antiguo.

Aira le mostró todo.

—Somos más que una personificación divina —explicó—. Somos un universo constante. Yo viajo por la vida. Hoy aquí y mañana en mil años. Tú reencarnas. Tu subconsciente me busca.

Mara cayó de rodillas.

—Mis sueños…

—Siempre fueron recuerdos.

Mara lloró.

—Tú lo eres todo para mí.

Aira la abrazó.

Se besaron como si el tiempo se detuviera.

Y, por primera vez, el universo pareció contener la respiración.

Pero aún no era el final.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.