Eterna conexión

Capítulo 5: Flores bajo un cielo vigilado

Durante días, Mara y Aira vivieron como si el tiempo hubiera decidido concederles una tregua.

Salían sin rumbo fijo, se perdían en salas de cine casi vacías, reían por cosas pequeñas y caminaban tomadas de la mano con una naturalidad que a Mara todavía le sorprendía. No había urgencia. No había pasado ni futuro. Solo un presente intenso, casi frágil, que ambas protegían sin decirlo.

La ciudad celebraba una de sus festividades más antiguas: la Jornada de las Flores. Calles enteras habían sido cubiertas de pétalos suspendidos en el aire por campos magnéticos suaves; los colores flotaban como constelaciones vivas. Parejas de todas las edades caminaban juntas, algunas bailaban en medio de la calle, otras se besaban sin miedo, sin miradas acusadoras.

Mara observó a dos mujeres girar lentamente al ritmo de una música lejana. Aira también las miró.

Sus miradas se encontraron.

No hubo palabras.

Se besaron allí mismo, rodeadas de flores flotantes, abrazándose como si el mundo entero fuese testigo y bendición. Mara sintió que algo se acomodaba dentro de ella, como si una vida entera de silencios encontrara por fin su lugar.

Más tarde fueron al mar.

El océano seguía siendo el mismo, indiferente a la tecnología y a las tragedias. Se sentaron en la arena mientras el cielo se teñía de tonos violetas que parecían un eco de los ojos de Aira.

Mara se acercó por detrás y besó el cuello de Aira con suavidad.

—Ahora podemos estar juntas —dijo en voz baja—. Ya no es como antes. Podemos irnos a vivir juntas. Una casa en el campo…

Aira sonrió.

—¿En serio?

—Sí. Animales, todos los que quieras. Caballos, cabras, gallinas. Nada de ruido, nada de persecuciones. Solo nosotras.

Aira cerró los ojos por un instante.

Luego se apartó.

—Quiero todo eso contigo —dijo—. Pero no estoy en esta época porque sí.

El tono cambió.

Mara sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿A qué te refieres?

Aira miró el mar, como si buscara respuestas en la marea.

—Lo del estadio no fue un accidente.

Mara se puso de pie de golpe.

—¿Qué ocurrió realmente?

Aira dudó. Por primera vez, parecía no saber cómo empezar.

—Existen entidades —comenzó—. Criaturas que ustedes llamarían míticas. Guardianes del Tiempo.

El nombre cayó pesado.

—Siempre han estado en contra de la evolución humana —continuó—. No quieren que la tecnología avance. Temen que los humanos lleguen a ser como yo.

—¿Inmortales?

Aira asintió.

—Cada destrucción, por pequeña que parezca, borra años de modernización, cultura, infraestructura. Devuelve al mundo al miedo, a la superstición.

Mara tragó saliva.

—¿Y tú?

—Yo vine a este mundo hace milenios. Mi familia viajaba a la velocidad de la luz. Teníamos conocimiento suficiente para ofrecer a los humanos dignos la oportunidad de comprender el universo.

Su voz se quebró.

—Todo fue destruido por ellos.

Aira respiró hondo.

—Lo que iba a caer en el estadio era nuclear. Iba a ser peor. Intenté contenerlo. No pude. Me desmayé.

Silencio.

—Murieron por mi culpa.

Mara se acercó sin pensarlo y tomó el rostro de Aira entre sus manos.

—No —dijo con firmeza—. No fue tu culpa. Fueron ellos. Tú hiciste lo que pudiste.

Aira cerró los ojos, derrotada.

—No basta.

Regresaron caminando en silencio.

Esa noche, en el apartamento antiguo, Aira habló más.

—Llevo milenios investigando —dijo sentada en el suelo, rodeada de libros y artefactos—. Nunca hay un avance real. Nunca encuentro una forma de detenerlos.

Mara la observó con una mezcla de admiración y dolor.

Se arrodilló frente a ella.

—Mi amor —dijo con una sonrisa cansada—. Soy policía. Y esposa de la mujer más maravillosa del universo.

Aira la miró.

—Lo haremos juntas.

Mara tomó aire.

—Hablaré con los detectives. Con el gobierno, si es necesario. No directamente. Enviaré archivos. Pruebas. Sin comprometerme.

—¿Crees que funcionará?

—Créeme —respondió—. Cuando los conspiranoicos huelan algo así, no habrá forma de ocultarlo.

Aira apoyó la frente en el hombro de Mara.

—Siempre fuiste así.

—¿Cómo?

—Valiente. Incluso cuando tenías miedo.

Mara sonrió.

Afuera, la ciudad seguía celebrando.

Pero en algún lugar, más allá del tiempo visible, algo había comenzado a moverse.

Y ellas aún no lo sabían.




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