Mara no perdió tiempo.
Las primeras horas después de la conversación con Aira las pasó despierta, sentada frente a la mesa del apartamento antiguo, rodeada de pantallas apagadas y papeles que no existían en ningún archivo oficial. El álbum descansaba cerrado a su lado, como un corazón que latía sin permiso.
Respiró hondo.
—Con cuidado —se dijo—. Sin dejar huellas.
Utilizó terminales públicas, redes cifradas, servidores obsoletos que el sistema consideraba irrelevantes. Fragmentó la información en pequeñas piezas: imágenes de anomalías temporales, registros energéticos del estadio, fotografías de artefactos que Aira había conservado durante siglos. Nada completo por sí solo. Todo explosivo en conjunto.
No firmó nada.
No reclamó crédito.
Solo dejó caer la semilla.
Las primeras publicaciones aparecieron en foros marginales, cuentas anónimas con nombres ridículos y avatares improvisados. ¿Y si no fue terrorismo? preguntaban. ¿Y si no estamos solos?
En cuestión de horas, el tema saltó de los márgenes al centro.
Alguien reconstruyó siluetas basadas en las descripciones de energía. Otros comenzaron a dibujar figuras imposibles: seres alargados, ojos sin párpados, símbolos circulares que parecían relojes rotos. Surgieron teorías sobre viajeros del tiempo, sobre dioses antiguos camuflados de mitos.
Y, como siempre, aparecieron los memes.
Imágenes absurdas de “guardianes” deteniendo relojes de pared. Videos editados con música irónica. El humor como mecanismo de defensa colectivo.
Las noticias no tardaron.
— ¿Invasión alienígena o paranoia digital? —tituló un canal.
— ¿Qué oculta el gobierno tras la tragedia del estadio Aurora? —preguntó otro.
Mara observaba todo desde el silencio.
Aira, sentada a su lado, miraba la pantalla con una mezcla de asombro y tristeza.
—Así reaccionan —dijo Aira—. Cuando algo los supera, lo convierten en espectáculo.
—Es parte del proceso —respondió Mara—. El ruido protege la verdad hasta que deja de poder esconderse.
Cerró la laptop.
—Por ahora, somos invisibles.
Al día siguiente volvió a trabajar.
La comisaría hervía.
—¿Viste las noticias?
—Dicen que hubo una interferencia temporal.
—Mi primo cree que son ángeles.
—Yo digo que es marketing.
Mara escuchaba sin participar, asentía cuando era necesario, mantenía la mirada fija en los informes rutinarios. Su supervisor caminaba de un lado a otro con gesto irritado.
—Quiero que se concentren en su trabajo —gruñó—. No somos comentaristas de redes.
Mara obedeció.
Patrulló, llenó reportes, respondió llamadas menores. Nada extraordinario. Nadie extraordinario.
Y eso era lo peligroso.
En casa, Aira aprendía a desaparecer.
Cambiaba pequeños gestos, modulaba su presencia, evitaba patrones. Había sobrevivido milenios así. Mara la observaba con una mezcla de admiración y angustia.
—No deberías tener que esconderte —dijo una noche.
—Siempre lo he hecho —respondió Aira con calma—. Esta vez es distinto porque tú estás conmigo.
Pasaron días.
Las teorías crecieron.
Algunos académicos comenzaron a cuestionar públicamente los informes oficiales. Se filtraron grabaciones editadas. El gobierno negó todo con comunicados pulidos.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
El miedo ya no era silencioso.
Mara y Aira caminaban por la ciudad como dos sombras comunes. Nadie las miraba dos veces. Nadie sospechaba que el origen del caos estaba tomando café en una esquina o eligiendo fruta en un mercado.
—Es irónico —dijo Mara una tarde—. El universo ardiendo y nosotras comprando pan.
Aira sonrió.
—La historia siempre avanza así. En lo cotidiano.
Pero en algún lugar, lejos de los titulares y los memes, algo más antiguo se observaba.
El tiempo, herido, comenzaba a cerrarse sobre sí mismo.
Y aunque el mundo aún reía, la cuenta regresiva ya había empezado.