La noticia llegó fragmentada, como llegan siempre las catástrofes cuando aún no tienen nombre.
Explosiones parciales. Evacuaciones urgentes. Un complejo de energía nuclear en estado crítico.
Mara lo escuchó por la radio de la patrulla mientras estacionaba frente al edificio. Las palabras ‘falla estructural’ y ‘sabotaje desconocido’ se repetían con insistencia, pero el temblor en la voz del locutor decía otra cosa.
En el mismo instante, Aira se llevó la mano al pecho.
No gritó.
No se quejó.
Simplemente cayó.
—¡Aira! —Mara llegó a tiempo para atraparla antes de que golpeara el suelo.
El cuerpo de Aira estaba frío, demasiado frío. Sus ojos, cerrados con fuerza, parecían resistirse a algo invisible.
—Lo están haciendo… —murmuró antes de perder el conocimiento.
Mara no pensó. Actuó.
Hospital.
Sirenas.
Órdenes gritadas.
Mientras los médicos se la llevaban, Mara caminaba de un lado a otro con los puños cerrados, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar. Sabía lo que significaba.
Los Guardianes del Tiempo.
Cuando Aira despertó, las luces blancas del hospital parecieron dolerle.
Mara estaba a su lado, sosteniéndole la mano.
—Lo hicieron otra vez —susurró Aira, con voz quebrada—. Esto no va a parar.
Mara abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió antes.
El supervisor Ruiz entró.
Su presencia llenó la habitación de una tensión densa, incómoda. Cerró la puerta tras de sí.
—Tan pronto supe lo ocurrido, vine a verte —dijo, mirando primero a Mara, luego a Aira—. Pero ahora… ahora todo tiene sentido.
Mara se puso de pie de inmediato.
—Puedo explicarlo.
Ruiz levantó la mano.
—No hace falta.
Se acercó lentamente.
—Yo borré el expediente cuando salió del hospital —confesó—. Nadie la buscó porque yo me aseguré de que no existiera.
Mara parpadeó, atónita.
—¿Por qué?
Ruiz bajó la mirada un instante.
—Porque lo hiciste por ella —dijo—. Y yo habría hecho lo mismo.
Silencio.
—Mi esposa —añadió— murió creyendo que el mundo podía ser mejor si alguien se atrevía a decir la verdad.
Aira observaba en silencio.
—Sé que fuiste tú quien envió los archivos —continuó Ruiz—. Y sé que estamos en peligro. Todos.
Apoyó ambas manos en la baranda de la cama.
—Porque ni siquiera la joven de ojos violetas puede resolver esto sola.
Aira cerró los ojos.
—No —admitió—. Nunca pude.
Ruiz se enderezó.
—Por eso traje a mi escuadrón.
Mara frunció el ceño.
—¿Confías en ellos?
—Les debo la vida —respondió—. Y saben cuándo callar.
Se escucharon pasos afuera.
—Investigaremos estas anomalías —continuó Ruiz—. No para cazar fantasmas. Para entender patrones. Para encontrar cómo herir algo que cree ser eterno.
Mara sintió algo parecido a la esperanza.
—No podemos usar métodos normales —dijo—. Esto no es un crimen común.
—Nunca lo es —respondió Ruiz—. Pero toda fuerza deja rastro.
Aira habló con esfuerzo.
—Los Guardianes no atacan al azar —explicó—. Atacan puntos donde el progreso altera el flujo del tiempo.
—Energía —dijo Mara—. Información. Conciencia colectiva.
Ruiz asintió.
—Entonces empezaremos ahí.
Aira tomó la mano de Mara.
—Esto te va a costar todo —susurró—. Tu carrera. Tu seguridad.
Mara apretó su mano.
—Ya lo decidió el universo —respondió—. Yo solo estoy cumpliendo.
Ruiz las observó en silencio.
—Descansen —ordenó—. Mañana comenzamos.
Cuando salió, Mara se inclinó sobre Aira.
—No estás sola —dijo—. Nunca más.
Aira sonrió débilmente.
—Esta vez… puede que sobrevivamos.
Afuera, las alarmas seguían sonando.
El tiempo había sido herido.
Y por primera vez, alguien estaba dispuesto a devolverle el golpe.