El hospital estaba en silencio, más allá del ruido lejano de los pasillos. Mara dormía con la cabeza apoyada suavemente sobre la cama de Aira, ajena al tormento que la joven de ojos violetas atravesaba.
Aira abrió los ojos lentamente. Miró a Mara, respirando con un ritmo que intentaba no delatar su miedo. Cada instante le recordaba lo que estaba en juego, y las lágrimas empezaron a acumularse, silenciosas, rodando por sus mejillas mientras ella permanecía inmóvil.
—No puedo… —susurró para sí misma—. No puedo permitir que esto continúe.
Con cuidado, se levantó. El suero colgaba de su brazo, y con movimientos hábiles lo retiró, sin hacer ruido. Cada gesto estaba lleno de deliberación, de un peso imposible de soportar. Se vistió con rapidez, asegurándose de no despertar a Mara.
Al salir de la habitación, el hospital se extendía en sombras, silencioso como un testigo mudo de lo que Aira se veía obligada a hacer. Su corazón latía con fuerza, y el llanto seguía corriendo por su rostro mientras avanzaba por los pasillos.
Su apartamento fue su siguiente destino. Abrió una caja oculta en un estante y sacó un pasaporte, dinero en efectivo y un pequeño kit de viaje. Cada movimiento estaba calculado, como si su propia vida fuera una maquinaria perfecta que debía funcionar a la perfección. Noruega sería su destino.
Aira cerró la puerta detrás de sí y se dirigió al aeropuerto. En su mente, las palabras resonaban sin cesar: los Guardianes la buscaban porque ella podía otorgar conocimiento, y su presencia era una amenaza constante. La inmortalidad era un don que podía salvar o destruir.
Cuando llegó a Noruega, el frío la abrazó como un recordatorio del tiempo que había perdido y el tiempo que debía pagar. Caminó por senderos silenciosos hasta un templo que no se había abierto en 10,000 años. La estructura antigua estaba cubierta de musgo y hielo, pero al entrar, la realidad cambió por completo.
Dentro, la biblioteca más antigua del mundo esperaba en silencio. Cada pergamino, cada manuscrito, parecía respirar conocimiento perdido. Aira caminó por los pasillos con la conciencia dividida, simultáneamente buscando, recordando y anticipando. Sus ojos recorrieron los textos, absorbiendo siglos de secretos, hasta que encontró lo que buscaba.
Su punto débil. La única manera de derrotar a los Guardianes del Tiempo: la inmortalidad debía morir.
Aira se sentó sobre un antiguo tapete, los hombros caídos, mientras procesaba la verdad. Estaba con el amor de su vida, Mara, y la idea de sacrificar su propia existencia para salvar a la humanidad se sentía como un cuchillo girando lentamente en su pecho. No era solo conocimiento; era amor, era vida compartida, era cada instante que habían vivido juntas.
—Estoy con el amor de mi vida —murmuró con lágrimas, temblando—. Y aun así debo dar mi vida por aquellos que ni siquiera conozco.
Mientras tanto, Mara no tenía noticias de Aira. Su corazón se encogía en cada minuto sin contacto, cada mensaje que no recibía aumentaba la ansiedad. La búsqueda de Aira se convirtió en un torbellino de preocupación que le impedía concentrarse en cualquier otra cosa.
Finalmente, la conciencia de Aira regresó al apartamento de Mara, silenciosa, con el peso del conocimiento que había adquirido y la determinación que pesaba sobre sus hombros.
Mara estaba sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles y pantallas, discutiendo teorías sobre cómo derrotar a los Guardianes con Ruiz. La emoción de tener un plan parecía aliviar un poco el miedo, y la sonrisa de Mara se encendía cada vez que imaginaba que podían ganar.
Pero antes de que Mara pudiera continuar con su exposición, Aira la abrazó, interrumpiendo todas sus palabras.
—Ya sé lo que tengo que hacer —dijo Aira con voz baja, pero firme.
Mara la miró confundida.
—¿De qué hablas? —preguntó, su tono mezclando incredulidad y temor.
En los ojos de Aira, la tristeza era palpable, un océano de dolor que Mara no había visto antes.
De pronto, Mara entendió algo y un frío recorrió su espalda.
—No… —susurró, desesperada—. No digas eso.
Aira cerró los ojos, las lágrimas cayendo libremente.
—No hay opción —dijo, con una mezcla de resignación y valentía que partió el corazón de Mara en dos.
Mara intentó sujetarla, abrazarla con fuerza, impedir que se alejara.
—¡No! —gritó, la voz rota —. Íbamos a compartirlo todo.
Pero Aira la apartó con delicadeza pero con resolución, y Mara cayó al suelo. La sensación de impotencia la atravesó como un rayo helado.
—Tienes que confiar en mí —susurró Aira, con la voz temblando—. No puedo permitir que los Guardianes sigan destruyendo. Debo hacerlo.
Mara no podía articular palabra. Las lágrimas brotaban de sus ojos y su cuerpo temblaba mientras veía a la mujer que amaba alejarse hacia su destino. Cada paso de Aira era un recordatorio de la fragilidad de la vida y del precio del sacrificio.
El apartamento quedó silencioso. Mara permaneció en el suelo, la cabeza apoyada en las manos, mientras el vacío dejaba de ser solo físico y se convertía en un dolor que penetraba en lo más profundo de su ser.