El cielo estaba teñido de tonos rojizos cuando Mara llegó al lugar donde los últimos registros indican actividad de los Guardianes del Tiempo. La ciudad estaba sumida en un silencio inquietante, roto únicamente por alarmas lejanas y el zumbido de drones de vigilancia que el gobierno había desplegado para monitorear anomalías. Cada paso que daba Mara la acercaba a un peligro que parecía imposible de medir, y sin embargo, no podía detenerse. No cuando Aira estaba en juego.
Aira, por su parte, había regresado de Noruega horas antes, con la determinación de enfrentar el riesgo de frente. Sus ojos violetas brillaban con intensidad contenida; cada latido de su corazón era un recordatorio de que el sacrificio era inevitable, pero que también había algo por lo que valía la pena luchar: Mara.
Cuando Mara cruzó la entrada del complejo abandonado, notó las ondas de energía que distorsionaban el aire a su alrededor. La presencia de los Guardianes era palpable, como si el tiempo mismo se retorciera a su alrededor. Mara podía ver distorsiones en la realidad: fragmentos de edificios desplazados, vehículos flotando por momentos, relojes acelerando y retrocediendo a la vez. La física parecía obedecer a reglas distintas.
—¡Aira! —gritó Mara, corriendo hacia un punto donde una silueta familiar parecía moverse entre la distorsión.
Aira se detuvo y la miró. Durante un instante, la gravedad del momento se suspendió; dos mundos distintos, dos tiempos distintos, parecían unirse solo por ellas. Sin embargo, la calma duró solo un parpadeo.
De repente, un Guardián del Tiempo emergió de la nada, su forma etérea y brillante, como un holograma de partículas en perpetuo movimiento. Sus ojos, si es que podía llamárselos así, eran vacíos pero llenos de intención destructiva. Mara y Aira se prepararon al unísono.
—¡Prepárate! —dijo Mara, mientras activaba un dispositivo que había construido junto a Ruiz, un generador de interferencia cuántica capaz de afectar a los Guardianes de manera indirecta.El Guardián lanzó un haz de energía que distorsionó el espacio a su alrededor. Mara se lanzó hacia un costado, sintiendo cómo el aire a su alrededor se comprimía y expandía de forma irregular. Aira, con movimientos precisos, tomó una posición estratégica, utilizando la energía a su favor para generar un campo protector temporal.
—¡Mara! —gritó—. Mantén la frecuencia constante. Necesitamos sincronizarlo con mi núcleo de energía.
Mara ajustó los controles, sudando, sintiendo cada vibración como si el tiempo mismo le golpeara el cuerpo. El Guardián avanzó, pero su forma comenzó a mostrar inestabilidad: pequeños fragmentos de su estructura cuántica empezaban a desintegrarse, colapsando en partículas que desaparecían antes de tocar el suelo.
—¡Está funcionando! —exclamó Mara, con un destello de esperanza en la voz.
Aira asintió, concentrándose. Sus poderes no eran ilimitados, pero su conocimiento de los Guardianes y su capacidad de manipular energía temporal les daba una ventaja crítica. Sin embargo, otro Guardián emergió detrás de ellas, más rápido y más agresivo.Aira se lanzó hacia él, usando su manipulación temporal para moverse a velocidades imposibles, esquivando ataques que distorsionan la realidad. Mara ajustó los generadores, siguiendo el patrón de Aira, sincronizando cada pulso para maximizar el efecto sobre la estructura cuántica del enemigo.
—¡Mara, a la derecha! —gritó Aira, y Mara giró justo a tiempo para evadir un rayo que habría destrozado el generador principal.
El primer enfrentamiento fue brutal: ondas de energía, distorsiones en el aire, sonidos como de mil campanas rompiéndose al unísono. Cada impacto de los Guardianes hacía que el suelo temblara y los edificios cercanos vibraran. Sin embargo, con precisión y coordinación, Mara y Aira lograron desestabilizar al primer grupo de Guardianes.
Pero aún había más. Nuevos Guardianes aparecieron desde distintos puntos de la ciudad, convergiendo hacia el epicentro donde Mara, Aira y el escuadrón de Ruiz habían establecido su base de operaciones.
—¡Esto es un enjambre! —gritó Ruiz por la radio—. No podemos enfrentarlos todos a la vez.
Pero aún había más. Nuevos Guardianes aparecieron desde distintos puntos de la ciudad, convergiendo hacia el epicentro donde Mara, Aira y el escuadrón de Ruiz habían establecido su base de operaciones.
—¡Esto es un enjambre! —gritó Ruiz por la radio—. No podemos enfrentarlos todos a la vez.
—No lo haremos —dijo Mara—. Aira y yo atacaremos los nodos centrales. Ustedes mantengan los generadores y las líneas de soporte. Precisión, no fuerza.
El plan era arriesgado, pero era la única forma de neutralizar a los Guardianes sin provocar daños irreparables en la línea temporal. Mara y Aira se movieron con sincronía perfecta, saltando sobre escombros, esquivando ataques imposibles, y lanzando descargas de interferencia directamente hacia los núcleos cuánticos de los Guardianes. Cada golpe debilitaba a los enemigos, pero también drenaba la energía de Aira. Mara sentía cómo la presión de la responsabilidad le quemaba en el pecho, pero su amor por Aira le daba fuerza.
—¡Casi ahí! —gritó Aira, mientras un rayo de energía cruzaba el cielo, impactando en el núcleo de otroGuardián y haciendo que se fragmentara en millones de partículas luminosas.
Mara se lanzó hacia un Guardián que se acercaba por la derecha, usando la gravedad temporal manipulada por Aira para impulsarse sobre él y colocar un generador portátil directamente en su núcleo cuántico. La explosión controlada fue brillante, pero contenida; el Guardián se desintegró completamente, dejando atrás solo el eco de su distorsión temporal.
El escuadrón de Ruiz mantuvo la línea, protegiendo los generadores y asegurando que ningún Guardián escapara mientras Mara y Aira se movían con precisión quirúrgica, destruyendo nodo tras nodo. Cada victoria parcial les daba confianza, pero también agotaba a Aira, quien empezaba a mostrar signos de fatiga temporal: su cuerpo se materializaba y desmaterializa ligeramente, recordando a todos que incluso ella tenía límites.
—¡Mara, necesito un momento! —gritó Aira, su voz vibrando entre determinación y agotamiento.
—No hay tiempo —respondió Mara, agarrándola del brazo—. ¡Lo hacemos juntas, hasta el final!
Aira asintió, con lágrimas de esfuerzo y concentración brillando en sus ojos violetas. El próximo objetivo era el núcleo central del grupo de Guardianes, donde la interferencia combinada de Mara y los generadores podía crear una reacción en cadena capaz de desestabilizarlos por completo.
—¡Vamos! —gritó Mara, y juntas avanzaron hacia el epicentro de la distorsión.
El terreno parecía vivo; edificios flotaban levemente, vehículos giraban sobre sí mismos, y el tiempo parecía doblarse como un lienzo. Cada paso era una danza peligrosa entre la vida y la desintegración temporal. Los Guardianes centrales las rodeaban, atacando desde todos los ángulos, pero Mara y Aira se movían como un solo ser: una combinación de estrategia humana y poder cuántico que ninguna criatura de otro tiempo podía anticipar.
Aira lanzó un pulso concentrado hacia el núcleo de energía de los Guardianes, mientras Mara ajustaba los generadores para amplificarlo. Una onda expansiva de luz y energía recorrió la ciudad, fragmentando la estructura cuántica de los enemigos. Los Guardianes chillaron con un sonido que parecía atravesar los siglos, y uno tras otro comenzaron a colapsar en partículas de luz que desaparecen en el aire.
El escuadrón de Ruiz mantenía la línea, eliminando los últimos Guardianes menores que intentaban escapar, mientras Mara y Aira dirigían la energía hacia los nodos centrales. Finalmente, con un último esfuerzo coordinado, los Guardianes principales explotaron en una lluvia de partículas resplandecientes que iluminó la ciudad durante unos segundos eternos.
—¡Lo hicimos! —gritó Mara, abrazando a Aira mientras ambas caían al suelo, exhaustas pero vivas.
Aira, con lágrimas en los ojos, apoyó su frente contra el de Mara.
—Juntas —susurró—. Siempre juntas.
La ciudad a su alrededor estaba en calma, aunque los efectos de la distorsión aún se percibían. El tiempo comenzaba a recomponerse lentamente, y la amenaza inmediata había sido neutralizada. Mara y Aira se miraron, sabiendo que habían logrado lo imposible: una victoria parcial contra los Guardianes Del Tiempo.
—No ha terminado —dijo Mara, con la respiración entrecortada—. Pero por primera vez… tenemos una oportunidad real.
Aira asintió, abrazándola con fuerza.
—Y mientras estemos juntas, ninguna fuerza podrá vencernos por completo. —Su voz era firme, llena de amor y determinación—. Lo logramos hoy, pero mañana debemos estar listas para cualquier cosa.
Mara sonrió, sintiendo un alivio profundo mezclado con la emoción de la batalla. Su mirada se encontró con Ruiz, quien les devolvió un asentimiento solemne: habían sobrevivido, habían triunfado, pero el tiempo seguía siendo un adversario impredecible.
—Lo conseguimos —dijo Mara, tomando la mano de Aira—. Por hoy, el mundo está a salvo. Pero debemos seguir, por ellos, por todos.
Aira cerró los ojos, sintiendo el peso del sacrificio y la victoria. Por primera vez en milenios, podía sonreír junto a alguien que amaba, mientras la humanidad tenía una oportunidad de sobrevivir gracias a la combinación de ciencia, estrategia y amor inquebrantable.
El cielo se iluminó con los últimos destellos de energía residual, recordándoles que el tiempo estaba vivo, pero que habían dejado su huella. Mara y Aira sabían que, aunque los Guardianes del Tiempo podrían volver, esta victoria había demostrado que juntas podían desafiar incluso la eternidad.
Y mientras se abrazaban, la ciudad a su alrededor comenzaba a recomponerse, el futuro parecía un poco más seguro, y el amor entre ellas más fuerte que nunca, una fuerza capaz de enfrentarse a cualquier enemigo, incluso a los que habitaban fuera del tiempo.