Eterna conexión

Capítulo 11: Eternidad en un instante

La brisa de la mañana entraba por las ventanas abiertas de la nueva casa en el campo. Los árboles se mecían suavemente, y el aroma de flores silvestres se mezclaba con la tierra recién regada. Mara y Aira se encontraban en la terraza, observando cómo los primeros rayos de sol iluminaban los campos verdes que se extendían hasta donde la vista alcanzaba.
—Nunca pensé que veríamos algo así —susurró Mara, apoyando su cabeza en el hombro de Aira.
Aira sonrió, abrazándola con suavidad. Sus ojos violetas brillaban con la misma intensidad que aquel primer día que se conocieron, pero ahora había paz en ellos, un reflejo de todo lo que habían sobrevivido juntas.
—Lo logramos, Mara —dijo Aira—. No solo sobrevivimos… sino que construimos algo hermoso.
Mara besó la frente de Aira y cerró los ojos, dejando que el calor del sol y la calma del campo llenarán su corazón. Por fin, después de tanto caos, dolor y sacrificio, habían alcanzado la vida que siempre habían soñado. La casa estaba llena de detalles que Mara había querido para Aira: un jardín con flores de todos los colores, una pequeña huerta, establos para los caballos que Aira había pedido, y rincones acogedores donde podían leer, trabajar o simplemente contemplar el cielo.
—¿Recuerdas cuando te prometí que tendrías todos los animales que quisieras? —dijo Mara con una sonrisa traviesa, mientras Aira acariciaba a uno de los caballos que pastaban cerca—. Creo que ahora podemos empezar a cumplir esa promesa.
Aira rió suavemente, dejando que Mara le acariciara la mejilla.
—Sí… y esta vez, cada promesa es para siempre —susurró, apoyando su frente contra la de Mara—. Cada momento contigo se siente eterno, Mara.
Mientras disfrutaban del amanecer, el cielo se iluminó con bandadas de aves que cruzaban lentamente. La paz que los rodeaba parecía casi mágica. Mara tomó la mano de Aira y la entrelazó con fuerza, como si quisiera que ese instante durara para siempre.
—Nunca más habrá Guardianes que nos separen —dijo Mara con determinación—. Esta es nuestra vida, nuestra libertad, y vamos a vivirla juntas cada día.
Aira asintió, y por un momento, todo el miedo, el dolor y la incertidumbre se desvanecieron. Solo quedaba el amor, la felicidad y la sensación de hogar que habían construido con esfuerzo y esperanza. Los días siguientes fueron una rutina de felicidad simple: paseos por los campos, cuidado de los animales, lectura, cocina y exploración del bosque. Aira enseñaba a Mara técnicas de manipulación temporal básicas, sólo por diversión, y Mara le contaba historias del trabajo policial y de la vida que habían dejado atrás. Cada conversación, cada abrazo, cada beso era un recordatorio de lo lejos que habían llegado y de todo lo que habían superado.
El mundo podía seguir girando, el tiempo podía seguir su curso, pero ellos habían conquistado lo más importante: la felicidad verdadera, la paz y el amor que habían buscado durante siglos. Y mientras Mara y Aira se abrazaban, y Ruiz observaba con ternura y orgullo, supieron que, finalmente, habían encontrado su lugar en el universo.
Porque incluso el tiempo, con toda su complejidad y misterio, no podía borrar lo que habían construido juntas: un hogar, un amor eterno y la certeza de que, pase lo que pase, siempre estarían unidas.

Fin.




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