Eterna: el universo elemental. Libro 1.

Prólogo: Mientras tanto, en aquella franja de tierra al final del mundo.

Las nubes cubrían parcialmente el cielo esa fresca tarde otoñal que cobijaba a la ciudad de Temuco, al sur de Chile. A pesar de que el pronóstico del tiempo anunciaba desde hace días que esa semana solo traería días nublados y lluviosos, los Temuquenses desarrollaban sus vidas con relativa normalidad.

Gracias a sus estatuas, sus amplias áreas verdes y los frondosos árboles que la rodeaban, la Plaza Aníbal Pinto se consideraba como la más importante de la ciudad, teniendo alrededor suyo comercios importantes como bancos, multitiendas, restaurantes y hoteles. No era poca la gente que se encontraba en la plaza esa tarde, sentados en las bancas pintadas que rodeaban el perímetro, acostados en las áreas verdes o atravesando el lugar en dirección a sus respectivos destinos, y el tráfico en las calles aledañas, además, era más numeroso que lo habitual.

En una de las bancas de la plaza, en el sector poniente de ella y frente a una institución financiera, una fornida mujer de largo cabello beige que se desordenaba al viento, vestida con una falda verde y una chaqueta marrón, se ajustaba sus lentes de lectura mientras murmuraba en voz baja.

—¿Todos listos? —dijo con un tono firme.

—Esperando la señal —recibió como respuesta tras el auricular.

—¿Kevin? Eres el más importante en esto, ¿estás?

—S... sí... —murmuró una débil voz masculina.

—Pero Kevin, ¿dónde estuviste anoche?

—Yova, el sospechoso se está moviendo para allá —una suave voz femenina interrumpió el cuestionamiento.

—¡Ya! Como les dije, la misión es delicada, ¡así que mucho cuidado!

La mujer retiró su mano de su oreja y posó su vista sobre una escolar de cabello negro que estaba parada al otro lado de la calle, mirando a sus alrededores como si estuviese buscando algo. No pasó mucho tiempo antes de que fijara su atención en una persona que acababa de llegar al lugar: un sujeto con sobrepeso, barba poco cuidada e incipiente calvicie. Era el hombre al que estaban buscando, por lo que solo tenía que dar una señal para que el resto de su equipo entrara en acción. O, al menos, eso pretendía hacer, porque un potente grito que salió del auricular la sacó de su concentración.

—¡Acá está! ¡Ayuda, me están atacando!

—¡¿Qué?!

Repentinamente, una mesa salió volando de un restaurante ubicado en una de las esquinas de la plaza e impactó con el ventanal de un banco adyacente. Las alteradas personas en el lugar miraron la escena. La mujer, en cambio, mantuvo su atención en el sujeto de interés, el cual, ante la confusión de la multitud, se dio cuenta de que estaba siendo seguido.

—¡El objetivo! ¡Se escapa! —advirtió la voz de un hombre tras el auricular.

—¡Voy!

La mujer de gafas llevó una de sus manos a los pliegues de su larga falda, sacando de allí un aro circular fabricado con ramas y hojas verdes. Tal objeto comenzó a brillar con un color azul fosforescente, emitiendo un vapor de similar tonalidad, y provocó que los ojos castaños de la joven se tiñesen de un color que combinaba con el de aquel artilugio. Lo arrojó con habilidad en dirección al sospechoso, el cuál logró darse cuenta a tiempo del ataque.

—¡Adeptos del gremio!, ¡debo irme!

El cuerpo del sospechoso expulsó una gran cantidad de humo que, de alguna forma, logró desviar el aro arrojado por la mujer. El proyectil explotó apenas tocó el frontis de uno de los bancos que rodeaban la plaza, destrozando toda la entrada y provocando el pánico en los transeúntes, los cuales no tardaron en lanzar alaridos que en el país ya se estaban haciendo habituales.

—¡Adeptos, arranquen!

—¡Otro ataque terrorista por parte de los adeptos!

—¡¡¡Pelea de adeptos, salgan de acá si no quieren morir!!!

La mujer ya no vio más al sospechoso, pero sí se fijó en unos escombros que caían desde un piso superior del banco hacia un auto atascado en el tráfico, por lo que maldijo su suerte y cerró los ojos. Un vapor de color azul comenzó a salir desde la parte inferior de su falda y rodeó sus tobillos, por lo que se puso en posición para correr.

—Maldito Kevin, ¡te odio!

En menos de un segundo, saltó a gran altura e interceptó los escombros en caída, fragmentándolos con una fuerte patada y así evitando que pudiesen hacerle daño a la familia dentro del auto. A pesar de que algunos transeúntes no pudieron evitar aplaudir la acción, la mujer se sostuvo con resignación sobre sus caderas cuando volvió al suelo: el objetivo había escapado y tendrían que dar explicaciones por lo sucedido. Lo entendió aún mejor cuando, solo un par de minutos después, llegaron tres autos de Carabineros, la policía principal de Chile. De ellos descendieron varios funcionarios acompañados por sujetos en gabardinas negras, quienes la redujeron en el piso y la esposaron. Los curiosos que buscaban escapar de la plaza se acercaron a presenciar la detención de la mujer que, supuestamente, los había salvado.

—¡¿Y por qué tiene que ser así?!

—Sabes perfectamente cómo son las reglas, Yovanka Illich.

El pronóstico del tiempo no sería adverso únicamente para las personas normales durante ese mes.



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En el texto hay: fantasía urbana

Editado: 11.02.2026

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