Eterna: el universo elemental. Libro 1.

Capítulo 1: Un mundo distinto

Sede del Gremio de Adeptos. Temuco, Chile. Abril del 2014.

—Y, ¿quién va a hablar? —La voz de una mujer, ya áspera por el cansancio, tomó palabra.

Eran tres los jóvenes adultos sentados al final del pasillo de piso de madera, a un costado de la puerta de alerce, en aquel edificio con ruidosas e inquietas oficinas ubicado en el corazón de la ciudad. Tales oficinas correspondían a la sede regional del Gremio de Adeptos, organización no gubernamental que se ocupaba de mantener la paz y seguridad entre la gente normal y los Adeptos del Maná, aquellos seres humanos conocidos por poseer la capacidad de controlar, sintetizar, percibir y proyectar la energía primordial del universo con el mismo nombre: el maná.

Las ojerosas miradas de los jóvenes, clavadas en la pared, contrastaban particularmente con la tensión que se respiraba en el ambiente.

—Igual depende de lo que nos diga don Héctor cuando termine de hablar con los pacos. Yova, ¿estái lista? —dijo uno de los jóvenes con una voz serena, pero firme, mientras miraba a su cansada compañera.

La aludida, Yovanka Ilich, era una joven mujer de ojos rasgados adornados por unas gafas cuadradas. Poseía una figura tonificada, con músculos marcados producto de un constante entrenamiento y que solía cubrir con su chaqueta para no atraer demasiada atención. Su altura por sobre el promedio era coronada por su largo y ondulado cabello de color beige, y sus rasgos, junto a su característica polera blanca y larga falda de color verde, la dotaban de una apariencia que se distinguía de entre sus compañeros.

—Mira, es verdad. Pasamos la noche presos por mi culpa, pero que el Kevin no se haga el loco tampoco.

La mirada molesta de Yovanka se posó sobre el tercero de ellos, Kevin Quinchavil, un joven moreno y musculoso, de un rostro latino con leves rasgos indígenas y un cabello negro que merecía el apelativo de «mechas de clavo». Su vestuario, unos pantalones de buzo oscuros junto una polera musculosa de color blanco, dejaba entrever líneas de tatuajes tribales, los que adornaban delicadamente sus trabajadas extremidades. Tal joven ni siquiera le dirigió la mirada a su interpeladora, ya que mantenía una lucha tanto interna como externa para no quedarse dormido en la silla en la que se encontraba sentado.

—Kevin, contesta cuando te hablo, porfa.

Al escuchar lo que dijo su compañera, Kevin bostezó.

—¿Qué te pasa? Yo no fui el que la embarró.

—Pero provocaste que quedara la cagá’. Ah, de veras que no te diste cuenta porque estabas con el peor hachazo de tu vida.

—¡Cabros!

Yovanka y Kevin se callaron ante el primero que había tomado palabra, Camilo Salsay, el más alto de los tres y casi igual de fornido que su compañero, y que llevaba una casaca roja a la moda y jeans. Su cabello corto color negro adornaba un rostro apuesto y casi sin imperfecciones, mientras que su tono de voz firme marcaba liderazgo.

—Si nos retan, nos van a retar a todos, independientemente de quien salga a hablar. No perdamos energía peleando entre nosotros. —Camilo observó los ojos de su compañera tras los lentes—. Si quieres puedo hablar yo, no tengo problema con eso.

—No te preocupes, Cami, el error fue mío. Yo voy a dar la cara —le respondió con una sonrisa—. Gracias igual.

El sonido de la puerta de alerce abriéndose interrumpió las palabras de la joven de lentes, quedando el grupo en silencio, expectantes de ver quienes salían de la oficina. De ella emergieron tres personas altas con gabardinas oscuras: al frente iba un rubio de ojos azules con mirada fría y paso raudo, al que los jóvenes no pudieron distinguir bien; detrás de el avanzó un hombre de pelo negro, algo ondulado y con peinado de libro, y una mujer de cabello rojo, quienes miraron de reojo a los jóvenes. El trío de sujetos estaba escoltados por tres carabineros que, de la misma forma, avanzaron sin decir ni gestar nada.

Luego de la procesión, salió de la oficina un hombre alto y panzón, con camisa blanca y pantalones de oficina negros. Su cabeza calva y su barba canosa lo hacían ver como la versión oficinista del Viejo Pascuero, pero a pesar de esto su mirada era la más seria que habían visto esa tarde.

—Yovanka, Camilo, Kevin, pasen. —Una voz ronca salió tras el hombre.

Los tres se levantaron de sus puestos y entraron a la oficina tras la puerta de alerce.

—Siéntense.

La ordenada oficina de madera en la que trabaja Héctor González era pequeña comparada con la importancia de aquel hombre, jefe de la sede del Gremio en la ciudad. Estaba adornada con un reluciente mueble tipo biblioteca lleno de carpetas e informes, los que solo dejaban un espacio al costado para una foto del apuesto Presidente de la República, Tomás Valenzuela-Müller.

El barbón no demoró en sentarse detrás de su amplio escritorio, repleto de fotos de su familia y coronado con lo que parecían ser colillas de cigarros acumuladas en un cenicero de cristal. Con un gesto de mano, Héctor hizo aparecer tres sillas de madera desde el piso mientras señalaba los asientos a los jóvenes.

—Vieron a los miembros del Depa que salieron antes de Carabineros, ¿no? —Apuntó a la puerta con el dedo, abriendo sus ojos más de lo normal—. Gracias al caos en que nos encontramos, estos gallos se encuentran estresados y tapados en pega. Los agentes vinieron desde Santiago a esta oficina a exigir explicaciones, y eso es lo que les voy a pedir ahora.



#2239 en Fantasía
#3015 en Otros
#471 en Acción

En el texto hay: fantasía urbana

Editado: 11.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.